El obsequio

El obsequio. Liana Castello, escritora argentina. Cuentos cortos para adultos. Historias de familia.

Mi abuelo fue relojero y mi padre heredó su oficio. Además de amar los relojes, mi abuelo amaba la madera y la tallaba con mucha pericia, pero sobre todo con mucho amor.

El tiempo tenía para él un significado diferente al que tiene para la mayoría de las personas. El trabajar todo el día con agujas, relojes, cuerdas y péndulos -creo yo- que le había dado una noción más acaba del presente, del día a día, de lo cotidiano.

Fue alguien afortunado por muchas razones, pero sobre todo porque amó y amó mucho. Amaba su oficio de relojero, tallar la madera, amaba a mi abuela, a mi padre, a mí y a tantos otros.

Ir a la vieja casa de mis abuelos era una fiesta similar y diferente en cada ocasión. Sentarme a su mesa, saborear los platos que con tanta dedicación cocinaba mi abuela y escuchar los relatos de mi abuelo, eran una celebración que tenía una música de fondo: el reloj de péndulo de madera.

Ese reloj era muy especial. Alguien lo había dejado en la relojería de mi abuelo y él con su infinito amor lo rescató del abandono, lo arregló, le talló algunas flores como para alegrar un poco su vida e hizo por él lo mejor que pudo hacer, lo llevó a su casa y lo colgó de una de las paredes del comedor.

El sonido del péndulo balanceándose era siempre la música que acompañaba nuestras conversaciones y entre balanceo y balanceo se escuchaba la risa de mi abuelo, sus historias y sus consejos. Me enseñó mucho, infinitamente más de lo que pudo haber imaginado. Aprendí de sus palabras y de sus silencios también.

Tal vez por su oficio y por estar tan codo a codo con el paso del tiempo, tenía una manera de disfrutar el día a día que, aún hoy, me siguen conmoviendo. Cuando me veía abrumado por más de un problema, cuando todo a mi alrededor parecía estar dado vueltas, siempre tenía una palabra de alivio y nuestras charlas terminaban siempre con la misma frase “Recuerda”, me decía “a cada día le cabe su aflicción” y así ordenaba mi cabeza y paso a paso y poco a poquito me era más fácil resolver mis conflictos.

Mi abuelo vivía su vida casi como desarmaba un reloj que no funcionaba. Se sentaba tranquilo frente al reloj, lo estudiaba y sin prisa, pero sin pausa, ponía manos a la obra. Con sumo cuidado y mucho amor enfrentaba aquello que el reloj le deparaba –igual que la vida- y más que preocuparse, se ocupaba y le daba una vida nueva a esa máquina casi muerta.

Mi abuelo enfermó y todos sabíamos que, vaya ironía, sus horas estaba contadas. Aún así, él siguió viviendo una vida que valía la pena ser vivida. Yo ya era un joven y mi profunda tristeza era visible para todos, incluso para mi abuelo.

– No quiero que te vayas –Le dije un día.

– Quieras a no, me iré, pero aún estoy frente a ti. Mira hijo, el pasado es sólo eso, pasado, el futuro es todo un enigma, sólo tenemos este momento, este presente. Vívelo como lo que realmente es UN OBSEQUIO.

Esas palabras calaron profundo en mi alma y cambiaron en mucho mi forma de vivir la vida. Cuando mi abuelo murió, junto con la infinita tristeza de saber que ya nunca más lo vería, tenía la inmensa tranquilidad de haber disfrutado ese obsequio que fue nuestro presente compartido.

El primer día que volvimos a la casa de mi abuela, noté que el reloj de péndulo atrasaba. No me sorprendió. No hubiese sido extraño que su amado reloj tuviese el paso cansino y el ritmo lento, seguramente también él extrañaba a mi abuelo. Fue así que, cada vez que visitamos a mi abuela, yo daba cuerda a ese reloj.

Parecía esperarme para andar derechito por la vida, Parecía extrañar unas manos que se ocupasen de él casi con el mismo amor que lo había hecho mi abuelo. Seguí visitando a mi abuela, disfrutando sus platos, recordando a mi abuelo y siempre con la misma música de fondo, el reloj de péndulo.

Un día abuela partió también y para mi sorpresa mi padre me regaló el reloj. Mis manos temblaron al recibirlo y mi voz también:

– Pensé que te lo querías, es un recuerdo del abuelo – Dije como pude.

– Es más tuyo que mío, lo sabes. No puede estar en mejores manos –Contestó mi padre.

Lo guardé como lo que era, un tesoro y cuando fue el momento y el lugar justos, lo colgué en una pared de privilegio en mi casa. Algo de mi volvió con él.

Su música era la misma, el balanceo de ese péndulo ahora me acompañaba a mí, a mis recuerdos y a mis pensamientos. Sé que mi abuelo está conmigo y tomo el sonido del reloj como si fuera su voz, serena y suave.

Me hace bien su compañía. No siempre me es fácil vivir como lo hacía él, pero lo intento, por mi por supuesto, pero también por él y en homenaje a su recuerdo.

Cada noche le doy cuerda a nuestro amado reloj. Cada mañana al despertarme escucho su melodía y cada día, recuerdo las palabras de mi abuelo e intento vivir el presente como lo que es: un obsequio, el mejor obsequio que nos da la vida.

Fin

©Copyright Liana Castello

2012 Todos los derechos reservados

Imprimir Imprimir





Comentarios