Soldado Kahing

Soldado Khaing, Lydia Gimenez Llort. Ilustración de Fernanda Forgia. Cuento perteneciente a la Antología de EnCuentos por los Derechos del Niño

“Los niños tienen derecho a la protección durante conflictos armados”

“Los niños tienen derecho a la protección contra el trabajo infantil”

“Los niños tienen derecho a la protección contra las minas terrestres”

Un cuento inspirado en un hecho real, que versa sobre el derecho a la educación, al juego, contra el trabajo infantil, contra las minas antipersona y la participación de los niños en los conflictos armados.

Kyaw Khaing volvía con caminar plácido de la escuela, embelesado mirando hacia arriba. Su camino era de color azul y las veras estaban hechas de frondosas copas de árboles mecidas por un suave viento.

Desde allí arriba, los pájaros en sus nidos respondían con trinos a sus silbidos. Mientras andaba, balanceaba armoniosamente su pequeña bolsa de tela, que iba ligera.

Dentro sólo llevaba un minúsculo lapicero y cuatro hojas de lo que había sido una libreta. Al acercarse a casa, apretó el paso y al girar en la misma esquina de su calle empezó a correr, como si de repente le hubieran entrado las prisas.

Entró en la casa corriendo y se quitó las ropas de la escuela en un santiamén. Lanzó la bolsa a una silla y mientras se vestía con la ropa de campo gritó para tranquilizar a su madre:

_ ¡Enseguida voy, mamá, enseguida voy!

Cogió la cesta de mimbre llena de saquitos y cruzó al otro lado de la casa. Una inmensidad de campo le esperaba. Y mientras sembraba, de cada diez puñados de trigo, metía medio en el bolsillo a la par que sonreía pensando en sus pajarillos.

_ No puede ser que estés tanto tiempo en la escuela, Kyaw Khaing. Aquí hay demasiado trabajo, hijo. Yo sola no puedo- se lamentaba la madre dolorida por los años mientras empujaba el buey para acabar de arar lo que aún faltaba de campo.

Al cabo de unas semanas, cuando parecía que el campo ya estaba del todo sembrado, Kyaw Khaing encontró un pequeño momento para jugar. En la caseta del labrador había guardadas ropas viejas de su padre.

_Soldado Khaing, soldado Khaing- gritó en voz alta mientras andaba erguido, cual soldado, alzando una vara de madera para luchar contra el viento.

_Al ataque… al ataque…mi General… – dijo antes de emprender carreras por la vera del campo de trigo acabado de sembrar.

Pasó entonces un carro, con soldados de verdad. Y aún sin saber ni cómo ni por qué, el campo quedó en silencio.

El pequeño Kyawn Khain acompañaba a los soldados, subido al carro, mirando hacia arriba, viendo como avanzaban en su camino azul con veras de frondosos árboles.

El trinar de los pájaros por primera vez sonaba extraño, y cuando quiso darse cuenta no sabía por donde habían pasado ni la manera de regresar.

Pero la aventura resultaba tan fascinante… Se había convertido en soldado, era ya tan mayor como aquellos hombres y se sentía igual de preparado que ellos para luchar.

_Soy un soldado, un soldado de verdad- suspiró aquella noche antes de conciliar el sueño.

A la mañana siguiente en la escuela, su pupitre y su silla estaban vacíos. Mientras, su madre recorría el inmenso campo buscando desesperadamente huellas que pudieran indicarle el camino que le llevara hasta su hijo.

Pasaron los días y el pupitre seguía vacío. En casa, la bolsa de tela seguía esperando la mano que la llevara de vuelta a la escuela. En el campo, el sembrado estaba desdibujado de tanto pisar en busca del niño.

Una de esas mañanas, un pequeño pío despertó al niño. Era un gorrión que desvergonzado y contento picoteaba su bolsillo.

_Gorrión, gorrión…ven, soy tu amigo, soy tu amigo- susurró el pequeño soldado para no despertar a sus compañeros.

El gorrioncillo dejó el trigo y se escabulló por debajo de las telas de la tienda. El pequeño soldado Khaing se levantó y le siguió. Jugueteando, cual gato y ratón, poco a poco, pasito a pasito, fueron alejándose de la zona de acampada hasta llegar a un llano, vallado, con un rotulo que alertaba de algo.

Pero como Kyaw Khaing aún no había tenido tiempo de aprender a leer del todo, pasó sin imaginar que allí por donde saltaba el gorrioncillo se escondía enterrado tanto peligro.

Aquella misma tarde, la madre, entre gritos y lloros, abrazó fuertemente a su hijo malherido mientras la carreta se alejaba sin haber dado más explicación que la imprudencia del niño.

Quince años después, Kyaw Khaing subió a otra carreta y, como siempre, miró el azul del cielo y la frondosa vera.

Pero esta vez se alejaba de casa para luchar por algo que realmente le correspondía y merecía la pena: una medalla de oro en atletismo en los Juegos Paralímpicos Asiáticos.

Fin

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