Un relato de amor. Relatos de inmigrantes

Un relato de amor. Relatos de inmigrantes

Un relato de amor. Relatos de inmigrantes

Un relato de amor. Liana Castello, escritora argentina. Relatos de inmigrantes.

Como una inexperta novia se presentó ante mí. Con todo para darme, todo por ofrecerme. Con horizontes infinitos para que mis pies los caminaran y mis manos los alcanzaran, si es que ello fuese posible. Era hermosa, joven, inocente.

¿Y yo? También me presenté ante ella como un novio nervioso, deseando atraerle, queriendo causarle una buena impresión.
No la conocía, pero como esos amores que se intuyen, sabía que nuestro encuentro sería para toda la vida.
La necesitaba y ella a mí. Mi corazón ansiaba anclar en un puerto seguro. Mis raíces –arrancadas tempranamente– necesitaban una tierra donde asirse. Así llegué hasta ella, esperanzado, temeroso, igual que un enamorado en su primer encuentro. Desconociendo sus bondades, pero intuyéndolas. Y allí estaba ella, como esperándome sólo a mí. Deseosa de que la recorriera por entero, dispuesta a ofrecerme todo lo que poseía. No fue difícil enamorarme. Era joven y bonita. Pequeña, pero a la vez infinita ante mis ojos.
La amé casi sin conocerla y como esas historias de amor que sólo de cuando en cuando suceden, permanecimos juntos el resto de nuestras vidas. No importó mi pasado, ni siquiera que no hablásemos el mismo idioma, nos entendimos desde un principio, no sin dificultades, pero todas superables.

Tuve que aprender a conocerla, a desandar sus caminos, y ella tuvo que aprender a conocer mis costumbres, por cierto diferentes a las suyas. No fue fácil. Resabios de mi vida anterior golpeaban en mi mente y en mi corazón algunas veces, pero ella supo entender. Fue paciente conmigo. Sabía que, si bien yo tenía un pasado, había decidido vivir mi presente con ella y terminar mis días a su lado.
Le di mucho y mucho me brindó. Crecimos juntos, con errores, aciertos y salimos adelante. Éramos tan jóvenes cuando nos conocimos, que tuvimos la inmensa oportunidad de moldearnos uno al otro. No hubo imposiciones, nos respetamos y amamos en aquello que nos diferenciaba y en lo que nos unía también. La hice fecunda.

Podría decirse que floreció a mi lado. Me dio sus mejores mieles y yo le di mi esfuerzo, mi trabajo honrado y un amor que viajó miles de kilómetros para anclar donde, intuyo, el destino lo había decidido.
No puedo decir que hayamos envejecido juntos, no sería cierto. Yo sí he envejecido casi sin darme cuenta. Sin embargo, ella, ¡qué extraño! aún es joven. Mis cabellos se fueron junto con el ímpetu juvenil; y mis piernas empezaron a cansarse de tanto trajín,. Soy apenas la sombra de aquél muchacho que bajó del barco dispuesto a saborear la vida de un sólo bocado. Ella también cambió. No son las canas o las arrugas las que evidencian su cambio. Se que ya no tiene la inocencia del primer encuentro. Me da la impresión de que sus horizontes no tienen ya las dimensiones de antes y creo que se ha vuelto algo mezquina. Sigue hermosa. No ha dejado de gustarme ni un solo respiro de mi vida desde que estoy aquí, pero ha cambiado. No ha sido fácil su vida, ha sufrido y mucho.
No todos la han querido como yo. Hubo quienes la maltrataron y ultrajaron y mi amor, aunque inmenso, no alcanzó para cerrar sus heridas.
Me iré –cuando suene la sirena de mi último barco– con ese dolor. No es que no haya querido defenderla, es que solo no podía. Muchos la atacaron y no pude evitarlo.
Yo, que la amé casi sin conocerla, sin haberla tocado siquiera, no pude hacer mucho por evitar sus desventuras, excepto amarla. De todos modos, creo que con eso ha alcanzado.

A veces me pregunto ¿Qué hubiera sido de mí si no la hubiese conocido? ¿Qué hubiera sido de ella si yo no hubiese llegado jamás? ¿Sería hoy quien es? No lo creo. Yo tampoco sería el mismo. Intercambiamos riquezas y ¿Por qué negarlo? miserias también. Somos hoy lo que somos, ella aún joven, yo a punto de partir una vez más, pero esta vez para siempre.
Me iré y ella se quedará. No tengo dudas de que algo de mí perdurará hasta el fin de sus días. Puedo irme tranquilo.
Yo, que tuve que escapar de tantas cosas, encontré en ella una tierra fértil donde también fui fecundo. Nunca fue enteramente mía, lo supe desde siempre, pero me dio lo mejor, y yo a ella. Me recibió con sus brazos generosos y jamás olvidaré eso.
Aún hoy, siento que la amo con la misma fuerza de aquel primer momento. En mi corazón y en mis ojos –ya algo nublados por los años– siempre será esa joven que me esperaba ansiosa, con todo para brindarme.
¡Por Dios, qué cabeza la mía! El paso del tiempo hace que olvide cosas importantes. Les he contado gran parte de mi vida y no les he dicho aún mi nombre y tampoco el de ella.
Me llamo Giuseppe, y ella, Argentina.

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Fin

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