Puertas adentro

Puertas adentro. Liana Castello, escritora argentina. Cuento para padres.

Julián estaba cansado de estar solo. Su vida nunca había sido fácil, ni de niño, ni de joven y aún menos lo era ahora que el tiempo comenzaba a jugar en contra.

Vivía solo en un departamento modesto y tenía un trabajo como el de cualquiera. No le pesaba no haber hecho una carrera, ni haberse forjado un “futuro” acorde a las expectativas que habían tenido sus padres, pero la soledad sí y le pesaba mucho, demasiado, cada día más.

Julián tenía esa edad en la que contestar el por qué de ciertas preguntas no era nada sencillo.

-¿Soltero todavía? -Preguntaban muchos.

-¿Qué esperas? –Cuestionaban algunos.

-¿Cuándo formarás una familia? Mira que el tiempo pasa y apremia –Decían otros.

Y Julián ensayaba una respuesta para cada pregunta, pero en realidad no tenía ninguna. No sabía por qué no encontraba un buen amor, no sabía por qué seguía solo y menos aún por qué la gente que lo rodeaba no tenía el tino de dejar de preguntar.

Un domingo como tantos otros, Julián había salido a caminar con su máquina de fotos. Sacar fotos era un hobbie que le servía de compañía. Cansado de caminar, se sentó a tomar un café y allí la vio. Ella tomaba un jugo, mientras escribía en un cuaderno vaya a saber qué.

Era bonita, seguro un poco menor que él, pero no demasiado. Y entonces, se le ocurrió una idea.

-Disculpa ¿Me permitirías sacarme una foto contigo? –Preguntó ante los asombrados ojos de Mercedes.

Sin dejar que Mercedes articulara palabra, prosiguió:

-Sé que te parecerá una locura, pero eres tan parecida a ella, casi idéntica.

-¿A quién? –Preguntó ella desconcertada.

Julián debía ser convincente, la imagen de esa mujer le había dado una idea, algo parecido a un boleto hacia un viaje a la mentira, una mentira que se le estaba empezando a ser necesaria.

-A mi hermana –Contestó cambiando el tono de voz-Ella murió hace poco y por increíble que te parezca, no tengo fotos con ella.

-¿Y pretendes sacarte una foto conmigo? Una foto no me convertirá en tu hermana –Retrucó Mercedes, más molesta que asombrada.

-No por supuesto, lo sé. No pretendo que entiendas mi dolor, pero te lo pido por favor, es sólo una foto. Será como tenerla a ella cerca, por favor, te lo suplico – Insistió Julián.

Mercedes accedió, no demasiado convencida, pero sintiendo pena y ternura por esa historia que Julián inventó en pocos minutos. Llamaron al mozo y Julián le entregó la cámara.

-Sonríe por favor, ella siempre lo hacía, era muy alegre ¿Puedo pasar mi mano por tu hombro? No lo tomes a mal, pero a ella le gustaba.

Mercedes sonrió, algo incómoda, pero lo hizo. Se sintió el tenue sonido de la máquina de fotos que, a partir de ese instante, llevaría a la vida de Julián una realidad diferente, o mejor dicho, llevaría respuestas a tantas preguntas que ya no quería escuchar.

Al día siguiente reveló la foto y lo hizo en diversos tamaños. Compró dos portarretratos uno para la oficina y otro para el hogar. Colocó las fotos en ambos y una más pequeña en su billetera.

-Te llamarás Julia –Dijo y beso la foto, como quien besa una estampita.

A partir de ese día, Julia cobró vida en el mundo de Julián y más aún en el imaginario de toda la gente que lo conocía.

-¡Era hora Julián! Te felicito, es muy bonita.

-Bella sonrisa por cierto. – ¿Y se llama Julia? ¡Vaya qué casualidad! Ni que lo hubieses buscado.

Ya no había preguntas incómodas, sólo expresiones de alegría y alivio. Había que tomar ciertos recaudos para que la mentira fuese creíble, no atender el teléfono en ciertas ocasiones, ir al cine y al teatro, solo, pero ir para tener una salida que contar.

No sería difícil, no más que haber vivido como había vivido hasta ese día.

Una mañana, mientras revolvía un café una y mil veces, pensó en que no faltaría mucho para comenzar a escuchar otro tipo de preguntas.

-¿Y cuándo la conoceremos?

-¿Habrá boda?

Decidió no preocuparse por el momento, ya inventaría otra historia convincente.

Se sentía tranquilo, ya no estaba solo para el mundo exterior, ya nadie se compadecía de él y de su soledad.

Ahora era parte del resto de la humanidad, del resto que ama y es amado, que sale, que vive, que sueña y que comparte. Para el mundo, Julián tenía una vida que sólo se diluía cuando llegaba a su casa, cuando Julia volvía a llamarse Mercedes.

Puertas adentro, la soledad volvía a esperarlo, como siempre lo había hecho.

Puertas adentro, un portarretratos, una sonrisa forzada y un abrazo no sentido le decían todo el tiempo que poco importa las respuestas a las preguntas ajenas, cuando no se tienen para las propias.

Fin

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