La mercería

La mercería. Liana Castello, escritora argentina. Cuentos para padres.

Cuando era niña, mi madre tenía una mercería. Un pequeño negocio repleto de muy variada mercadería, donde botones, hilos y telas se habían convertido en una muy grata compañía. En ese entonces, no se estilaba dejar a los niños todo el día en el colegio y tampoco había dinero para pagar una persona que me cuidase, por lo que casi toda mi infancia la pasé en el pequeño local de mi madre.

Me gustaba su compañía y a ella la mía. El tiempo que no estaba en el colegio, lo pasaba con ella en el negocio. De muy pequeña jugaba sentada en una mantita detrás del mostrador, ya más grande, hacía la tarea o leía. A más de una persona le llamaba la atención verme siempre, como si fuese parte del mobiliario.

Recuerdo de memoria las explicaciones que día a día daba mi madre cuando le preguntaban por qué yo pasaba tantas horas dentro del local. Que no había dinero para pagar una persona, que por otra parte, dónde mejor que con mi madre estaría, que además yo me portaba bien y entonces no había problema, que ya estábamos acostumbradas, etc. Todo cierto, por otra parte.

Un día, entró una pareja a comprar botones para un saco. Ellos también comentaron algo acerca de mi presencia y mi madre dijo lo que yo ya estaba acostumbrada a escuchar. Al salir, el hombre le dijo a su esposa:

– Pobre niña, no es vida. Imagínate cómo se debe aburrir todo el día acá encerrada entre hilos y elásticos. Es lamentable.

No se dio cuenta que yo había salido al umbral y que había escuchado todo. ¿Qué era lo lamentable? Me quedé pensando. Se que sintió lástima por mi, lo vi en sus ojos y no entendía el por qué. Si bien era niña, sabía que había una realidad más allá del colegio y la mercería, más allá de la maestra, mi madre y los clientes.

Aún así, yo disfrutaba de mi mundo pequeño como ese local, pero casi infinito como la mercadería y colorido como los botones. No me gustó que sintiese pena por mi. No tenía por qué. Se que tal vez me crié en un ámbito más “acotado” que los habituales, pero tal vez, fue ése el disparador de mi gran mundo interior.

Cuando muy pequeña, creía que los cierres eran bocas. Si se mantenían cerrados, no tenían nada interesante para decir. En cambio, si los iba abriendo y a medida que lo hacía, me sonreían. Cuánto más abría el cierre, una sonrisa más grande recibía.

Los botones y lentejuelas, eran para mi, estrellas que descansaban durante el día en el negocio y que, cuando nos íbamos a casa, subían al cielo para brillar más que nunca. Las madejas de lana eran nubes coloridas y, según las ordenara mi madre, se convertían en diversos personajes.

– Hazme un ratón – Le pedía

Y mi madre tomaba dos grandes madejas redondas y las ubicaba formando dos orejas, una más pequeña completaba la forma de la carita de mi ratón, otra el cuerpo y no olvidaba dejar una larga lana colgando para que a mi animalito no le faltase la cola.

Sin dudas me divertía y ella también. Lo que pocos podían imaginar, es cuánto aprendí durante todos esos años. No me refiero a tipos de hilos y lanas, sino acerca de las personas y sus universos. Observar es un gran entretenimiento y un mayor aprendizaje aún y yo observaba a cada persona que entraba al local.

Así aprendí cómo se puede percibir el amor infinito hacia un hijo cuando una madre buscaba lentejuelas o cintas para un disfraz. La dedicación con la que esa mujer elegía cada cinta que luego cosería, la preocupación por el color exacto, porque a su hijito le agradase y se luciera en el acto escolar. Aprendí también sobre la humilde condición de mucha gente.

Personas que buscaban el hilo más barato, aunque la diferencia fueran apenas centavos. Vi infinidad de pantalones gastados y con marcas de viejos dobladillos que iban pasando de hermano en hermano como un legado de humildad inquebrantable. Supe lo que era la prepotencia y la amabilidad también.

Vi rostros que jamás olvidaré, llenos de ilusión por tejer su primer sweater, ávidos de consejos y recomendaciones. Me di cuenta que las cosas cobran vida en las manos de los que hacen algo con amor y para otro.

No fueron malos años, por el contrario. Se que cambié muñecas por agujas de tejer, hamacas por estanterías llenas de mercadería, pero también se que aquello que perdí no fue lo más importante. Estoy segura que el lazo que me une a mi madre no hubiese sido el mismo, de no haber compartido esas tardes en el negocio.

Es cierto que no pudo llevarme a la plaza, pero por nada del mundo cambiaría sus ratones de madejas de lana. Tampoco venía nadie a jugar a mi casa, pero ella se las ingenió para que yo no me sintiese sola y me divirtiera.

No tuve muchos juguetes, pero me dio su mundo infinito, su tiempo, el que pudo, el que tenía y por sobre todas las cosas su amor. Fui una niña feliz, a pesar de darle lástima a más de una persona.

Logramos con mi madre, lo que algunos les resulta imposible: un lazo de amor tibio como la lana, colorido como las lentejuelas, maleable como el elástico e infinito, como la mercadería que mis ojos se acostumbraron a ver de niña.

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Fin

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