MARCOS CUADROS, de vocación pintor – Capítulo IV

Cuentos infantiles sobre buenos sentimientos

MARCOS CUADROS, de vocación pintor es uno de los cuentos infantiles sobre buenos sentimientos de la escritora Liana Castello. Cuento a partir de nueve años.

Capítulo IV-El primer cuadro: El árbol de la plaza

Frente a la casa de Marcos se encontraba la plaza más grande del barrio. Era grande, muy grande, tenía juegos, calesita y mucha vegetación.

En el medio de ella, siempre había habido un gran árbol, redondo y frondoso. Con el paso del tiempo y un poco de descuido también, el árbol había comenzado a secarse.

Hoy era un árbol alto, delgado, seco, sin hojas y con muchas ramas todas finitas y quebradizas.

Marcos tenía una especial fascinación por ese árbol, le daba pena pensar en que había sido gordito y feliz y ahora se veía flaquito y triste. Muchas veces pensó qué podía hacer él para que el árbol volviera a ser lo que una vez había sido y lo regó con su regaderita cuantas veces pudo. Su mamá lo ayudaba y juntos le ponían fertilizante y agua fresquita, pero era evidente que eso no alcanzaba.

Marquitos decidió que ese árbol sería su primer cuadro y puso manos a la obra.

-Acuérdate pequeño-dijo Alvaro-primero debes dibujarlo, mídelo bien, fíjate las luces y las sombras. Debes observar con cuidado sus formas, no te apures, dibújalo con la mayor exactitud que puedas.

Entusiasmado, Marquitos fue esa tarde a la plaza con su lienzo, sus lápices y su mamá.

El niño se sentó frente al árbol triste y marchito y volvió a sentir una inmensa pena por él. Comenzó a observar cada detalle, todas las ramas, ese tronco largo y seco y su lápiz comenzó casi casi a dibujar solito.

Mientras dibujaba, se dio cuenta que dos hombres de traje, uno muy bajito y otro muy alto, se acercaban al árbol.

-Ve lo que le digo intendente-dijo el señor bajito- este árbol es la vergüenza de la plaza, por no decir del barrio, hay que arrancarlo de cuajo.

-¿Vergüenza? ¡Vergüenza es robar hombre no exagere! No entiendo por qué han dejado llegar este árbol a semejante estado. No lo han cuidado con esmero, de eso no hay duda.

-Disculpe señor Intendente, pero no estoy de acuerdo con usted, hemos dado la vida por este árbol y mire cómo nos ha pagado.

-¿La vida? ¿Qué dieron la vida por este árbol? Hágame el favor hombre, deje de exagerar de una vez ¿qué el árbol no le pagó? ¿Y cómo pretendía que le pague el pobre? ¡Hay que escuchar cada cosa!- se quejó el intendente que muchas ganas no tenía de estar en esa plaza y perder tiempo con un hombre que exageraba y un árbol que ni una hoja tenía.

El señor de baja estatura no dejaba de hablar, de criticar al árbol, de exagerar en cada uno de sus comentarios. Marquitos escuchaba atentamente cada una de sus palabras.

-Bueno hombre-dijo por fin el intendente- ¿Qué propone hacer usted? Yo no puedo sacar el árbol y dejar este espacio vacío.

-No por supuesto, tengo todo pensado. Pondremos un monumento. En todas las plazas hay un momento y en esta no.

-Un monumento ¿a quién si se puede saber?-preguntó intrigado el intendente.

-Bueno intendente, acá viene la sorpresa, un monumento a usted que tanto ha hecho por la ciudad-dijo el hombre bajito pensando que con semejante idea conseguiría un gran aumento de sueldo.

Al intendente lo sorprendió la idea y demás está decir que la misma lo entusiasmó mucho.

Marcos los miró y deseó con todo su corazón poder hacer algo más por ese árbol de lo que había intentado hacer hasta ahora.

Terminó su dibujo en lápiz y se lo mostró a su madre.

Julieta no sabía si alegrarse por lo bien que le había salido el dibujo a su pequeño o apenarse por la triste realidad de ese árbol.

-Es hermoso Marcos, ahora lo pintarás ¿verdad?-Preguntó Julieta, quien no concebía un dibujo sin color.

-Si mami ahora lo pinto.

Sin embargo, Marquitos prefirió seguir escuchando la conversación entre los dos hombres, que ponerse a pintar.

-Imagínese intendente, su fina estampa esculpida en mármol, si figura inmortalizada en el medio de esta plaza.

-No sé hombre, no sé-contestó el intendente-no digo que no lo merezca, pero arrancar un árbol, le digo la verdad no sé si es correcto.

-Piénselo intendente, si le parece mañana volvemos a esta misma hora y lo definimos, pero yo que usted me desharía de ese árbol que desluce la plaza.

