Mi niñez en Mariscala

ATARDECER EN EL CAMPO

Lo mejor de nuestras vidas , son las vivencias y cuando se es adolescente cada una de ellas es como una gran aventura , pero no existe mayor y mejor aventura que la de ser abuelo.

Yo todos los días invento cuentos y situaciones para contar a mis nietos.

Desde hace unos meses ellos ya me cuentan a mí los mismos cuentos que yo les narro con sus propios agregados o invenciones .

Lo mismo hacía yo con mi Madre que fue el ángel me llevó al sendero de la lectura y la escritura.

Entonces tuve otras vidas peleando con los piratas de “El tigre e la Malasia “ fui un guerrero en “Bomba el niño de la Selva “ , fui bucanero en las correrías de Sir Francis Drake , fui escriba en el antiguo Egipto , peleé con Bonaparte en Waterloo , fui soldado de la Legión Extranjera , pero por sobre todo fui y soy un soñador y vivo cada libro que leo como si fuese el primero.

Para ello corría el año 1963 y yo esperando mi aventura

Y un día llegó , por el lado que menos esperaba , te la cuento…..

Se habían terminado mis días de escuela , sexto año era historia , comenzaban nuevas etapas en mi vida , según decía mi Madre ya era “casi “ un hombre.

Como premio me regalaron las vacaciones en los pagos de mi Madre , La Mariscala.

Era un pequeño pueblo en el departamento de Lavalleja , fundado por un Mariscal de Campo allá por 1899 en honor a su amada esposa.

Viajaba a Mariscala una tardecita de verano en aquellos viejos ómnibus que te adormilaban con su traqueteo monótono y constante donde el chofer parecía un extraño mago que sabia donde bajaba cada persona aún antes de que se levantaran de su asiento.

Dejaba paquetes o cartas en algunos palos piques de los alambrados , conversaba con todos y preguntaba por cada miembro de la familia , me hacía pensar que este hombre …lo sabía todo.

Al tomar la última curva , divisé la pequeña joya que era la Mariscala , como una piedra de jade , entre otros fulgurantes verdes , rodeada por cuatro sierras que como gigantes ciclópeos pétreos que vigilaban el adormilado quehacer cotidiano de los habitantes del pueblo.

En la estación me esperaba mi tío con sus ropas de faena del campo , mi tía con su impecable ropa blanca de enfermera del Hospital de Minas y mi primita , pequeña , dulce y rubia con las mejillas siempre rojas , parecía una campesina en miniatura.
Todos habían dejado sus tareas para recibirme.

Llegamos a la casa que estaba fuera del pueblo , un concierto de graznidos , relinchos , balidos , cacareos y trinos me recibieron.

La casa tenía forma de “U “ , en su centro había un añoso , arrugado y enorme ombú.

Todo era paz, armonía y el silencio le fue ganando el atardecer.

Mi tío me dice “ ¿a ver sobrino si en la Capital tienen atardeceres como estos?”

Y allí los cuatro con el enorme perro llamado “Desorden” debajo del centenario ombú, vimos el herido sol rojo manchando de sangre las negras y filosas piedras de las silenciosas sierras.

Los montes de eucaliptos se tiñeron de obscuro y dejaban escapar agudos silbidos provocados por el ululante viento que bajaba de las sierras . Me pareció que eran tristes almas errantes susurrando lastimeras súplicas pidiendo compasión al Creador.

Comenzaron para mí los desayunos del campo a las 5.30 de la mañana , tazones gigantes de café con leche , queso , dulce y hasta un churrasco , después de eso estábamos prontos para la diversión.

A parte de la diversión todos teníamos tareas para cumplir que beneficiaban a la casa , a la familia y por ende a nosotros mismos.

Pero siempre había ratos libres , entonces mi prima me llevó a conocer la casa del vecino más próximo.

Esta estaba como a un kilómetro de la nuestra…

Era una antigua construcción española , pronunciadas arcadas blancas , tejas españolas de barro cocidas .

La casa estaba rodeada de majestuosos álamos blancos , de cuidado césped ,pero no había ninguna flor , salvo alguna coqueta y silvestre margarita que atrevidamente se meneaban con el viento.

Dos guerreros de blanco mármol custodiaban la entrada , luchadores troyanos con escudo y lanza y con la mirada perdida en lontananza.

En medio del patio central , prolijo y ordenado , una enorme pajarera de hierro forjado y techo de quincha , pero extrañamente sin puertas , solo con aberturas para estar o irse .

Dentro de ella , una extensa gama de colores , plumas , formas en una alocada sinfonía de trinos.

