La rana Gregoria

ranas animadas

Ya nos encariñamos, Así de simple. Como uno se encariña con lo verdadero. Para qué tanta vuelta.

La rana Gregoria es como esa gente entrañable que solo sabe hacerte sonreír.

La encontré en las achiras del fondo, al lado del paraíso, agarradita con sus manitos a las hojas grandes y lacias. Al principio pegué un grito de alegría que me hizo asustar a mí misma y luego me serené.

La Gregoria hizo una mueca rara que me dio gracia y al toque me miró a los ojos.
Se presentó rápido, sin reverencias y con palabras fáciles. Me dijo que venía de un largo viaje, no recuerdo si me hablo de República Dominicana o de Villa Dominico o de Villa Luro o de Luro al 238.

Solo sé que estaba allí y las dos estábamos contentas.

Es color verde loro y su voz es el sonido de las sirenas, que nunca escuché, pero que cuando escuché seguro me van a resultar parecido a la voz de la rana Gregoria.

Lo que más me asombró es que recontra conoce al sapo retobado. Que iba a un colegio donde le enseñaron que el retobado era así como un Gauchito Gil o Robin Hood. Y yo me hinché de orgullo.

Pero ya me deshinché un poco.

Me dijo que vino montada a una docena de caracoles morochos. Que tardó bastante, pero que el viaje fue sereno y confortable.

Me dijo que se hizo amiga de todas las luciérnagas, que a la noche alumbraban el camino largo de los caracoles que iban en hilerita. Que creyó reconocer al cosechador de estrellas que estaba haciendo una siembra importante en un lugar donde unos sembraban soja y él pícaramente las sacaba de noche y reemplazaba la soja transgénica por estrellas pizpiretas que son más sanas.

Parece ser que también es amiga del Equeco y le trajo una bolsa tejida de sachets de leche llena de hojitas ocre porque se enteró que es otoño.

Y allá, allá a los lejos diviso la silueta del sapo retobado, viene contento.

Cuando está feliz camina como inclinado a la izquierda y bambolea casi imperceptiblemente la pata delantera en el aire.

Me alejo para ver el encuentro. Siempre hay que correrse un poco del lugar, para dar más dimensión a las cosas y entenderlas.

Y se abrazan. En esos abrazos eternos de los reencuentros .En esos abrazos que te construyen, que se meten en los espacios del alma que necesitaban mimos, justo, justo allí.

Y los veo y me emociono tanto.

Luego, me acerco sigilosa, sintiendo que estoy de más, aunque el retobado nunca me lo va a hacer notar, y garabateo una palabra emocionada, algo así como decirles si hace mucho que no se veían.

Y Gregoria abre sus ojos perla y el retobado sus ojos tiempo y me dice:

– Recién ahora nos estamos Reconociendo.

Y en el fondo, no sé cómo, pero se siente nítido el canto de unas sirenas.

Y yo creo que a veces o casi siempre las palabras están demás.

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Fin

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