La bruja Cambuja

La Bruja Cambuja, Dolores Espinosa, escritora española, ilustración Fernanda Forgia, cuento perteneciente a la Antología de EnCuentos por los Derechos del Niño “Los niños tienen derecho a jugar” Leí en un libro muy gordo, de una biblioteca muy vieja, de una ciudad muy antigua, que vivió en un lejano país llamado Vervelig, una bruja malvada, […]

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La Bruja Cambuja, Dolores Espinosa, escritora española, ilustración Fernanda Forgia, cuento perteneciente a la Antología de EnCuentos por los Derechos del Niño

“Los niños tienen derecho a jugar”

La bruja Cambuja

Leí en un libro muy gordo, de una biblioteca muy vieja, de una ciudad muy antigua, que vivió en un lejano país llamado Vervelig, una bruja malvada, pérfida y perversa de nombre Cambuja, que odiaba a los niños.

Y leí en ese grueso libro, de la vetusta biblioteca, de la anticuada ciudad, que cuando Cambuja veía un niño feliz -especialmente si lo veía jugar- se ponía de color morado y le salían unos enormes lunares amarillos y comenzaba a picarle todo el cuerpo.

Porque la bruja Cambuja no soportaba ver a un niño feliz y la risa infantil le provocaba una urticaria así de gorda. Tan enferma de odio se ponía Cambuja al ver a un niño feliz que tuvo que mudarse a una torre muy alta en una montaña altísima a varios kilómetros de cualquier sitio, todo lo lejos que pudo de cualquier lugar, y un poco más.

Una vez allí, comenzó Cambuja a investigar y estudiar, a experimentar y buscar, a consultar y explorar en libros, pergaminos, papiros y hasta en bolas de cristal sin dormir, ni descansar hasta que, por fin, encontró lo que necesitaba: un hechizo para lograr que los niños no jugaran y, por tanto, no fueran felices.

¡Ah, sí, con niños tristes el país sería otra cosa! Para que el hechizo no pudiera ser deshecho nunca jamás de lo jamases, Cambuja debía hechizar a todos los niños del país, sin dejarse ni uno porque uno sólo que quedara sin hechizar podía echarlo todo a perder.

¿Cómo iba a hacer eso? Se preguntaba Cambuja. Y le dio vueltas y revueltas. Meditó y pensó y reflexionó hasta que encontró la manera.

¡Celebraría una gran fiesta! ¡Una fiesta fenomenal! Una fiesta con pasteles y globos, piñatas y payasos, con columpios, juegos, música y risa. Una fiesta con todo lo que ella odiaba y que tanto gustaba a esos pequeños monstruitos llamados niños.

Y leí en aquel libro gordísimo, de aquella viejísima biblioteca en aquella antiquísima ciudad que, dicho y hecho, Cambuja invitó a todos los niños de Vervelig a la gran fiesta y que, por supuesto, acudieron todos los niños del reino e, incluso, alguno de un reino tan cercano, tan cercano, que parecía el mismo reino.

Y leyendo me enteré de que, cuando mejor se lo estaban pasando, apareció la bruja montada en su escoba y, desde el aire, lanzó su hechizo sobre ellos:

Ala de mosquito,

pierna de dragón,

que estos niños

ya no quieran jugar ni un poquito

ni un montón.

 

Y una nube gris fue cayendo sobre los niños y les fue robando el color poquito a poquito, poquito a poquito, hasta dejarlos tan grises como nubes cargadas de lluvia y tan serios como un guardia…

Y la tristeza se apoderó de Vervelig. Fueron pasando los días, las semanas y los meses. En Veverlig ya no se oía la risa de los niños ni se oían gritos en los parques. Los niños del reino ya no jugaban, ya no reían.

La alegría había desaparecido del país. Los niños estudiaban, ayudaban a las tareas de casa y luego se sentaban sin hacer nada, ni imaginar nada, ni explorar nada, ni descubrir nada. Los juguetes se llenaban de polvo, los parques se cubrían de malas hierbas y maleza. Titiriteros, payasos, acróbatas y equilibristas abandonaban el país.

Los libros no se leían. Las mascotas languidecían de pena. La desdicha se apoderó de todo Vervelig y los niños comenzaron a enfermar de pena. La única feliz en aquel país era la bruja Cambuja que ya no padecía sarpullidos ni se ponía morada ni sufría con el griterío infantil.

Ella sí que reía. Salía a pasear cada día, sólo por el placer de ver niños mustios y parques abandonados. Si, Cambuja era inmensamente feliz.

Pero lo que la bruja había olvidado es que a Vervelig llegaban viajeros de otros reinos lejanos. Viajeros que traían niños. Niños que no habían sido víctimas del hechizo. Niños que intentarían hacerse amigos de los niños de Vervelig. Y no debemos olvidar que, conque hubiera un sólo niño no hechizado, el hechizo podía ser anulado.

Y leí en aquel libro tan gordo y viejo, de aquella biblioteca tan vieja y antigua, en aquella ciudad tan antigua y vetusta, que un día llegó de un país al este de Veverlig, una familia con un niño a visitar a unos parientes. Y que, en casa de esos parientes, había un par de niños.

Y seguí leyendo en ese libro, que el niño forastero se quedó extrañado y sorprendido al ver que aquellos niños no jugaban, ni sabían jugar, ni mostraban interés en jugar.

Y que, cuando le contaron qué había pasado, el niño forastero se empeñó en que jugaran con él y puso tanto empeño en enseñarles de nuevo a jugar que, finalmente, logró que se unieran a él. Primero, como robots, luego un poco más animados y cuando el pequeño forastero soltó la primera carcajada, los niños despertaron de golpe de su letargo, recuperaron el color y jugaron durante horas y horas y horas y más horas.

Esos dos niños ayudaron a curar, cada uno, a otros dos, y cada uno de esos, a otros dos y así, poco a poco, fueron despertando a todos los niños de Veverlig.

Y, finalmente, leí en aquel grueso libro, de la antigua biblioteca en la vieja ciudad, que, una vez recuperados el color, el juego y la alegría, los niños del reino se dirigieron al palacio de la bruja Cambuja y, acampando en el exterior, comenzaron a jugar y a reír.

Cambuja no lo pudo soportar. Se puso más morada que nunca, le salieron unos lunares amarillos más gordos que nunca y comenzó a picarle tantísimo el cuerpo que no podía hacer otra cosa que rascarse y rascarse y rascarse.

Y cuenta el libro que leí que, tanto se rascó Cambuja, que acabó desgastándose y desapareciendo. Los niños volvieron tranquilamente a sus casas y, según aquel libro que leí, el rey de Veverlig impuso por ley el derecho de los niños a jugar bajo pena de acabar como la bruja Cambuja o algo peor.

Y los niños de Veverlig, desde entonces, son unos niños la mar de felices y la mar de sanos que juegan, inentan, exploran, descubren y ríen, ríen, ríen y ríen.

Lo sé porque lo leí en un libro gordo, en una vieja biblioteca, de una antigua ciudad del felicísimo país llamado Veverlig.

Fin

Mail: alpispa@gmail.com


La bruja Cambuja

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