Al igual que en una torre de Babel , diferentes cantos competían en caótico y ordenado desorden.

Desde el humilde gorrión nuestro ,solemne con su corbatita negra y sus saltitos nerviosos , pasando por los pájaros europeos como el triste y gris pájaro cucú ,con su dolido canto.

Un casal de pavo real , palomas , colibríes , ruiseñores y algunos pájaros que nunca había visto.

Todos ellos convivían en bulliciosa paz y armonía física y musical.

Con mi prima ( que se enoja aún hoy por decir su nombre , que es Solyluz.) estábamos hipnotizados,

Abrumados de tanta belleza , canto , color y sonidos nuevos para nuestros jóvenes oídos y ojos.

Entonces lo vi , erguido como una tacuara , de blanco pelo , musculoso aún , con el brazo derecho con tatuajes en una lengua que no reconocía , dos anclas y una bandera.

Supe después de que durante la segunda guerra mundial , un barco alemán fue atacado en aguas cercanas a Montevideo y este era marinero de ese barco y dejó a sus compañeros muertos en el Cementerio Central y en otro mares del mundo y se afincó aquí en La Mariscala.

Dicen que por sus sierras y su paisaje era lo más parecido a su pueblo en su tierra natal , Alemania , solo le faltaba la nieve.

Todos le decían “Gringo” , porque su nombre era impronunciable , tan lleno de consonantes y con nuestro idioma tan rico en vocales.

Alerta y sigiloso siempre, residuos de la guerra.

Alto , ojos grises , de andar cauteloso , como si alguien lo quisiera sorprender en cualquier momento y lugar.

Las primeras veces nos miró con recelo , luego con curiosidad y luego con aprobación.

Nosotros no éramos de esos niños que molestaban a sus pájaros.

Nosotros íbamos llenarnos los ojos de luz y color , de acrobacias y trinos , de plumas multicolores y melodías increíbles que solo se pueden escuchar en la niñez.

Pasaron tan rápido las vacaciones…tuve que volver a Montevideo.

Se acercaba lentamente entre el polvo del camino el ómnibus que me llevaría a casa , parecía un monstruo mitológico devorador de leguas , que me alejaría por un tiempo de las cosas que estaba aprendiendo a amar.

No más verde , no mas desayunos a las 5 de la mañana , no mas paz en el espíritu y sobre todo , no mas cantos , plumas y aves libres

Otra vez Montevideo , el hollín de fábricas y autos , las urgencias ,el desasosiego total.

Debería estudiar con tesón para acceder otra vez al pequeño rincón de La Mariscala.

Y así fue , el esfuerzo fue recompensado con el mejor premio.

Solo con la perspectiva mi espíritu ya estaba presagiando paz.

Una vez terminado el año de estudio , ya estaba pronto para viajar.

Otra vez me subí al viejo ómnibus de “ONDA” con su inseparable galgo pintado en su costado.

Luego de algunas horas llego otra vez y allí estaba ante mis ojos el pequeño pueblo.

Una ráfaga de viento me sopló a la cara una bocanada de polvo rojizo de las calles del pueblo y me dejó en la boca un gusto a tierra conocido.

Y otra vez estaban allí mis tíos, mi prima y el perro.

Nada había cambiado , solo mi prima que estaba más alta , mas rubia y más bonita.

El tiempo había pasado para todos , todo estaba igual pero cambiado , todo estaba en el mismo lugar pero en diferente forma y todos éramos los mismos pero distintos.

Fue cómplice el momento para que sin palabras , ni gestos enderezamos nuestro pasos a la casa de los pájaros como la llamábamos.

Y hacia allí salimos corriendo, con las ansias más urgentes que nuestros pasos.

El pasto alto se separaba en dos ante nuestros urgidos pasos como para ayudar a nuestra prisa.

Me sentí como un desconocido profeta abriendo las aguas del mar , solo que esta vez las aguas no eran azules , eran verdes intensas , tampoco yo era un profeta y no me seguía un pueblo , apenas los pasos agitados de mi prima que luchaba por seguirme.

Llegamos a la gran estancia y todo parecía igual. La magia andaba rondando.

Y allí estaba el viejo guerrero , detrás de una columna , con su mirada aún afilada , erguido con más años y mas canas.

Siempre pensé como se sentiría solo, lejos y derrotado.

El pasar de los años me enseñó que a veces acompañados por muchos nos sentimos solos y otras parece que tenemos todo lo necesario acompañados de una sola persona.

Descubrí que el estar lejos , nos hace valorar cosa que por estar tan cerca , no vemos , notamos su valor cuando es tarde y lo hemos perdido.

