La isla de los huesos

Íbamos todos los fines de semana a remar con el abuelo. Teníamos la suerte de que la casa de los abuelos, amplia, fresca y blanca, quedara a los pies del viejo río.

Aprendimos muy pequeños las artes de la pesca, la natación y el remo. En los fines de semana el abuelo y la abuela se ocuparon de enseñarnos. Éramos tres primos, dos varones mayores y yo, la regalona pequeña. No había un fin de semana que no fuéramos a divertirnos con los abuelos.

La única extraña sensación era saber que a la isla no podíamos ir. La veíamos tan cercana, tan verde, tan perfecta. Pero el abuelo lo había dicho y se puso serio, justo él que jamás dejaba de hacer bromas:

– A esa isla, nunca.

Fue lo único que nos dijo y supimos que no reconsideraría ese no. Así que pasaron los veranos, nosotros seguíamos mirando la isla desde el otro lado.

Y fue una tarde de verano, aburridos, cansados de comer mandarinas y pastelitos que le pedimos el bote al abuelo. Hacía mucho calor y por una vez, nos dio el bote y mil recomendaciones. Pero nos prestó el bote viejo, el más pesado, fue durísimo llegar al río.

Apenas empezaron mis primos a remar nos miramos y lo supimos, íbamos a la isla. Porque teníamos la inquietud de saber qué podía haber allí que el abuelo hacía años nos tenía prohibido pensar en visitarla.

Teníamos poco tiempo, la abuela había sido estricta con la hora. Además era domingo y nos vendrían a buscar temprano nuestros padres. Así que mis primos hicieron uso de lo bueno que resultaba el remo practicado con el abuelo remando rápidamente hacia la isla prohibida.

Y nada… cuando llegamos era igual a lo que veíamos del otro lado solo que más grande. Bajamos del bote y nos dijimos que en quince minutos podíamos recorrer un poco. Si nos quedaba mucho por conocer podíamos regresar otro día pero era importante estar en casa a tiempo, para no levantar sospechas y que nos volvieran a prestar el bote.

Recorrimos a pie una isla de arena y monte nativo, una isla solitaria, con pájaros en sus altos arbustos. Las chicharras tenían su fiesta anunciando el verano que no terminaba. Pero qué extraña sentíamos la isla, por el solo hecho que teníamos prohibido recorrerla, visitarla.

– Creo que ya estamos llegando a la mitad- anunció Joaquín mi primo mayor.

– ¿ Te parece?- le pregunté- Es muy pequeña…

– Y sí, no viste desde la orilla lo pequeña que es…- aseguró Juan mi primo más pequeño.

– Entonces,¿ nos volvemos verdad?- pregunté yo que tenía mucho miedo a que nunca más nos dejaran el bote libre.

– No, déjame un ratito más…- dijo Joaquín inclinado sobre un montículo de arena que estaba entre los arbustos.

– ¿ Qué será eso?- preguntó mi primo y comenzó a escarbar en la arena con el palo que llevaba en la mano.

Ni siquiera miramos porque en unos segundos Joaquín tenía un hueso en la mano.

– Es un hueso, asqueroso, soltá eso…- grité tapándome la cara.

– Es un hueso de algún animal muerto…-dijo Juan inclinándose sobre su hermano.

– Yo diría que no…yo creo que esto es un hueso humano…

Y nos desbandamos corriendo. Juan y yo íbamos en la delantera, ni mirábamos para atrás para ver si Joaquín nos seguía, solo corríamos y yo, gritaba

– ¡ Qué asco! ¡ Qué asco!

Llegamos al lado del bote quién sabe cómo. Nos subimos sin preguntar ni decir nada. Nos dimos cuenta en unos minutos que Joaquín no llegaba. Esperamos un rato que nos pareció eterno, a mí me ardían los deseos de regresar, la impresión de saber que había una persona enterrada en la isla me había dejado temblando y Juan no era mucho más valiente que yo. Cuando pasó un tiempo que creímos interminable, comenzamos a gritar el nombre de Joaquín, con miedo a que se hubiera perdido por la emoción o el susto.

El que llegó en el otro bote fue el abuelo. No nos dijo nada. Solo se arrimó y nos preguntó:

– ¿Hace rato que esperan?

– Mmmmm no sé…- contestamos los dos.

– Ahí están!- gritó Joaquín apareciendo- venía rojo por la emoción y corría, pero cuando vio el bote del abuelo se quedó serio.

Nos fuimos remando, a mí me llevó el abuelo que no dijo ni una palabra. Llegamos a la casa y la abuela nos esperaba con la ropa pronta para que nos bañáramos. Creo que hizo un par de gestos.

Pero no nos hablaron y eso, realmente nos preocupó.

Esa tarde terminó como siempre, con la llegada de nuestros padres, la torta que hacía la abuela, las corridas con los primos pequeños y el regreso a la ciudad.

El fin de semana siguiente nos preguntábamos si los abuelos nos dejarían volver. Pero el sábado como siempre aparecieron los dos a buscarnos.

Ese sábado fue increíble. El abuelo y la abuela nos contaron una historia que recién hoy, después de tantos años, creo que comprendo.

Nos contaron que en este país se sufrió una guerra cruel que terminó en los años ochenta y poco, con el retorno de la democracia.

No siempre estuvimos en democracia, dijo el abuelo, hubo una época muy cruel que ustedes por suerte no conocieron. Una época, agregó la abuela, donde no tuvimos democracia, no votamos más y los militares tomaron el gobierno.

– Eso quiere decir una dictadura.

– Eso mismo- me contestó el abuelo. Pero fue una dictadura muy cruel donde mucha gente joven perdió la vida, fue desaparecida, fue apresada, torturada y muchos…suponemos están en la isla.

– Pero por qué en la isla abuelo…

– Porque nosotros en ese tiempo vivíamos acá, no teníamos casa en la ciudad, sus padres eran pequeños, iban a la escuela rural. Y veíamos pasar camiones de los verdes, de noche, bajaban en botes e iban a la isla. Así una noche y otra, otra más. Nosotros nunca vimos pero suponíamos que había algo raro ahí.

– ¿Y esa gente está así enterrada ahí?

– Bueno, no están enterrados, están ahí abandonados, son gente que fue desaparecida.

– ¿Y sus familias?

– Se han cansado de buscar, nadie les dice nada…- dijo la abuela con infinita tristeza.

– Pero ahora,¿ les podemos avisar?- mi primo Joaquín estaba tan emocionado.

– Ahora podemos hacer una denuncia Joaquín, tal vez te crean que viste un hueso humano.

Y la hicimos, a la denuncia. Después volvimos a nuestras vidas y por un tiempo nos olvidamos de los huesos y la isla. Pero la vida nos golpeó con la muerte del abuelo en forma rápida, un ataque, algo así. A los tres meses se iba también la abuela. Fue terrible, cómo los perdimos.

El perderlos y ver sus tumbas en el cementerio cada semana nos hizo recordar la isla, los huesos.

Pasaron algunos años, Joaquín fue el primero en ser mayor de edad y escribió una nota al diario local. No se la publicaron.

Fuimos varias veces a ver qué pasaba con nuestra denuncia y supimos que la perdieron. Tal vez no es cierto. Por eso hoy estoy acá tan nerviosa, en la casa de campo de los abuelos, como antes cuando era pequeña. Estamos los tres primos juntos, hoy sí, tenemos un canal de televisión que nos hará una nota. Por fin le contaremos a la gente qué hay en la dichosa isla que nadie visita.

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Fin
Autora María Luisa De Francesco

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