El mate es como la vida

El mate es como la vida.  Escritora de relatos autóctonos.

Los conquistadores españoles prohibieron las infusiones con yerba  mate porque no conocían sus propiedades. Con frecuencia los hombres sienten un temor atávico por las cosas cuya naturaleza ignoran y eso los lleva a rechazarlas.
Por otra parte, nada confirma que aquellos aventureros españoles, puestos en amores con  algunas lindas nativas, no hayan cedido a la tentación de tomarse un rico mate con la “peligrosa” yerba americana.
Lo cierto es que esta bebida tiene hoy, marca registrada en gran parte de América del Sur. No hay fogón  donde el gaucho no saboree un rico mate amargo, o cimarrón, como  lo llaman en el campo; ese mate espumoso que pasa de mano en mano y de boca en boca como un ritual sagrado.

   El recipiente donde se prepara el mate  varía según la región y los gustos.
Por ejemplo, en el Chaco, es costumbre de hacerlo en una cáscara de pomelo, y resulta delicioso. También están las calabacitas en que se ceban los amargos. Y en los escaparates de algunas platerías se ven mates que son auténticas obras de arte.
Sin embargo, hay gente que nunca renunciaría al matecito enlozado que tiene una cachadura grande donde el esmalte desapareció a causa de algún golpe involuntario. En fin, cada uno tiene sus mañas; y en cuestión de gustos…
Hace muchos años vivía en las cercanías del Estadio Municipal, doña Ramona, una viejita muy sucia y rotosa que vagaba por las calles de Dolores. Había en aquel tiempo muchos mendigos en el pueblo, que aparecían y desaparecían según su antojo. Harapientos filósofos de la vida, rechazados por sus pares, que se las ingenian para rasguñar espacios de felicidad
Doña María, a la que todos llamaban la Gringa , asistía de cuando en cuando a algunos de estos personajes pintorescos.
La mendiga llegaba de tarde en tarde cargando  bolsas de diferente tamaño. Nadie supo nunca qué contenían aquellas bolsas que ella jamás abría. Nuestra imaginación de  niños se hinchaba llenándose de las cosas más disparatadas; algunos hasta llegaron a asegurar que las bolsas guardaban sapos, ratones y piedras de colores.
Doña Ramona se sentaba en un banquito de madera y la Gringa le hacía entrega del “equipo personal” de mate, ése que descansaba siempre en el fondo de la alacena y que  era sólo para uso de la vieja: mate, bombilla y una pavita de aluminio que luego de su uso se lavaba y se volvía a guardar hasta la próxima visita.
Doña Ramona tenía la cara llena de arrugas, donde se podía leer toda su historia.
Sin prisa y sin pausa, cebaba sus propios mates…s
Me gustaban sus arrugas, profundas como surcos; me gustaban sus silencios, tan plenos de contenido y sus manos secas y pergaminosas. Pero más que nada, encontraba divertido el trato que me daba: “Por favor, niña, alcánceme el azúcar…gracias niña…”
Si hablaba diez palabras era mucho. Quién sabe qué secretos guardaría en su corazón.
Los alimentos sólidos que se le ofrecían, los escondía en los amplios bolsillos de su abrigo negro cubierto de manchas.
Es verdad que la Gringa no compartía el mate con ella; hoy seguramente alguien hablaría de discriminación, o tal vez no, frente a la amenaza de la peste moderna identificada con la primera letra del alfabeto.
La Gringa era pobre pero delicada y muy limpita, como suele decirse, y no toleraba la falta de hábitos higiénicos, aunque nada decía que ofendiera a la viejecita.
Más allá de tales circunstancias, que no hacen al caso, creo que doña Ramona encontraba en aquella casa un lugarcito de respeto, donde nadie la molestaba y donde podía descansar tranquila de su cotidiano peregrinar por las calles de Dolores.
Después de todo, cada cual elige cómo vivir su propia vida… y cómo tomar su propio mate.

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Fin

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