No por haber ganado salimos victoriosos y a veces los perdedores son más fuertes que nosotros , pues a pesar de ser derrotados se ponen de pie para enfrentarnos nuevamente.

Sumido en estos pensamientos y tomado de la pequeña mano de mi prima , llegamos a la gran pajarera.

Nuevos cantos, gorjeos y colores.

Algunos amigos ya no estaban , pero estaban sus renovados genes , luces nuevas , colores a estrenar en ese arco iris alado , sinfónica sin director.

Allí se aletargaron nuestros sentidos, ante tanta belleza multicolor.

El anciano guerrero nos reconoció y se retiró más tranquilo con su andar pausado y cansino.

Con el calor de Diciembre las tardes se hacían más perezosas , lerdas y hasta el viento estaba cansado.

El monte de eucaliptos nos susurraba una canción para dormir la siesta , los cardenales amarillos contribuían con el coro y en el hilo de agua que corría entre las piedras se veían pequeños peces en su mundo silencioso y acuático , huyendo cuando mi sombra o la de mi prima interrumpía el sosiego de su mundo mágico.

Mucha paz y armonía cimentaban nuestros criterios para un futuro no lejano.

Pero una tardecita de finales de Febrero , donde los álamos blancos deciden teñir sus hojas de ocre-rojizo que hace que parezcan estar heridas de muerte , sangrantes cuando caen y quedan a nuestros pies en las largas caminatas silenciosas que emprendíamos a diario…..sucedió algo.

Esa tardecita vimos a mi tía que nos hacía señas con un pañuelo blanco que era la señal para volver de inmediato y con mi tía de inmediato era eso…¡¡¡ya¡¡¡

Cuando llegamos la ambulancia del pueblo se llevaba un cuerpo.

Nuestro amigo “el gringo” había muerto.

Nos permitieron despedirnos y participar de la ceremonia de sepultura.

Al aire libre y en el rosedal , sobre caballetes de madera , un cajón de pino.

Sobre el ataúd cerrado , una bandera de Alemania Imperial cuidadosamente doblada y sobre ella un gorro de marinero con letras doradas con una inscripción ; “Graf Spee “.

Cinco medallas reposaban sobre el féretro , una por cada herida o cada pena , no lo sabremos jamás.

El último sonido de la ceremonia fue el de la tierra cayendo sobre el ataúd , recordatorio de nuestra efímera presencia aquí y de los valores que deberíamos dejar como legado.

Aún hoy recordar ese sonido nos estremece de pies a cabeza.

Yo le lancé una flor blanca y mi prima un montón de plumas multicolores.

En su testamento lega todo para alguien en Alemania y mi prima , nos pide busquemos la forma de que los pájaros se vayan.

Las aves se despidieron de él y del sol del atardecer con una sinfonía de extraños cantos , el gris pájaro cucú fue el último en ofrendar su responso.

No fue necesario buscar la forma de ahuyentar a los pájaros como fue el último deseo del “gringo “,

Ellos sabían que su viejo amigo no estaría más y solitos se alejaron de la gran pajarera.

Todos volaron hacia el poniente dejando u rastro de colores más imponente que la luz que dejaba el sol moribundo.

Ha pasado mucho tiempo desde aquello , mi tío ya no está entre nosotros , mi tía jubilada y con casi 75 abriles colabora con su experiencia en el Hospital de Minas.

Mi prima tiene dos hijas que también se ponen rojas como un tomate que son su orgullo y el mío.

El mejor recuerdo en el tiempo es el de mi prima llorando ante el cuerpo de aquél amigo silencioso y triste que nos hizo conocer la magia de la amistad sin palabras.

A veces evocamos esos días lejanos , perdidos en la bruma del tiempo y yo siempre llevo un atadito de plumas de muchos pájaros que recogí hace mucho tiempo para certificar que todo fue cierto.

Gracias a Dios están los recuerdos…. y a veces cuando respiro despacito en paz conmigo y con mi desasosegado espíritu , cierro muy fuerte los ojos y aguzando el oído , oigo mil pájaros cantando , mi mano recibe una pequeña manita tibia y unos ojos grises observándonos desde las sombras.

A veces la brisa me roza las mejillas , pero no es el viento , es el aleteo de mil pájaros que para los adultos son invisibles y son sus plumitas las que me buscan y ….ahí estoy yo.

Otra vez la magia anda rondando.

Gracias Dioses por este regalo para el espíritu de la memoria.

Fin

Cuento sugeridos para adolescentes y jóvenes.

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