Noche Valbyana

Noche Valbyana es una de las historias urbanas de la colección historias cortas del escritor de Dinamarca, Ian Welden.

Escritores de Dinamarqueses de cuentos infantiles. Historias urbanas.

Ilustración de Maritza Álvarez. Verano 2009. Villa Alemana

Esta es una noche valbyana muy especial.
El sol se ha pusto a brillar confundido y las palomas vuelan atolondradas entre las campanas
de la iglesia que despiertan a todos los habitantes de la zona con sus tantaneos
alegres y madrugales.
 
"Pero si son las doce de la NOCHE! Qué sucede aquí! Orden! Orden y silencio"
grita desconcertado el policía azul mientras que escolares diabólicos desafían con audacia
y displicencia juvenil a los automovilistas y ciclistas coléricos e irrespetuosos.
 
Luego los estudiantes se sientan a descansar y a tomar cerveza en el célebre Café Cire
donde además se dedican a molestar a un viejito solitario que sin hacerle daño a nadie
toma té en silencio.
 
Él los increpa duramente y de pronto observa estupefacto como una figura humana
 crece en su taza de té con leche. "Es una viejita!" exclama con alegría.
Los jóvenes ríen y se burlan mientras que el anciano no puede creer sus propios ojos.
En unos pocos segundo la criatura se transforma en una abuelita y le da un beso
al viejo. Ambos se van felices tomados de la mano y al doblar la esquina se encuentran con un
espectáculo muy curioso.
 
Los valbyanos han salido medio dormidos a la Calle Larga de Valby. En pijamas y con sus cepillos
dentales en una mano deambulan como zombis por la Plaza Central, cantando
canciones de cuna y gritando slogans pacifistas. Multitudes africanas, asiáticas, españolas,
francesas y chilenas llegan al país con ofrendas artesanales en medio de la noche, bailando
y tocando sus músicas peculiares. Millones de seres humanos se aprietan en la placita
para compartir momentos de hermandad mientras que el pobre policía azul corre de un
lado para otro intentado hacerlos callar.
 
Pero el único que finalmente calla es él. Se despoja de su uniforme azul y huye derrotado y humillado
por las oscuras calles adyacentes sollozando "Ya no hay respeto por la autoridad en este
mundo! A dónde vamos  a ir a parar, Señor!". Pero el Señor,  Andersen,  parado en una
esquina, guapo y extremadamente acicalado como siempre, no se da por aludido. Al
contrario, flemáticamente grita los nombres de Luya y Ale. Estas acuden prontas
a su llamado, tomándolo amorosamente de sus brazos dándole besitos en las mejillas y
abriéndole paso entre las multitudes internacionales que lo aclaman como al mandatario
poderoso que es. Luya y Ale reparten sonrisitas y ósculos oficiciales mientras que el célebre
carterista chileno El Rata, recien salido de la cárcel, les roba las billeteras con una destreza
sorprendente.
 
"Esto es como estar en el cielo!" piensa El Rata, hurtando relojes, joyas, tarjetas de crédito
y dinero de papel a los tumultuosos congregados en La Plaza Central de Valby. Va echando sus
ganancias en una gran maleta Nike que le roba a un distraido turista japonés que andaba por ahí
sacando fotos con su nueva cámara digital.
 
Tan distraido era que el carterista también le usurpa la cámara fotografica literalmente ante sus
propios ojos. Y siendo un hombre bueno e ingenuo, invita al Rata a tomar una cerveza en el
Café Ciré.
 
Luego de varias poderosas cervezas danesas, ambos se juran amistad eterna. Salen a la
calle abrazados gritando "Gloria eterna a la amistad de los pueblos Chile y Japón!" "Y que
viva la excelente cerveza danesa!"
 
"Cerveza danesa?" pregunta indignado un niño que viene dirigiendo a una enorme columna de infantes
huérfanos del tercer mundo. "Nosotros somos millones que necesitamos agua, pan, padres, educación!
Y ustedes andan por aquí alabando a la cerveza? Deberían avergonzarse, borrachos inconcientes!". Los
niños vienen armados con ametralladors automáticas y son fieros como panteras hambrientas y heridas.
 
"Qué tienen en la maleta!?" Pregunta severamente el pequeño guerrero.
"Una fortuna, señorito…" Contesta El rata tambleándose.
"Una fortuna?" Pregunta el japonés ingenuamente.
"De quién es?" Pregunta nuevamente el niño.
"De él" Dice El Rata señalando al japonés.
"Si, es mío" Dice el japonés convincentemente.
 
