El auto

Historias de familia para reflexionar

El auto es una de las bellas Historias de familia para reflexionar escrita por liana Castello, un interesante cuento sugerido para adolescentes, jóvenes y adultos.

Mi padre cuidaba mucho su auto. Lo había comprado 0km y realmente parecía que el tiempo no pasaba para él. Su auto siempre tenía “olor a nuevo”, estaba impecable tanto en lo estético como en la parte mecánica.

Mi ipadre amaba su auto y disfrutaba manejar. Recuerdo que la radio estaba detenida en una estación determinada, siempre la misma, la que a él le gustaba. Mi padre era fiel a sus gustos y costumbres. Sentarse a tomar un café por la mañana en la misma confitería, escuchar siempre la misma radio, usar siempre el mismo tipo de zapatos y de pantalón. No era afecto a los cambios, aunque sí entendía que a veces, para progresar, hay que cambiar.

Amaba tanto a mi padre, lo sigo amando sin importar que físicamente no esté conmigo.

Teníamos una relación especial y si bien somos muchos hermanos, creo –sin miedo a equivocarme- que él y yo teníamos otro tipo de vínculo. Yo lo veía todos los días porque, además de querer verlo, lo ayudaba en su trabajo. Su forma y mi forma, mi amor por él y su dejarse querer, mi afán de cuidarlo y su dejarse cuidar fortalecieron nuestra unión. Yo me apoyaba en él y estoy segura, también él en mí. Me aconsejaba, me alentaba a progresar, a no detenerme, a ser fuerte, porque para mi padre la fortaleza era un valor.

Recuerdo que él no terminaba de entender que a mi mucho no me gustaran los autos, que no me interesara por aprender a manejar y me alentaba siempre a hacerlo, a convencer a mi esposo de comprar un auto por pequeño que fuese.
Hubo un día en que se dio cuenta no que le daría ese gusto, o tal vez fue el día en que se dio cuenta que mucho tiempo más no estaría y como siempre, su mano protectora se posó sobre mí.

-Cuando yo no esté- dijo- te quedarás con mi auto.

– No por favor-respondí- no pienses en eso, además ¿por qué yo?

-Porque no tienes y seguramente no te comprarás. Porque tal vez así te animes a aprender a manejar y sobre todo porque sé que lo cuidarás como me cuidas a mí.

No pude, ni quise decirle que no.

Tristemente llegó el día en que mi padre enfermó y al poco tiempo murió. MI vacío fue y es casi infinito. Extraño todo de él, su voz, su brazo protector, sus manos siempre calentitas, su modo de llamarme y su hermosa forma de dejarse amar.

Con su partida, llegó a mi vida la presencia de su auto. Impecable, radiante a pesar de haber perdido a su dueño. Honré el compromiso asumido y mi esposo y yo nos quedamos con el auto y lo cuidamos, tanto como mi padre lo había hecho, tanto como yo lo había cuidado a él.

No lo usábamos mucho, yo intenté fallidamente aprender a manejar, pero ahí estaba, esperándonos en la cochera, siempre dispuesto a regalarnos ese olor a nuevo, ese “aroma a papi” y esa misma música que mi padre escuchaba porque yo también dejé la radio en la misma frecuencia.

Tener el auto de mi padre era sin dudas, tener algo de él, algo más de lo que yo llevo en mi alma las veinticuatro horas del día.

El tiempo pasó y un día alguien se interesó por el auto. Tan bello e impecable estaba siempre que alguien se enamoró de él y nos ofreció comprarlo.

¿Vender el auto de mi padre? Jamás lo había pensado. No me gustaba mucho la idea.

Tener ese auto que él había amado y cuidado tanto era para mí un verdadero regalo.

¿Deshacerme de algo que mi padre me había dado? ¿Era correcto? ¿Tenía que pensar o dejar la idea de lado? No sabía qué hacer y entonces pensé en qué me diría mi padre que hiciera y no lo dudé.

Me hubiera aconsejado, como tantas otras veces, que dé un paso adelante, me hubiera alentado, como tantísimas otras veces, a que progrese en la vida. Y entonces, con una inmensa mezcla de dolor y alegría (por seguir sus consejos) decidí que lo vendería y compraría un auto nuevo.

Sé que mi padre así lo hubiese querido así y sólo por eso lo hice, pero el día en que el comprador lo sacó de la cochera, sentí que arrancaba una parte de mí, de la historia que yo había tenido con mi padre, que se había llevado un pedacito de mi papá con él.

Me cuesta imaginar a un extraño sentado en ese auto, poniendo otra radio que no fuese la que ambos escuchábamos. Siento, no sé si bien o mal, que esa persona se llevó algo que era sólo nuestro.

No soy apegada a las cosas materiales y en sí un auto no me quita el sueño, pero ése había sido el auto de mi padre, el que él me regaló a mí, el que yo seguí cuidando como él lo hacía.

Me costó tanto despegarme de ese auto… hoy aún me cuesta un poco, pero cuando me entristezco, cuando extraño esas cuatro ruedas con “olor a nuevo” pienso en que no sólo mi padre estará feliz en su hermoso cielo, sino que algo de él circula por la cuidad.

Hoy tengo un auto nuevo pero ¿saben qué? No tiene ese “olorcito a nuevo” que tenía el auto de mi padre. Estoy en paz porque hice lo que, estoy segura, él me hubiese aconsejado hacer-

Ahora, además de extrañar a mí padre, extraño a su auto. Cuando ambas ausencias se hacen más sentidas, lo único que atino a hacer es cerrar los ojos y pensar en alguna canción de esas que él y yo escuchábamos en esa frecuencia de radio que para mí sigue puesta desde que mi padre partió

Fin

Cuento sugerido para adolescentes, jóvenes y adultos

Todos los derechos reservados por Liana Castello

Prohibida su reproducción parcial o total por cualquier medio físico o digital sin la autorización expresa de la autora.

ILUSTRACION ANNA BURIGHEL

El auto es una de las bellas Historias de familia para reflexionar escrita por liana Castello, un interesante cuento sugerido para adolescentes, jóvenes y adultos.

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