Las mariposas gemelas

Cuentos infantiles de mariposas

Las mariposas gemelas es uno de los bellos cuentos infantiles de mariposas escrito por Gisela de la Torre, sugerido para niños de todas las edades.

Aparecieron dos mariposas y comenzaron a revolotear alrededor de Margarita y su madre Esther, que paseaban por el jardín como todas las tardes. La niña notó que eran iguales: tenían una mancha dorada y ribetes plateados en los bordes de las alas. Con el tiempo percibieron que siempre volaban juntas y libaban de la misma flor.

Un atardecer, sentadas madre e hija en uno de los bancos del jardín, aparecieron las mariposas, se estacionaron en las manos de la niña y luego en el hombro de Esther, se mantuvieron quietas por un rato, después volaron a una flor de amapola.

Al día siguiente las encontraron en la misma flor, Margarita se les acercó y no se agitaron.

—Parece que están tristes, ¡si pudieran hablar! —le dijo a la madre cuando regresó a su lado.

Terminando de decir estas palabras, las mariposas se colocaron  en las manos de ambas mientras emitían un sonido parecido a un sollozo. Margarita y Esther al unísono dijeron:

— ¡Están gimiendo!

Pasaron semanas y las mariposas se mostraban siempre igual de tristes. Una tarde, un forastero regaló a Roberto, el padre de Margarita, una semilla de la cual nació un arbusto de abundantes y finas hojas. Meses después, brotó del arbolito un capullo, que resultó ser la flor más hermosa que la familia hubiera visto nacer en su jardín. Las mariposas, animadas, comenzaron a danzar alrededor de él, libaron el néctar de sus pétalos con avidez y adquirieron colores más llamativos.

Estando todos reunidos cerca del árbol, vieron como las mariposas lentamente se iban transformando hasta quedar convertidas en dos niñas de negros y largos cabellos. Ellas sonrieron con dulzura; Margarita y Esther, aunque no salían de su asombro, corrieron a abrazarlas. Todos estaban muy emocionados y las niñas comenzaron a hablar atropelladamente. Se llamaban Tamara y Leila. Una anciana muy fea, que en realidad no era nadie más que la bruja Tarila, había llegado a la casa donde vivían con sus padres, a quienes convirtió en dos montañas y a ellas en mariposas, la bruja les dijo que volverían a ser niñas si libaban de “la Flor de la Vida”, una abeja también debía libar de esa flor y transportar su néctar hasta las manos de ellas para echarlas en un árbol situado en la cima de dos montañas, pues, sólo recibiendo el néctar de sus manos, volverían sus padres a la normalidad.

Esther les preguntó si sabían el lugar donde se encontraban esas montañas, Tamara dijo:

—Solo recordamos que la anciana habló de unos árboles con hojas y frutos en forma de corazones color violeta, y de tesoros escondidos, pero no sabemos si tiene que ver con el lugar donde están nuestros padres, porque ella desapareció con burlas y carcajadas gritándonos que siempre seríamos mariposas. ¿Ustedes podrían ayudarnos a encontrarlos?

Roberto, el papá de Margarita, les aseguró que los buscaría.

—Quisiera saber si han volado mucho, antes de llegar a este jardín, o si se acuerdan de algo más —dijo.

—No volamos mucho, creo que no demoramos tanto en llegar aquí —se apresuró a responder Leila—. También la anciana dijo que nadie podría descubrirlas fácilmente, porque muchos árboles las ocultarían.

Esa noche, apenas Roberto durmió pensando en cómo ayudar a las niñas, se acordó del leñador Esteban, que conocía bien el bosque. Muy temprano en la mañana fue en su busca y le contó lo sucedido.

El leñador, luego de pensar un poco, dijo:

—Si no me hubieras contado esa historia, no diría lo que escuché hace un tiempo talando un árbol, cerca de aquel monte —y señaló el lugar—, sentí unos lamentos y me fui acercando para ver si había alguien lastimado, según me acercaba los gemidos eran más perceptibles, me encontré entonces con dos montañas y supe que de ahí provenían. Me quedé estupefacto y asustado, retrocedí inmediatamente. Nada dije porque me creerían loco. Otro día volví y escuché lo mismo, pero como no tenía explicación no fui más. Ahora comprendo, es el lamento de los padres de las niñas. Te llevaré allá.

Cuando llegaron al lugar, se escucharon los gemidos. Ambos regresaron con la noticia y todo fue alegría. Solo era necesario que la flor tuviera el néctar suficiente y que apareciera la abeja que libara de ella. A partir de ese momento la ansiedad aumentó en todos y más aún en las pequeñas.

Al fin vieron a una abeja libando que, al acercárseles las niñas, susurró: “Vamos a las montañas”. Tamara y Leila, muy contentas, avisaron a los demás y todos fueron hacia el bosque. Al llegar se escuchó una voz:

—Solamente las niñas y la abeja pueden pasar.

Roberto, extrañado, exclamó:

— ¿Cómo antes pudimos entrar Esteban y yo?

—Solo los dejé pasar para que confirmaran lo que querían saber —respondió la voz.

Las niñas comenzaron a apartar la maleza y, como movidas por una fuerza sobrenatural, escalaron las montañas hasta llegar a los árboles. Allí la abeja depositó el néctar de la Flor de la Vida en las manos de cada una de las niñas y estas lo regaron sobre los troncos de los árboles. Frente a ellas aparecieron la madre y el padre. Los cuatro, como para evitar que volvieran a separarlos, se abrazaron fuertemente. Luego fueron a buscar a quienes los habían ayudado. En ese instante vieron a una joven desconocida:

— ¿Y tú quién eres? —preguntó Leila

—Yo era la abeja. También fui encantada por esa bruja y debía libar de la Flor de la Vida para volver a la normalidad.

Mientras, en el jardín una flor cerraba sus pétalos y el espeso bosque iba desapareciendo. Margarita, Esther, Roberto y Esteban se acercaron hasta las niñas, sus padres y la joven que les explicó quien era. Todos emprendieron el regreso; al pasar por el árbol con hojas en forma de corazón color violeta, los frutos caían y sus ruidos parecían carcajadas,  y una voz gritaba: ¡El tesoro, el tesoro!

Las niñas dijeron al mismo tiempo:

— ¡Busquemos el tesoro!

Pero la madre y el padre, con mucha ternura las volvieron a abrazar y dijeron:

— ¡Ustedes son nuestro tesoro, no queremos más!

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Las mariposas gemelas es uno de los bellos cuentos infantiles de mariposas escrito por Gisela de la Torre, sugerido para niños de todas las edades.

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