La ventana. Cuentos para adolescentes

Cuentos para adolescentes

La ventana. Cuentos para adolescentes

Cuentos para adolescentes. Literatura juvenil.

 

Él sentó al pequeño Elías junto a la señora regordeta con manchas en las manos. Subió los dos pies a la silla que tenía delante y sus oídos fueron sus ojos. Había aprendido fielmente los modos de disertar su mente de lugares indeseados sin mover su cuerpo. Jerónimo lo había ayudado a comenzar con esta noble práctica. Lo inició en las técnicas mahometanas y la teología tibetana. Con ellas descubrió los primeros axiomas de vida ordenada y llegó a experimentar los primeros centímetros de levitación.

Buenas prácticas y un estricto régimen lo sostuvo en el privilegiado podio de los aprendices avanzados. Doce horas de ceremonia religiosa individual (en plena soledad) era la actividad que desarrollaba con gran deleite en el jardín central del monasterio.

En escasos tres años, su mojo se fortaleció amplio y puro. Había quienes decían ver un aura resplandeciente y blanquecina en él. Inmaculada. Otros lo llamaban El Elegido o Verdadero Mesías y profetizaban en torno a sus prácticas. Por su parte, la modestia era su atributo más destacado.

Pasados los primeros desmanes y cuando la fiesta profética se había apaciguado, logró sostener su voto de soledad austera en el jardín central. En éste, se elevó dos pisos y medio en el aire con el sólo apoyo del infinito mundo de su mente. Acompañado sólo de pureza. Su limpio corazón.

En aquella ocasión Fabián lo saludó y le convidó un té desde la ventana del despacho presidencial. Ya que por esos días la banca del rectorado permanecía vacía, ocupada virtualmente por el Consejo Monacal.

Tomaba sólo té cultivado en el monasterio. Quizá podría llegar a probar cacao o café (ambos molidos y lavados en agua caliente) en alguna especial y única ocasión. Porque nunca estaba ajeno a nuevas experiencias.

Aunque si bien era correcto estar abierto a lo desconocido (que es la aptitud del hombre sabio), lo referido al deleite de los sentidos contenía un riesgo, característica pueril que muchos osaban resistir.

Hoy era su día de arriesgar.

Tomó el té en los aires y dio un largo sorbo. Volando redescubrió su calor.

Vio a su madre tendiendo sabanas en las interminables camas de la casa donde solían vivir entrada su infancia. Recordó el aroma de los granos de café que aquella vecina risueña le enseñaba cada vez que se disponía a prepararle un café con leche las tardes que cuidaba de él. Y ella. Sintió su abrazo como si nunca se hubiera separado de las yemas de sus jóvenes dedos.

Diez años. Dos días. Doce minutos. Diez segundos.

Cayó al instante. Se desplomó junto al tercer banco del jardín monacal. Cuando despertó, conoció por primera vez el techo sucio de la sala de auxilios. Era amarillento y las comisuras de las losas parecían ríos de brea.

Aprovechó. Caminó a la puerta. Tiró su hábito blanco y desnudo salió al mundo. Salió a buscarlo a él.

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Hoy, diez años después, le agradece. A Fabián, su extraño té y a la ventana que se interpuso entre ellos. Que lo rescató de una vida ciega. Le impedía ver que su verdadero propósito era él, su última razón de vivir era acompañarlo y educarlo en las verdades que había visto. Saber que lo único que deseaba era estar con su hijo Elías.

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