Marcos escuchó todo lo que tenía que escuchar, se había hecho tarde, empezaba a oscurecer y volvió a casa junto con su madre.

Dedicó el resto de la tarde a ponerle color a ese árbol que tanto lo necesitaba.

Tomó su paleta de pintor y colocó todos los verdes posibles. Pinto cientos de hojas en distintas tonalidades y tamaños. Le dio pequeños y luminosos toques de amarillos, ocres y naranjas. La copa quedó redonda y esplendorosa, repleta de hojitas y en cada hoja un poco de vida, de esa vida que tanto necesitaba el deslucido árbol. Luego tomó los marrones y pintó el tronco y las ramas, también agregó un nido con pichones. Las luces y las sombras que le dio a ese nuevo árbol lo llenaron de vida y el corazón de Marcos se llenó de esperanza.

Terminó el cuadro y el árbol era el mismo pero distinto. Era lo que siempre debió ser, lo que nunca dejó de haber sido. Se fue a dormir feliz, pensando en que al día siguiente ese cuadro podría ser mucho más que eso.

Al día siguiente, por la tarde volvió a la plaza un rato antes de que llegaran el intendente y el latoso asistente. Colocó el cuadro apoyado en el tronco del árbol y se sentó a esperar.

Los dos hombres no tardaron en llegar. Les llamó la atención ver al pequeño sentadito en el césped y un cuadro apoyado en el tronco.

-A ver niño si te corres un poquito, tenemos que tomar unas medidas-dijo el asistente.

El intendente en cambio no miraba al niño, sino a su cuadro.

-¿Tú has pintado ese cuadro pequeño?-preguntó con interés.

-Si señor, es este árbol.

-Disculpa niño, tu cuadro es muy bonito pero has pintado otro árbol o estás muy mal de la vista-intervino el asistente.

El intendente no hizo caso de lo que decía el hombre y volvió a preguntar:

-¿Tú has pintado este cuadro?

-Si señor, es este árbol.

-Pero te darás cuenta que no son iguales, no lucen iguales-dijo el intendente.

-Este niño está equivocado intendente, no sabe lo que dice, no le preste atención, vayamos a lo nuestro-decía el asistente.

El intendente parecía no poder sacar la vista del cuadro pintado por Marquitos y menos aún parecía querer prestar atención a su compañero.

-¿Por qué dices que es el mismo árbol? – Preguntó intrigado.

-Porque lo es, así era antes y así puede volver a ser.

-Pues no lo será-dijo el hombre bajito-lamento decepcionarse pequeño pero en este lugar hemos decidido colocar un monumento a este hombre que tienes frente tuyo y que tanto ha hecho por esta ciudad.

El intendente continuaba mirando el cuadro, de pronto hizo una pregunta algo extraña.
Mirando fijo a su asistente le dijo:

-Dígame Gutiérrez ¿Qué he hecho yo por esta ciudad?

-¿Pero qué pregunta es esa señor? ¡Por favor!

-Dígame qué he hecho y sin exagerar-insistió.

-Bueno… este… En fin… a ver, a ver… ¡Ay esta memoria mía que no me ayuda!

-No es su memoria, no recuerda nada porque no he hecho nada ¿Por qué merecería entonces un monumento?

-Por favor señor qué modestia la suya, no me diga que un monumento suyo no luciría mucho mejor que este pobre árbol maltrecho.

Marquitos miraba a uno y a otro. Comenzó a gustarle la actitud del intendente, tomó el cuadro, se lo entregó y le dijo:

-Ahora sí puede hacer algo bueno por la ciudad, no arranque el árbol, dele una nueva oportunidad y verá como en un tiempo luce tal cual lo pinté.

-Tienes razón pequeño, me ocuparé de este árbol, no defraudaré tu pintura, puedes quedarte tranquilo ¿Me regalas el cuadro? Preguntó con una sonrisa.

-Es todo suyo señor, y recuerde que en un tiempo lucirán iguales.

El asistente no se resistía a perder su deseado aumento de sueldo.

-Lo felicito señor, creo que sería una excelente idea colocar una placa en el tronco del árbol con su nombre.

-Vamos tenemos mucho trabajo por hacer-dijo el intendente sin prestar mucha atención a las palabras de su ayudante.

-¿Plateada o dorada le gustaría la placa?-insistía el hombre bajito.

Marquitos los miraba alejarse y se recostó feliz en el tronco del árbol que muy pronto tendría una nueva vida, a los lejos se seguía escuchando la voz del latoso asistente:

-¿Letra gótica le parece?

Continuará…

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MARCOS CUADROS, de vocación pintor es uno de los cuentos infantiles sobre buenos sentimientos de la escritora Liana Castello. Cuento a partir de nueve años.

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Capítulo III

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