Zidne descubre el mandil

Literatura infantil y juvenil, cuentos que no pasan de moda. Lecturas para niños de primaria. Historias para aprender leyendo.

Zidne descubre el mandil

Zidne descubre el mandil (Cuento II de la serie Zidne). Francisco Díaz, escritor español. Cuento infantil sobre un delantal mágico. Cuento sobre las aventuras de un niño.

Era una lluviosa mañana del frio invierno y Zidne había permanecido todo el día en su casa en el campo sin poder salir.

Su eterna curiosidad, no le permitía permanecer más tiempo encerrado y sin pensarlo, abrió la puerta y bajo el fuerte aguacero corrió hacía el viejo taller de su abuelo.

Era una construcción en desuso anexa a la cuadra. Zidne abrió la vieja puerta y sus ojos brillaron al ver su interior. Sus paredes eran de madera y en ellas colgaban todo tipo de herramientas. Todas ellas perfectamente ordenadas: escuadra, mazo, nivel, regla, plomada, punzón y otras muchas más.

Entre tantas herramientas asomaba un viejo y blanco mandil de piel de cabrito y ribeteado con una cinta celeste. Zidne se acercó al mandil y lo descolgó del gancho que lo sujetaba.

Su inagotable imaginación fue la causante de que, no habiendo transcurrido más de diez segundos, aquel mandil de su querido abuelo se encontrase atado por la larga cinta celeste a la altura de su cintura. Tenía forma de cuadrado en su parte inferior y terminaba con forma triangular por su parte superior; era como un cuadrado unido por uno de sus lados a un triángulo.

Dejó de llover y Zidne, ataviado con el mandil recién descubierto, fue al encuentro de su madre. Su madre, su nombre era Anul, al ver a su pequeño así vestido, no pudo reprimir que unas bellas lágrimas de amor corriesen por su mejilla al recordar a su padre, cuyo nombre era Los. Zidne preguntó a su madre, Anul, sobre el mandil y si era de su abuelo, quien años atrás había pasado a un lugar eterno y donde ya no responde.

Los ojos de Anul no dejaban de brillar y sus sentimientos, abrazados a miles de queridos recuerdos, le provocaban un estado de inmenso bienestar. Anul, con gran emoción, explicó a su pequeño hijo que su abuelo, Los, era maestro en el Arte Real y que con ese mandil siempre hacía trabajos de escultor. Zidne preguntó a su madre si podía usar el mandil para picar la piedra y su sabia madre le dijo que siendo muy difícil el arte de picapedrero, era más idóneo, dada su edad, que usase su mandil para el arte de pintar.

Anul le explicó que el mandil servía para trabajar y para que los hombres no tuviesen mancha alguna. Los primeros días que Zidne dedicó a la práctica del Arte fueron realmente horribles y su mandil siempre terminaba con todo tipo de manchas. Pero con el paso de los días, el mandil cada vez parecía más impoluto.

La destreza desarrollada por Zidne en su constante trabajo hacia que aquel querido mandil permaneciese más puro y del color de la nieve. No obstante, Zidne, a pesar de su corta edad, algunos días, tras discutir con su madre o con sus amigos o cuando tenía otros episodios similares, comenzó a percibir que esas tardes su trabajo se volvía más tosco y en su mandil afloraban nuevas manchas fruto de sus injustos actos e imperfecto trabajo.

Zidne, estando un día sentado en la mesa de la cocina, le comentó a su madre, Anul, que había notado que los días que estaba más nervioso o irritado, su trabajo, su pintura, era imperfecta y siempre su mandil se manchaba. Aquella frase provocó que Anul mirando hacia su interior, recordase una vieja conversación que tuvo con su padre Los y le dijo a Zidne, tu abuelo me comentó que a los 33 años de su trabajo nunca volvió a manchar su mandil y que desde entonces, sus trabajos fueron perfectos y a ello le ayudo ser justo con los demás.

Aquellas difíciles palabras de comprender para Zidne, fueron suficientes para que a partir de aquel día tratara de ser correcto con sus amigos y su familia, especialmente con su bella madre. Fruto de sus primeros pasos en el noble Arte que practicaba, sus trabajos fueron cada vez más perfectos y su mandil cada vez se asemejaba más al puro color de la nieve.

Tres años después, la solapa triangular del mandil ya no estaba alzada pues Ziden cada vez necesitaba menos protección para no tener manchas.

Con el transcurrir del tiempo, Zidne aprendió que aquel mandil lo había transformado y era como que sin tenerlo lo tuviese todo el día puesto, desde el mediodía hasta la media noche, y sus buenos comportamientos y sus justas actuaciones le aportaban paz interior.

De este modo, aprendió a distinguir el bien del mal, la tolerancia de la intolerancia, lo justo de lo injusto, lo perfecto de lo imperfecto y así pudo corregir sus profanos comportamientos y deseos que en tantas ocasiones rondan en torno a nuestro alrededor.

Anul siempre estuvo muyo orgullosa de que su hijo, Zidne, utilizase para trabajar el viejo mandil que utilizó su padre y maestro, Los. Aquel mandil ya nunca permaneció largo tiempo sin que Zidne lo llevase puesto cada vez que iba a trabajar.

En memoria de los picapedreros.

Fin

 

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