Dos azulejos

Las mejores historias de abuelos

Dos azulejos. Las mejores historias de abuelos.

Dos azulejos es una de las mejores historias de abuelos. Cuentos cortos de abuelos sugeridos para lectores de todas las edades.

Amaba a mi abuelo. Siempre habíamos tenido una relación especial. Una entrañable complicidad había coloreado siempre nuestro vínculo. Mi abuelo vivía en una casa como él, de muchísimos años, firme, con historia, tal vez un poco deteriorada, pero entera y de pie.

Como muchas de las casas que cada día se ven menos, tenía un pequeño zaguán, un patio y varias habitaciones que daban a él. Las puertas eran de madera, de ésa que hoy no existe y en su patio los verdes eran tan disímiles como las macetas que tenía. Era casi imposible contarlas.

Sin embargo, lo que mi abuelo más amaba de su casa era su zaguán. Estimo que algo de picardía había en ese especial cariño, recuerdos de juventud tal vez. De todos modos, siempre me quedé con la duda.

Los azulejos que lo revestían eran, para mi amado abuelo, motivo de orgullo. Tenían la figura de una canasta llena de rosas, bellamente pintadas, como si lo hubiese hecho un ángel.

Pocas casas han de tener este tipo de azulejos. Creo que los traían de Francia, no recuerdo. Son azulejos de colección, no de los que se hacían por hacer – decía más de una vez.

Lo cierto era que realmente para él eran un tesoro. En las épocas de mi abuelo, las cosas acompañaban a las personas hasta que éstas partían. Todo debía durar por siempre y mantenerse en el mejor estado posible.

Cuantas veces le hubiese dicho a mi abuelo que techase su patio o al menos, le colocase un toldo, cuantas otras le propuse comprarle modernos canteros que reemplazasen a todas esas macetas que ya eran imposibles de contar. Jamás me escuchó, o mejor dicho, sí me escuchaba, pero jamás me hizo caso.

Nunca jamás le dije nada de los azulejos, entendía que eran su orgullo y además ¿qué sentido hubiese tenido cambiarlos por una cerámica nueva? Era su zaguán, eran sus recuerdos, eran sus orgullos. Un tarde, como tantas que jamás olvidaré, conversábamos en el patio. El regaba sus plantas, mientras yo le hacía compañía.

Recuerdo que le pedí -una vez más- que me contase cómo había conocido a mi abuela. De pronto, cayó desplomado al piso. En un segundo parecía que su vida se había apagado, no reaccionaba.

La ambulancia vino pronto, muy pronto. Lo levantaron y al tiempo que yo hacía algunas preguntas y ellos ensayaban algunas respuestas, maniobran con la camilla hacia el zaguán. Por un momento quise decirles que tuviesen cuidado con los azulejos, pero más temía por mi abuelo.

– “Un derrame cerebral” -dijeron los médicos – “sobrevivirá, pero tal vez ya no sea el de antes, hay que esperar” – agregaron.

Cuando regresé del sanatorio para buscar sus lentes y otras cosas que estimé necesitaría cuando mejorase, vi que dos de los azulejos del zaguán estaban rotos.

Junté cada pedacito e intenté pegarlos, unirlos, no se. Era imposible, la camilla los había hecho añicos. No recuerdo el tiempo qué pasé mirando el espacio vacío que habían dejado en ese paisaje al que mis ojos estaban tan acostumbrados. Tampoco se el tiempo que pasé pensando en mi abuelo.

El zaguán no era el mismo, la casa de mi abuelo, sin mi abuelo tampoco. Cada tarde, cuando volvía del sanatorio pasaba por su casa a regar sus plantas.

No bien traspasaba las puertas, era imposible no mirar el rectángulo sin azulejo que me decía que mi abuelo no estaba bien, que me demostraba que no todo dura para siempre, que la vida cambia y a veces de un modo poco agradable. Decidí hacer algo. Copié el dibujo de los azulejos y me dediqué a buscar dos iguales.

Quería que mi abuelo viese su casa tal cual, si él no volvería a ser el mismo, que al menos viese que su hogar no había cambiado. Recorrí infinitas calles, busqué por internet, vi mayoristas, coleccionistas, nada. Se había vuelto una obsesión para mi reponer esos azulejos, como si con ellos, le devolviese a mi abuelo su antigua vida, junto con su antiguo zaguán.

Poco antes de que le dieran el alta y en una feria de antigüedades, los conseguí. Eran oro en mis manos. Jamás pensé que un par de azulejos pudiesen darme tanta felicidad. Llamé a un colocador, debían quedar perfectos – ¿Dos azulejos? – preguntó el hombre desconcertado

– ¿Eso es todo el trabajo? -insistió.

Quedaron perfectos, excepto por un brillo diferente, no parecía que algo hubiese pasado allí. Limpié su casa, las hojas de cada una de sus plantas y lo fui a buscar. Cuando volvimos, recorrió con su mirada toda la casa, el zaguán incluido, como para corroborar que todo estuviese tal como él lo había dejado.

No hablaba, los médicos dijeron que tal vez ya nunca lo haría. Con su paso aún más lento, caminó por la casa, con sus manos temblorosas acarició sus plantas y con una mirada que sí era la de siempre se detuvo en el zaguán.

Mi respiración se cortó. ¿Y si se había dado cuenta? ¿Y si había reparado en el brillo diferente de los dos azulejos nuevos? Con un hilo de voz le pregunté:

– ¿Ocurre algo abuelo? ¿Está todo bien?

El asintió con la cabeza, me dedicó la mejor de sus sonrisas y dio a entender que ya era hora de irse a descansar. Respiré aliviada. Tal vez parezca una nimiedad, pero para mi era muy importante que el abuelo no notase la diferencia. Las personas mayores no quieren que las cosas cambien y sobre todo sus cosas.

Ha de ser muy difícil aceptar que uno ya no es el mismo, entiendo entonces porque se aferran a las cosas, ellas no envejecen de la misma manera. A pesar de que mi abuelo no volvió a hablar, nuestra comunicación no cambió y nuestra complicidad diría que se acentuó. Una tarde se quedó dormido en su sillón el patio y nunca jamás despertó.

Se durmió junto a sus plantas y con el sillón mirando al zaguán. Lo despedí con el mismo amor con que lo había recibido en mi vida, de todas maneras, sabía que jamás me abandonaría. La muerte tiene muchos aspectos antipáticos, uno de ellos es que la persona que se ha ido, deja a los demás la triste suerte de administrar, dividir y repartir aquello que tenía.

Ordenando su cuarto, mi padre encontró un sobre manuscrito por mi abuelo. No era la letra de siempre, era evidente que lo había escrito –con suma dificultad- al volver del sanatorio.

Tenía mi nombre y una pequeña carta dentro. Abrí el sobre intrigada y casi feliz de tener noticias suyas. Su contenido me confirmó que esa maravillosa complicidad me acompañaría por el resto de mi vida.

“Clara, mucho agradezco tu esfuerzo, pero si te fijas bien, los dos azulejos nuevos, tienen veintitrés rosas, no veinticuatro como todos los demás. De todos modos, no te aflijas mi niña, me has hecho el abuelo más feliz de la tierra y del cielo también”.

Fin

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