De pronto

Mi esposo murió de un ataque al corazón, un día cualquiera, como tantos otros. Nada hacía pensar que ese día todo cambiaría, y cambiaría de pronto y para siempre.

Pasado el shock del momento y luego de haber cumplido con las formalidades como una autómata, me costó reaccionar, entender, aceptar.

¿Cómo podía ser que de repente una vida se apagara? ¿Que mi compañero, mi amor ya no estuviese a mi lado?

¿Cómo entender algo que puede tener una explicación médica pero que a mi corazón no le servía?

¡Qué paradoja! Pensé. El corazón, ése que guarda y atesora los sentimientos, ése que me había amado tanto dijo basta para él.

Las reacciones fueron varias, diferentes, confusas: enojo, rabia, una tristeza infinita, una soledad indescriptible, desasosiego.

Es difícil acostumbrarse a una ausencia. Otra paradoja, la ausencia se siente casi más que la presencia misma, habla, toca, lastima, deshace, empequeñece.

Durante un tiempo largo mi enojo fue grande, no sabía bien con quién estaba enojada, si con él por haberme abandonado, con la vida ¿Con Dios?, no sé, con Dios no me animaba, pero lo cierto es que mi enojo era casi tan grande como mi soledad.

Mis hijos, mis amigos y mi familia hacían lo que podían, a ellos también les costaba acostumbrase a este golpe, ellos también tenían su propia tristeza. Aun así, trataban de sostenerme y de acompañarme y no es que no lo valorase, pero hay situaciones en la que la soledad no tiene remedio.

Me sentía vacía, como si parte de mi o casi todo mi ser, se hubiera ido con él. Habían sido muchos años de amor y de un amor bueno, de haber construido una familia y compartido proyectos, sueños y realidades. ¿Cómo seguir sin él? ¿Cómo acostumbrarme a su ausencia?

Todo me lo recordaba, aunque en realidad no necesitaba nada que me lo hiciera recordar, pues mi esposo, mi amor, seguía dentro de mí.

A veces pensaba que hubiese sido preferible otro tipo de enfermedad, algo que nos hubiese ayudado a prepararnos para su ausencia. Otras veces sentía que ese pensamiento era egoísta, por lo menos su vida se había apagado sin sufrir. Por otro lado ¿Una agonía nos hubiese preparado mejor? ¿Hay algo que nos prepare para la muerte del ser que amamos? No lo sé realmente.

El tiempo pasó, despacio, muy despacio, cada minuto era eterno, cada noche interminable y cada mañana sabía a amenaza de otro día de desazón y soledad.

De pronto, un día cualquiera algo en mí cambió. Pensé de un modo especial en el amor que nos habíamos tenido y que sin dudas, nos seguíamos teniendo.

Comencé a pensar que un amor así no acababa con la muerte, no podía vencerlo la ausencia física de alguien.

No sé bien qué fue lo que me hizo sentir diferente, aunque si lo pienso bien, creo que fue él, mi esposo. Al principio pensé que me había abandonado y con el tiempo me di cuenta de que no sólo él no decidió partir, sino que tampoco se había alejado de mí del todo.

¡Otra paradoja! Con el tiempo su ausencia dejó paso a otro tipo de presencia. Comencé a sentir que seguía a mi lado. No es que hubiese enloquecido, sino empecé a entender que siempre estaría a mi lado, sin dudas de otro modo, pero que seguiría junto a mí.

Este tiempo sería un compás de espera hasta que nos reuniésemos nuevamente.

Un día, de pronto, sentí que la fuerza de ese amor, que la riqueza de todo lo que habíamos vivido y construido juntos no se había terminado con su partida. Tal vez cambió de rol, pensé, y de esposo pasó a ser mi ángel guardián, lo cierto es que comencé a sentir su compañía.

Pese a mi tristeza, pude sentir que la muerte no era el final, que si bien hubiera dado todo porque mi marido siguiese vivo, no estaba del todo sola.

Un amor, un verdadero amor no termina con la muerte. Tardé un tiempo en entender esta verdad, pero lo hice.

Me costó, como cuestan tantas cosas, pero esa tranquilidad, llegó también como tantas otras cosas, de pronto y se instaló en mí para siempre.

Fin

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