¿Qué cómo me llamo?

¿Qué cómo me llamo? Elizabeth Segoviano, escritora mexicana. Ilustración Fernanda Forgia. Cuento perteneciente a la Antología de EnCuentos por los Derechos del Niño

“Los niños tienen derecho a tener nombre y nacionalidad”


Todo había comenzado cuando mi familia y yo nos mudamos a otro país. Las cosas eran algo extrañas para mí, una nueva casa, una nueva y enorme ciudad, nuevas personas, nuevos lugares… y por si eso fuera poco era mi primer día de escuela.

A mis relucientes cinco años estaba por descubrir de qué se trataba eso de estar en un salón de clase con un profesor y niños de mi edad. Eso era emocionante… ¡pero también me daban nervios!

Aquella mañana el autobús escolar sonó la bocina y mi abuelo me acompañó hasta la puerta para ayudarme a subir y lo vi diciéndome adiós por la ventanilla. De inmediato los demás niños en el autobús comenzaron a mirarme de pies a cabeza, a susurrar y reírse, pero de repente una voz dulce me llamó.

– Hola ¿eres el nuevo?

– … eso creo …

– Yo me llamo Ally ¿tú cómo te llamas?

– ¡Cállate!

– ¿Por qué quieres que me calle? ¡Eres grosero! Ya no me caes bien.

– Pero … – ¡Ya no me hables niño grosero!

Yo no entendía porque esa niña se había molestado tanto conmigo… aunque probablemente había sido mi culpa, de seguro yo había dicho o hecho algo malo, porque mi abuelo siempre dice que hago todo mal.

Cuando llegamos a la escuela nos formaron en el patio para decirnos a qué salón de clase iríamos y otro niño me dirigió la palabra.

– ¡Hola! Creo que vamos a estar en el mismo salón, tenemos a la maestra Lety, ella es muy buena, siempre nos cuenta cuentos, te va a caer bien, yo me llamo Benjamín ¿y tú cómo te llamas?

– ¡Quítate! … no ¡Cállate!

– ¿Qué te pasa? ¡grosero! ¿acaso estás loco?

– Pero … es que yo …

-¡Ya no me hables! ¡grosero!

Una vez más no podía entender lo que estaba haciendo mal, pero debía ser algo muy malo porque esos niños estaban muy enojados… todo era igual que en mi casa, mis abuelos también se la vivían molestos conmigo… y tampoco entiendo porqué.

Mi maestra nos guió a nuestro salón de clase, nos sentamos en círculo y dijo que debíamos hablar de nosotros y nuestras familias, de donde veníamos, quienes éramos, y lo que nos gustaba hacer.

Yo escuchaba muy atento a mis compañeros, lo que decían era interesante, algunos habían ido de vacaciones a inmensos parques de juegos o la playa, otros hablaban con mucho orgullo de sus hermanos y hermanas o del trabajo que hacían sus padres; pero mientras más se acercaba mi turno de hablar me sentía más y más nervioso, comenzó a dolerme la barriga y las manos se me pusieron frías y pegajosas, entonces la maestra se dirigió a mi y me preguntó como me llamaba.

– ¿Qué cómo me llamo? … este … lo que pasa es que … si le digo mi nombre se va a enojar conmigo maestra

– ¿Enojarme yo? ¿sólo por saber tu nombre? ¡claro que no! ¡Anda no seas tímido! Aquí todos estamos para aprender unos de otros ¿cómo te llamas?

– ¿Qué cómo me llamo? … pues… pues me llamo ¡cállate, quítate, estorbas, salte, tonto, grosero!

– ¿Dices que te llamas cállate, quítate, estorbas, tonto, grosero?

– Pues … si … eso creo

– Pero pequeño, ese no es un nombre

– ¡Claro que sí! Mis abuelos siempre me dicen así, y hoy dos niños de esta escuela me repitieron que yo era grosero así que también es parte de mi nombre… o eso creo.

– Estoy segura de que tus padres te han dado un lindo nombre.

– No lo sé… tal vez mi nombre se quedó en el país en donde antes viví.

– ¿Y de dónde eres? – … pues … de otro país

– si, pero ¿de dónde?

– No sé

– No te preocupes pequeño.

El tono dulce y amable de mi maestra me tranquilizó y mis compañeros que antes me habían llamado grosero se disculparon conmigo, pues ellos no sabían que yo pensaba que ¡cállate, quítate, estorbas, tonto, grosero! era mi nombre, aquel día aprendí muchas cosas, pero la más importante es que aprendí que yo tenía derecho de tener un nombre y una nacionalidad, que no estaba bien que me dijeran palabras ofensivas y que yo no era como una hojita de árbol perdida que no pertenece a ningún lugar.

Cuando llegué a casa mis abuelos me preguntaron que tal me había ido, y yo les conté todo lo que me había pasado.

– Hijito –decía mi abuelo– lamento mucho el que no te hayamos tratado bien, somos chapados a la antigua, pero eso no es excusa para haberte dicho todas esas cosas, eres muy pequeño y los grandes debemos proteger a los pequeños, no sólo porque es lo correcto, sino porque es tu derecho, de ahora en adelante te prometo que todo va a ser diferente.

– Entonces… ¿cómo me llamo?

– Ah tu te llamas …

A la mañana siguiente lo primero que hice al subir al autobús escolar fue gritarle a todo pulmón a mis amigos que mi nombre era Samuel, que tenía cinco años era un niño, me gustaba jugar fútbol y dibujar y era Mexicano.

Fin

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