EL VIAJE (con mayúsculas)

EL VIAJE (CON MAYUSCULAS), Liana Castello, escritora argentina. Cuento para padres.

Jamás olvidaré aquel viaje. Un viaje que me tomó por sorpresa y me llevó donde quiso, sin que mi voluntad participara en absoluto.

Ese día no me había levantado bien. Ya desde la mañana tenía un malestar difícil de precisar; calor, una presión desagradable en el pecho, sequedad en la boca; en fin, un conjunto de malestares que no había tenido nunca y que me preocupaban. La sensación de calor era lógica, el día se perfilaba como otro agobiante de un verano que no había dado tregua. Pero la presión en el pecho, tan profunda, tan extraña… ¿Angustia, tal vez? Es posible, las cosas no andaban nada bien.

De todos modos, y con mi humanidad a cuestas, fui al trabajo. Trabajar atendiendo al público cuando uno no se siente bien no es recomendable. Colgarse una sonrisa y colocarse el disfraz de amabilidad no es tarea fácil cuando uno se siente enfermo. Fue difícil transcurrir el día.

Por suerte, todo siempre termina, hasta los días en apariencia interminables. Salí del trabajo dando gracias a Dios de que la jornada hubiera llegado a su fin. Volvía a casa, sin sentirme bien aún. El calor seguía siendo agobiante y la opresión en mi pecho no había desaparecido.

Tomé el subte, como todos los días y, como todos los días también, estaba lleno. Apenas entré, me sentí peor, comencé a sudar frío y me costaba respirar. Quería pedir un asiento, pero francamente no me animé. Las personas suelen estar muy ocupadas cuando viajan, sobre todo para prestar atención a otra persona, aunque ésta tenga mala cara.

Traté de distraerme para no pensar en lo mal que me sentía y me dediqué a mirar a los pasajeros, sus gestos, sus rostros, sus actitudes; muchos dormían o hacían que dormían. Se hacía evidente el cansancio, esos ojos que no terminaban de cerrarse, en las manos aferradas a los libros, bolsas o lo que sea que llevaban. Algunos leían libros, pero la mayoría, el diario.

Algunos iban acompañados y conversaban entre sí, trivialidades, no escuché ningún diálogo interesante. A pesar de mi intento por hacer desaparecer mi malestar, éste crecía a medida que pasaban las estaciones. Empecé a sentirme todavía peor, ya casi no podía respirar. Ahora sí me animaba a pedir un asiento; quise hacerlo y no pude. Las palabras pugnaban por salir pero no podían. Y ganó el silencio. De repente la luz se apagó y el subte se detuvo.

No podía creer mi mala suerte. No podía hablar, tampoco pedir ayuda, me costaba respirar. Y se corta la energía. No, no podía creerlo. Sin duda, ésta era uno de mis peores días. Todo quedó muy oscuro, de un negro tan profundo que asustaba. Se ve que no era sólo yo el que estaba asustado, porque podía escuchar y sentir que la gente a mi alrededor estaba intranquila. No llegaba a entender lo que decían, pero sus tonos eran nerviosos, alterados. Hasta juraría que sentí algún grito.

De pronto, con la misma rapidez con que se había esfumado, volvió la luz. Por un instante, sólo por un instante, sentí un gran alivio. Cuando pude acomodar mis ojos, que se habían acostumbrado a la oscuridad con una rapidez asombrosa, quedé desconcertado. El panorama no era igual.

Las personas que habían compartido conmigo el viaje hasta ese momento, no eran las mismas. Sus caras habían cambiado. Pensé que era mi estado el que me hacía ver cosas que no eran tales. Quise preguntar, pero mi voz seguía apagada, ella no había vuelto junto con la luz. Una vez más traté de distraerme.

Pensé que como había vuelto la energía, el subte arrancaría y podría llegar pronto a casa. Volví a detenerme en las personas, las usé una vez más como imanes para atraer algún tipo de mejoría. Ahora también había gente dormida, pero, a diferencia de lo que ocurría antes, estas personas dormían realmente, sus expresiones lo demostraban. Parecía que jamás despertarían y transmitían una paz que no se encuentra en el cotidiano trajín.

Inexplicablemente, sus rostros me eran familiares. No entendía qué pasaba, quiénes eran, pero los conocía, eso era seguro. Miré a los que leían el diario y ahí sí que fue grande mi estupor. No eran diarios actuales, eran diarios del día de mi nacimiento. ¿Por qué de esa fecha? ¿Por qué ya no leían diarios de hoy? ¿Cuándo los habían cambiado? Observé entonces a las personas que conversaban, tampoco sus rostros eran los mismos, pero esta vez sus conversaciones sí me resultaban interesantes. ¡Cómo no iban a hacerlo, si, por loco que pareciera, hablaban de mí! Hablaban de mi infancia y de mi juventud, del endeble y dudoso presente en el que me encontraba y el poco promisorio futuro que me esperaba.

