Tontiloco   

Cuentos fantásticos de gigantes

Tontiloco es uno de los cuentos fantásticos de gigantes para niños de todas las edades, escrito por Gisela de la Torre.

Cuando Tinene escuchaba tronar, se ponía las manos en su cabeza, cerraba los ojos y reía.

— ¿Para qué haces eso? —le preguntaban todos,  él le respondía que era para sujetar los truenos y no verlos.

—Los truenos no se pueden sujetar, ni tampoco se ven, son ruidos —le decían y el tonto gigante, abría aún más las manos y les mostraba, según su parecer, los truenos, diciendo que eran de color azul como el cielo.

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En las noches de luna, se quedaba ratos mirándola  y si una nube la escondía, afirmaba tenerla. La acunaba en sus brazos, después lleno de gozo, decía que se iba a dormir con ella.

Una vez, en que no hubo nubes y la luna se pasó toda  el tiempo resplandeciendo, la insultó porque no quiso venir a dormir con él, le lanzó piedras  pues pensó que se reía  de él y hasta quiso ir a buscarla para darle un escarmiento mayor, y en su empeño, se subió a un árbol. Una rama no soportó su peso y cayó al suelo.

Se dio tantos golpes que se pasó días enteros quejándose, sus lamentos se escucharon por donde quiera y todos decían a viva voz:

—Es Tinene, como es un  tontiloco, quiso ir a castigar a la luna.

Un día de invierno, se le ocurrió decir que buscaría al sol para calentar su casa. Como el cielo estaba encapotado y el astro rey no se dejó ver, se enfureció tanto que juró vengarse de él.

— ¿Cómo lo harás? —le preguntaron.

Tinene guardó silencio. Al día siguiente cuando  el sol se asomó, le lanzó muchas carcajadas y le dijo:

—Como sé que no te gusta mi risa, me reiré todo el día para que te fastidies.

Los demás gigantes se colocaron a su alrededor y rieron de su tonta risa. Llegó un momento en que se molestó y les pidió que se fueran. Nadie quiso obedecerle, entonces la emprendió a pescozones con ellos y los hizo marcharse.

— ¿Viste sol, como me hacen caso? ¿Por qué  tú no? Ven ahora mismo a calentar mi casa o seguiré riéndome de ti.

El sol  únicamente siguió alumbrando desde  las alturas.   Entonces sí que se puso de mal talante, trató de hallar un modo de castigarlo que no fuera la risa, buscó pedruscos  y se los lanzó. Como no pudo alcanzarlo se le ocurrió poner en práctica una manera de escarmentarlo aunque  no lo dijo.  El sol se ocultó  de repente en el horizonte.

—Eres un cobarde, te escondiste para librarte de mí. Mañana  en cuanto salgas, te mortificaré —y se sentó a esperar el día siguiente que se presentó  lluvioso y  lleno de nubes.

—Sol, te quieres pasar por listo, hablaste con las nubes y con la lluvia, yo también hablaré con ellas para que no te obedezcan. Oye lluvia, no le hagas caso. Nubes, retírense, quiero que el sol tenga que salir, entonces ya verán lo que les haré.

Siguió lloviendo a cántaros y las nubes negruzcas cubrían más el cielo. La emprendió con la lluvia y las nubes, y prometió  sancionarlas también.

Se pasaron tres días y tres noches lloviendo y al amanecer del cuarto día, Tinene estaba tan cansado, que dormido lo sorprendió el sol. Durmió tres días más hasta que finalmente despertó,  no obstante, de nuevo se nubló y otros tres días y tres noches llovió mientras que  el cielo también estuvo borrascoso.

— Lluvia y nubes,  a ustedes es a quien debiera castigar pues son las culpables —dijo de mal humor—.No obstante, tendré mucha paciencia. El sol tendrá que salir algún día y sabrá de lo que soy capaz.

Cuando al fin el cielo se despejó, el sol radiante como nunca se dejó ver, Tinene se quedó contemplándolo y se dijo: verdad que es lindo, no lo voy a castigar. Así lo sorprendió la noche.  Vio a la luna y se dijo: Es preciosa, tampoco le haré nada y en ese embeleso  se quedó dormido. Se despertó al otro día cuando un fuerte aguacero  golpeó el techo de su casa y pensó: la lluvia es necesaria para la vida, tampoco le voy a dar un escarmiento. Las nubes también lo son, sin ellas no habría lluvia, además forman tan hermosas y variadas figuras que bien vale la pena quedársele mirándolas; mucho menos  les voy a hacer nada.

Fue así como Tinene, al que todos lo llamaban también Tontiloco, por ser un tonto alocado, supo perdonar a la luna, al sol, a la lluvia y a las nubes.

Tontiloco es uno de los cuentos fantásticos de gigantes para niños de todas las edades, escrito por Gisela de la Torre.

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