Los niños abren la maleta y gritan "Luya y Ale!" al ver la inmensa cantidad de tesoros. Dejan a El Rata
y al japonés en sus horribles borracheras y se dirijen rápidamente al Café Ciré para comer.
 
"Mais, ques` que cé? Monsieurs, je ne se pas! Yo no teniendo lugar para tanto niñó hambrientó!"
dice alegremente Piérre, el dueño francés. "Mais, ils tener d´árgent? Dineró? Dollars? Oui?"
Los niños hambrientos le muestran el contenido de la maleta y a Piérre se le iluminan los ojos.
Se soba las manos y grita "Mais oui! Ce magnifique! Yo proponer un trató. El famosisimó Café
Ciré pog la maletá, tres bién?"
 
Y así es como Piérre sale por primera vez en su vida a La Calle Larga de Valby.
 
Se va paseando asombrado por entre las multitudes de esta noche inusual exclamando sus
"Bon! Bon!" Y sus "Tre bién" y deseandoles "Bon nuit" a cada persona con la cual se topa.
Piérre se siente ahora dueño del mundo, creyendo que el mundo es así, como esta noche valbyana,
lleno de seres amables y de colores diferentes. Cual niño hambriento, pero de vida, grita eufórico
"Viv la liberté! La egalité! y abraza y besa a cuanta persona encuentra a su paso.
 
Y ahí se nos va Piérre para siempre, el ex dueño del célebre Café Cire, ahora dueño del mundo.
Camina hasta la Plaza Central y se pierde en la multitud que está que arde de indignación porque
el Primer Ministro del reino de dinamarca ha declarado que "…los invasores indeseados y los mendigos
serán expulsados del reino por la fuerza o la razón! Y el conocido activista chileno-valbyano será
condenado a cadena perpetua!"
 
"AH no! Cadena perpetuna no porfavor!" exclamo horrorizado ante los paparazzis, camarógrafos y periodistas del mundo entero. "Es un castigo tan cruel y desalmado… Soy inocente!"
 
El viejo policía azul ha reaparecido con unifome y todo, intentando disolver esta magífica reunión mundial
soplando en un instrumento pequeñito que produce un sonido agudo y alarmante. La gente lo ignora y él
se pone a llorar y gritar cual niñito con pataleta.
 
Yo camino entre el gentío y me encuentro con mi novia Jakeline, abrazando y besando a un gigantezco
vikingo. "Adiós mi amor…" le digo con lágrimas en los ojos. Tengo la impresión de que estoy perdiendo
muchas cosas queridas esta noche. Mis vecinos Niels Winter, La Chancha, el Milico, el Ciclista Solitario
y El Jabalí sueco junto a los amables milagreros de La Calle Larga de Valby, se me acercan para darme
abrazos de consuelo y deseme valor en estos momentos amargos.
 
Las larguísimas columnas de visitantes africanos, asiáticos, españoles y chilenos abandonan tranquilamente
el país. Los millones de niños hambrientos, luego de comer y beber a destajo en el otrora mágico Café Ciré, se van acompañados por los fantasmas de Pablo Neruda, Pablo piccaso, Pablo Cassals, Kandinski, Kirkegaard y Kafka. Y los valbyanos soñolientos, en sus pijamas y con sus cepillos de dientes en las manos, se van por fin a dormir, dejándome solo en la Plaza Central junto al viejo y agotado policía azul.
 
Ya está amaneciendo. Las campanas de la iglesia cesan de campanear y las palomas cierran sus alas y
sus ojos para descansar de esta noche tan especial. Los automovilistas y ciclistas agresivos y coléricos ya
han desparecido de las calles y se han ido junto con los estudiantes audaces a su sesiones de terapias
antiagresivas.
 
Y llega la mañana. El sol de oculta satisfecho de su obra maestra y la luna vuela por el cielo azul del Reino de
Dinamarca. Todos duemen menos yo.
 
Cien guardias reales armados aparecen de súbito y me me suben esposado a un camión del ejército. Me conducen a mi casa. Y aquí me han dejado diciéndome "La magnánima reina Margrette ha conmutado su sentencia por arresto domiciliario bajo la condición de que Usted no escriba mas milagros subversivos!".

Fin

Noche Valbyana es una de las historias urbanas de la colección historias cortas del escritor de Dinamarca, Ian Welden.

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