Ocaso infinito

Ocaso infinito. Danny Vega Méndez, escritor de Panamá. Historias de la guerra. Historias de familia.

Ha pasado mucho tiempo. No recuerda cuanto. Solo medita desde su vieja silla mecedora, lo que pasó en la tarde de septiembre cuando su padre se marchó de casa en cumplimiento del deber.

Cierra los ojos y vuelve a presenciar aquella escena en que su progenitor se aleja lentamente. Hacia un destino incierto. Sebastián, en su mente, nuevamente corre hacia él tratando de alcanzarlo, pero se detiene a la mitad del camino. No puede más llora. Y le grita con un amargo llanto: “¡Papá no te vayas!”.

Las hojas caen movidas por la intensidad del viento y el sol esparce sus últimos rayos de luz. Aquel hombre de gesto amable que esconde pensamientos de tristeza lo mira desde la distancia y con un nudo en la garganta le dice: “Volveré, te lo prometo”, y se perdió en el ocaso de esa tarde.

La mayor parte de sus atardeceres, Sebastián, disfruta sentarse en la mecedora de su padre, la cual está estratégicamente donde siempre ha estado desde la última vez que fue usada por don Sebastián. Desde este, su lugar favorito, más jefe del hogar que en ningún otro lugar.

Recuerda las veces que tuvo que trabajar durante los fines de semana e incluso después de clases. Fueron días cansados e interminables. A su madre no le agradó la idea, sin embargo ante una crisis económica como la que estaban experimentando, un solo trabajo como el de ella no daría abasto para tres personas. Tres corazones que palpitaban en ese hogar, pues resulta que luego de algunos mese de haberse marchado su padre, la señora de la casa dio a luz a su hermana Marta.

Su mirada no se aparta del horizonte. Tiene en sus manos aquel viejo periódico que anuncia el fin de las hostilidades no obstante el saldo que dejo aquel encuentro bélico fue la desaparición de algunos valientes y la muerte de otros tantos en el campo de batalla. Se niega a pensar en la surte de su padre. No concibe la idea de perpetuar su espacio vacío en la casa y reducir su vida a unos cuantos retratos que se encuentran esparcidos en la casa. Y aún más, él no conoce a su segunda y más hermoso retoño.

Pensando en esto, Marta sale para mostrarle su trabajo escolar. “Es hermoso”, le dice su hermano; la pequeña se retira felizmente con la firme intención de pegar su obra de arte en el mural familiar: la puerta del refrigerador. Jamás podrá olvidar aquella conversación de hombres que tuvo con su padre. “A las chicas nunca las lastimes, y si llegaras a tener una hermana, protégela”, le ordenaba. Ahora entiende que su sueño secreto era tener una princesa en su reino.

A la distancia saluda efusivamente don Camilo. Saludo que es recibido por un gruñón ladrido de Nerón pues nunca le ha simpatizado este señor; es como si supiera de los halagos con doble intención que le hace a doña Marta; además su amo no tolera usurpadores. Por lo cual los apoya. “Buen perro”, lo felicita de esta manera a su amigo inseparable, pues, pese a todo, el joven espera el momento del retorno del original jefe de hogar y así devolverle el lugar que le corresponde. Para él el soldado Sebastián Álvarez no ha muerto; no puede morir pues tiene que cumplir una promesa: Volver a casa.

Sabe que el legado más grande de un padre no es la casa, el alimento ni los bienes materiales sino el tiempo de calidad que le brinda la familia, sus consejos, su amor y, sobre todo, el reconocimiento a la existencia de un ser maravilloso y supremo. Le habló de los valores y predicó con el ejemplo.

Observa detenidamente como una flor se despega del árbol, danza con el viento para luego morir suavemente ene el suelo.se pregunta si habrá querido despegarse de su origen. Recuerda a su padre. En el colegio escucha con tristeza las anécdotas de sus compañeros con sus padres y ve a otros tantos reír junto a ellos. No obstante, recuerda los momentos en que escuchó o vio a un hijo agredir verbalmente a un padre y no comprende por qué ocurre.

Se pregunta en quien será el culpable; aquel que formó o el que recibió la instrucción. Ayer llevaron Carlitos a la cárcel y su padre lo sacó de inmediato. Al fin y al cabo es un importante hombre que debe estar al pendiente de la ciudad aunque sea el último en enterarse de los líos en que se mete su hijo.

Las horas pasan y él espera como lo hecho desde aquella despedida. En ese entonces era un niño pero tiene fresco en su memoria aquel instante de vida. Fue una escena para inmortalizarla no por ser digna de tal sino por lo frustrante que resulta intentarlo. Estaba pegado a las faldas de su madre cuando lo vio por última vez.

“He estado por muchos años que este sol me devuelva a mi padre”, piensa mientras una lágrima humedece sus ojos y avanza por sus mejillas para ser una más con la nada. La tarde avanza y el día se hace viejo. Ha sido un rudo día, de mucho trabajo. Suavemente se mece en aquella silla que adormece el tiempo y que vence al fatigado; cierra sus ojos y duerme. Pero Nerón lo despierta con sus efusivos ladridos.

Ha visto algo. Sebastián trata de identificar un personaje que se adelanta hacia su casa. Nerón mueve alegremente la cola mientras mira fijamente el avance de aquella persona. El sol camina hacia su habitual escondite y de momento sirve de obstáculo para poder identificar a la persona que se dirige hacia el castillo Álvarez. Se coloca sobre sus pies y su canino amigo lo imita. El silencio se hace eterno en segundos de incertidumbre e incredulidad. Solo se escucha que el viento canta a su paso entre ambos seres. Aquel hombre se detiene y levanta su mano para romper el sigiloso instante con una añorada e impactante palabra: “Volví”.

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Fin

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