Trapo de cocina

PULLOVER VERDE

Cuento infantil sobre ropa vieja sugerido para niños a partir de nueve años.

Aquel era un domingo especial. El papá de Carlos le compró el pullover que tanto añoraba. Con el tiempo, se encariñó mucho con esta prenda.

El pullover, también era feliz. Junto al niño vivió los mejores momentos: visitó museos, bailó en las fiestas, corrió por los parques y en no pocas ocasiones, durmieron juntos. Cada vez, a Carlos se le hacía más difícil quitárselo. Pero… llegó el día en que se sintió viejo y desteñido, ya no asistía a los lugares de lujo y por si fuera poco, le faltaba el aire.

Entristeció. El niño solo lo usaba para jugar a la pelota, restregarse en la tierra y lanzarse en patineta calle abajo. Aún así, se divertía. La última salida, fue sin dudas la tarde en que se rasgó con el clavo de la chivichana.

Pasó el tiempo y cansado de verlo en el armario, el niño se lo llevó a la mamá para que le diera un uso diferente. Examinando su tela fuerte, ella decidió convertirlo en un trapo de cocina. Y así fue, como aquel trozo de tela llegó a la meseta, donde un grupo de utensilios le dieron la bienvenida:

— ¡Bienvenido! – le dijo el estropajo de aluminio – debes prepararte porque dentro de poco tendrás que trabajar duro, ya casi es la hora del almuerzo.

— Así es amigo, aquí el trabajo además de intenso, es mojado ¡Muy mojado!- afirmó el cepillo de fregar.

— ¿Trabajar dicen? Pero… yo nunca he trabajado. Lo único que sé hacer, es pasear y jugar ¡Soy un pullover!

— ¡Un pullover! – carcajeó la agarradera – Pero… ¿Acaso no te has mirado en un espejo?

Era cierto. La olla de presión reluciente, le devolvió la imagen de un paño viejo y feo.

— Tienen razón – dijo – ahora no soy más que…

— ¡Un trapo de cocina! – le dijeron a coro.

— Pero… yo no quiero ser un trapo de cocina – respondió afligido – lo único que ansío, es volver a jugar con mi amigo.

— ¡Te acostumbrarás hijo! A todo se acostumbra uno ¡Ya verás! – sugirió con cariño una esponja raída, que descansaba en una esquina.

Así pasaron los días y con el tiempo ninguno de sus amigos resistió: el estropajo se oxidó y lo botaron a la basura, la esponja corrió la misma suerte. A la agarradera por estar negra y quemada, la escondían debajo del estante. En cuanto siguiera deteriorándose, ese también sería su destino. Cierta mañana, escuchó una conversación que cambiaría su vida:

— Mamá, en la escuela pidieron hacer unas pelotas de trapo ¿Tienes algunos?

— ¿Trapos? Pero… hijo ¿De dónde voy a sacarlos? En la última recogida, todo lo regalé y lo que no…fue a parar al basurero.

— Busca bien mamá, quizás te quede algo, alguna ropa que no me sirva… o ¡Un pullover viejo!

¡Un pullover viejo! Eso era él. Pronto recapacitó, le había quedado muy claro en qué se había convertido. De todas formas, escuchó con atención y fue cuando se le ocurrió una genial idea.

Le pidió a la caldera del aceite usado, que dejara caer unas gotas sobre él.

— ¿Ensuciarte dices? – pero… pararás en el patio, no servirás para nada.

— ¡Eso es precisamente lo que quiero! Si me ensucias, no les quedará más remedio, que desecharme.

— Bueno… si así lo quieres ¡Está bien! lo haré. Pero luego no me culpes por estar mugriento ¿eh? ¡No me culpes!

El trapo de cocina lucía fatal: grasiento y negro. La mamá al verlo, se molestó mucho y aunque hubiera preferido tirarlo, recordó que a Carlos le hacía falta. Lo lavó bien con agua caliente y quitó hasta la última de sus manchas. Más tarde, ya limpio y seco al trapo le regresó alegría.

Aunque ya nada tenía que ver con el hermoso pullover de antaño, Carlos recordó con cariño las aventuras que disfrutaron juntos. Pasó horas construyendo la pelota hasta tenerla lista. El trapo de cocina, tranquilo y cómodo, cubierto por otros pedazos de tela contadoras de historias, se fue quedando dormido… Shhhh, Shhhhh ¡Vamos Carlos, tírame la pelota!

Fin
Autora: Olga Lida Martínez

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