Las frutas de mburucuyá

Las frutas de mburucuyá

Las frutas de mburucuyá

Las frutas de mburucuyá. Elsa Serur de Osman, escritora argentina. Cuento infantil. Ilustración: Yaqui Melhem.

Era la hora de la siesta y los padres de Ramón descansaban. Él no se podía dormir y tenía ganas de escaparse un ratito pero su mamá siempre le decía que no debía salir solito al patio y menos a la siesta para que el señor sol no le hiciera daño. Además, debía cuidase mucho de la solapa, que a esa hora se paseaba por los jardines soleados, para atrapar a los chicos desobedientes que se escapaban sin permiso.

Ramón nunca la había visto. Sus amigos lo asustaban contándole cosas que le daban mucho miedo. Le decían que la solapa era una vieja mala, muy mala, pero él nunca la había visto, porque sus papás no lo dejaban salir a esa hora al patio. Al patio grande como el cielo, sin alambrado y cubierto de plantas y nidos de pájaros, que a él le gustaba mirar cuando su papá lo levantaba y podía asomarse sobre el nido para ver los huevos o los pichoncitos. Pío, pío.

Se sentó en la cama y comenzó a mirar por la ventana. ¡Qué lindo estaba afuera! El sol se reflejaba en un charco de agua donde se bañaban los patos que nadaban felices a esa hora de calor. Ramón los miraba embelesado hasta que no pudo más y, casi sin darse cuenta, salió caminando.

Vio reflejado algo redondo y muy rojo, justo sobre la tortuga Felipa, que también estaba disfrutando del fresco. ¿Qué era eso?, iba a llamar a su padre para preguntarle, cuando vio prendidas de un árbol un montón de pelotitas rojas que colgaban de una enredadera. Mientras que un picaflor sobrevolaba sobre una de las flores que era redonda y azul. Quiso atraparlo y se levantó corriendo, pero el animalito desapareció rápidamente.

Ramoncito se quedó muy quietito, luego alargó su mano y trató de sacar uno de los redondeles rojos. Estaba tan tierno que cuando lo apretó se le rompió entre los dedos y un montón de semillitas negras se le resbalaron y no podía sostenerlas…Quedó asombrado, y sin poder contenerse se la acercó a los labios y sintió un sabor agradable, tan agradable que se lo comió. Era muy rico, entonces cortó otra y otra, y comió tantas pelotitas rojas hasta que no quiso más.

Y se sentó abajo del árbol por donde trepaba la enredadera. ¡Qué ricas eran! Muy quieto siguió mirándolas hasta que se quedó dormido. Y Ramón se durmió, se durmió tanto que cuando su mamá se despertó y no lo encontró en la cama, comenzó a llamarlo y llamarlo: ¡Ramón, Ramón! Pero él no oía nada, estaba profundamente dormido. Entonces su mamá salió al patio y lo vio. Se asustó mucho porque el nene estaba dormido debajo del señor sol, que a esa hora quemaba mucho.

-¡Cómo te has dormido hijito! –Dijo su mamá-. ¡No sabés que el sol a esta hora es malo y enferma a los chiquitos que salen al patio y se quedan dormidos!

Quiso despertarlo, pero no pudo. ¡Ramón, Ramón!, repetía, pero el gurisito no se despertaba. Entonces lo tomó en sus brazos, lo besó mucho, mucho y lo acostó en la cama. La pobre madre llamó desesperada a su Juan, que vino rápido. Tenía el cuerpo muy caliente y notaron que sus manos y su boca estaban manchadas de rojo. ¡Ha comido mburucuyá!, dijo el padre. Sí –contestó la madre-, pero no son venenosos.

– ¿Qué vamos a hacer ahora? No sabemos cuánto ha comido, ¡y calientes! Llamaremos al médico, yo voy enseguida dijo el padre. Salió al patio, montó su tordillo y salió al trote. Cuando llegó al pueblo se dirigió al consultorio del doctor que lo atendió muy bien.

El doctor Marcelo llamó a su señora Patricia, que también era doctora, y juntos fueron a la casa de Ramón. Cuando llegaron, comenzaron a revisarlo, pero el nene no despertaba. Así estuvieron toda la tarde sin que lograran reanimarlo. Los abuelitos de Ramón, que habían ido a visitarlo, estaban muy preocupados. Los dos viejitos caminaban nerviosos.

¡Qué desgracia!, para colmo había empezado a llover torrencialmente. Relámpagos y truenos amenazaban con seguir toda la noche. Los doctores, sentados junto a la camita, trataban de reanimarlo, cuando de pronto escucharon una conversación que venía de la cocina –la pared era muy finita, porque era de madera y se escuchaba todo clarito:

-¡Voy a matarlos a los dos!,- decía el abuelo, y parecía enojado.

-¡No, no quiero matarlos!, -respondía la abuela.

-¡Sí, te digo que los voy a matar, dejáme hacer las cosas a mi, yo sé lo que hago!

-¡No, no, no sabes, cómo los vas a matar!- Los doctores oyeron la conversación y se miraron asustados. ¡Los quieren matar a ellos! Pero, ¿por qué? si estaban haciendo todo lo posible por salvar al nene. La tormenta continuaba. Cada vez llovía más fuerte, con tanto barro no se podrían ir, pero tampoco querían dejar al nene solo.

Debían esperar hasta que Ramón despertara. Cerca de la medianoche, oyeron ruidos que venían de afuera. ¿Qué pasaba?, eran los abuelos otra vez.

– ¡¡¡Te dije que los voy a matar a los dos!!!

-¡Te pido que no los mates, por favor, haceme caso!, -rogaba la anciana.

Después, los ruidos se confundieron con la lluvia y ya no oyeron más nada. Ramón abrió los ojos, y mirando a su madre dijo:

– ¡“Mamá, mamita, vos estás ahora conmigo! Recién estaba con el Ángel de la guarda. Se sentó y me acariciaba la cabeza. Es un ángel muy bueno, tiene rulos negros como los tuyos”. Había estado soñando.

-Ahora que está bien, nosotros vamos a irnos, dijo la doctora.

-No, es imposible, dijo el papá, ha llovido tanto que los campos están inundados. Mejor se quedan hasta mañana, tempranito ato el carro y los llevo.-

Pero la doctora estaba muy asustada por lo que les había oído decir a los abuelos y se quería ir enseguida. No, quédense un rato más, dijo la mamá, ya casi está amaneciendo. Cuando termine de aclarar, Juan los lleva en el carro. Además, los abuelos les están preparando un rico almuerzo.

El abuelo quería matar dos pollos, pero la abuela no quiere que maten ningún animalito, ella los quiere mucho y los cuida para que nadie les haga daño. Por eso no lo dejó al abuelo matar los pollitos. Pero les hizo unas ricas empanadas de verduras para agasajarlos. El doctor Marcelo y la doctora Patricia se miraron felices y acercándose a Ramoncito, lo besaron mucho.

Se había salvado, gracias a Dios ¡Pero qué susto!

Fin

 

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