También el rostro de estas personas me era familiar. ¿Quiénes eran y por qué era yo el motivo de su conversación? Quise preguntárselos pero daba la impresión de que mi voz se había ido para siempre. ¿Cómo entender lo que estaba pasando? ¿Cómo convertir en lógico algo por demás descabellado?

A pesar de mi malestar y desconcierto, esas personas ejercían sobre mí una atracción que no podía desoír. Sus rostros… ¿dónde los había visto antes? ¿Por qué hablaban de mí, habiendo tantos otros temas? No podía averiguarlo, pero sí podía seguir escuchando. Decían que yo había desperdiciado mi vida, que no había sabido ser feliz, que había archivado los dones con los que Dios me había provisto al nacer.

También decían que de niño yo había sido alegre, vivaz, simpático, que con el tiempo había ido encerrándome en una mediocre y cobarde soledad y no me había animado a vivir una vida plena. Decían que había vivido media vida. Todo lo que escuché me dolió mucho más que la opresión en el pecho, me dejó paradójicamente, claro, sin palabras.

Estas personas también se lamentaban. Yo pensé que era porque veían que me sentía mal, que por fin se habían dado cuenta, pero no, lo hacían por todo lo que no había hecho cuando me sentía bien, y empecé a lamentarme yo también. Por primera vez en el viaje, no me distraje con las otras personas y ya no los observé.

Me dediqué a pensar, a ver dentro de mí, a tratar de entender en qué se había convertido mi vida, esa que tenía justo antes de entrar al subte. No fue fácil pensar en ese contexto, entre el calor, la opresión, el sudor, la gente. Pero lo intenté. Traté de hacer un viaje retrospectivo para darme cuenta, por decirlo de alguna manera, en qué estación había empezado a flaquear la fuerza de mi motor interior.

Tal vez no era el momento para tener un panorama muy claro de lo que había pasado, pero realmente sentía que quería salir de esa situación. No sólo la de sentirme mal en ese preciso momento, sino la de salir del pantano en el que me había instalado. Recién allí me di cuenta de que el subte comenzó a moverse, no había reparado en que estábamos detenidos; sí me di cuenta de que yo había estado detenido mucho tiempo.

Cuando el subte retomó su viaje, todo cobró movimiento alrededor. Estaba mareado, seguía sudando y la gente conocida se iba desdibujando ante mis ojos. Los diarios no tenían una fecha clara, todo seguía siendo más que extraño. Sin embargo, la opresión comenzó a mermar, sentí una bocanada de aire que me despertaba, diría yo, me volvía a la vida.

Cuando pude orientarme y sentirme más firme y seguro, me di cuenta de que yacía en el piso del subte. Los pasajeros, cuyas caras volvieron a ser desconocidas, se encontraban a cierta distancia, nerviosos, asustados. Alguien vestido de blanco me tomaba la mano. Daban gracias a Dios, algunos lloraban, otros se saludaban o felicitaban al que, evidentemente, era un médico. Yo, seguía sin entender.

Como quien devuelve algo robado, producto del arrepentimiento, mi voz volvió clara como nunca y pude preguntar qué había pasado. Así me enteré que me había desmayado, que mi pulso había detenido por un momento su marcha, que parecía que mi corazón ya no tenía ganas de latir mi vida.

El subte jamás había quedado a oscuras, mi vida se había apagado por un instante. Me explicaron que caí desmayado, que no reaccionaba, que había estado sin sentido unos minutos. Habían llamado a una emergencia, creyeron que no saldría, pero gracias a la pericia del médico y sus maniobras, volví. Así decían ellos, que volví. En medio de la conmoción, me pregunté qué sentido tenía volver a un lugar en el cual no se había sido feliz.

Ese lugar no era ni más ni menos que mi vida ¿tenía sentido retomar una vida que había desperdiciado, que evidentemente no había disfrutado? Ninguno. Todos mencionaban la misma frase “que yo había vuelto”, pero ¿adónde había ido? ¿Qué viaje había hecho? No sé si volver era el verbo que yo hubiera usado. No quería volver a donde supuestamente había estado todos estos años, inmerso en una vida vivida a medias.

Cuando uno vuelve, se entiende que el viaje ha terminado. Luego de esta experiencia breve, pero, por lejos, la más intensa que me tocó vivir, yo pretendía hacer un viaje nuevo, hacia una destinto distinto.

No sé con exactitud en qué estación se detuvo mi máquina, lo que sí sé es que ese día sentí que ésa era mi primera estación y que llegaría a un destino digno de ser vivido.

Fin

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