El diablo

Cuentos sobre el diablo

El diablo es uno de los cuentos sobre el diablo escrito por Raquel Eugenia Roldán de la Fuente, sugerido para niños y adolescentes. 

“¡Mira, Mateo, que un día se te va a aparecer el diablo”, le decía mi tatarabuela a su marido, mi tatarabuelo. Él era muy borracho y parrandero y ella se lo advirtió muchas veces; no creo que pensara que realmente el chamuco se lo pudiera llevar, más bien era sólo para espantarlo y que dejara la mala vida. El diablo no se lo llevó, claro, pero por lo menos un buen susto sí se llevó mi tatarabuelo.
Era un pueblo chico, con su plaza de armas, su parroquia y sus calles empedradas. No tenía alumbrado, pues en ese entonces, a finales del siglo diecinueve o principios del veinte, eso apenas empezaba a llegar a algunas ciudades grandes, por lo que las calles apenas estaban iluminadas por la luz de las velas que salía por las ventanas de las casas, o sea casi nada.
Por esa circunstancia los habitantes de ese pueblo, como los de muchos otros, se acostaban temprano, un poco apenas después del anochecer, y en cambio madrugaban para ir al campo a realizar sus labores, o a sus talleres los carpinteros, herreros y zapateros. Pero el tatarabuelo Mateo, que entonces era joven, junto con algunos otros hombres, sus amigos, terminadas sus labores no se retiraban siempre a su casa, sino que se reunían en la cantina del pueblo para departir: platicaban –eso le decía a su esposa–, y también jugaban a las cartas y tomaban. No podían darse el lujo de beber vino, en un pueblo como ése lo que tomaban era pulque y, algunas veces, cerveza. Y después de pasar toda la tarde bebiendo pulque salían a veces un poco mareados, y en otras ocasiones definitivamente borrachos.
Salió Mateo de la cantina una noche de tormenta. Como era época de lluvias resultaban frecuentes los aguaceros como aquél; esa noche la tormenta azotaba al pueblo y sus alrededores con especial furia. Un relámpago tras otro caían en los montes y en los bosques de los alrededores y la lluvia, más rápido que pronto, empapó al pobre Mateo, que iba haciendo eses sin tener la más mínima idea de lo que estaba a punto de ocurrirle.
Caminaba por una calle un poco empinada y le faltaban varias cuadras para llegar a su casa cuando, a la luz de uno de los muchos relámpagos, pudo ver, precisamente en la esquina a donde él tenía que llegar, una cabeza con cuernos. Primero lo atribuyó a la borrachera, pero al siguiente relámpago continuaba ahí. Se detuvo unos momentos, tambaleándose bajo los efectos del pulque y escurriendo agua por todas partes, y continuó caminando. Seguramente no era nada, quizá su imaginación que le jugaba una mala pasada, pensó.
Un tercer relámpago… Ahí seguía la cabeza del diablo, que lo esperaba para llevárselo por vicioso y mal marido, pensó. “¡Bueno, pos’que obre Dios! –pensó en medio de su aturdimiento– ¡Lo que ha de ser, que sea! ¡Ya ves, Luchita, tenías razón!”
Faltaban aún unas tres calles para llegar a la esquina de su casa, donde el diablo ya lo esperaba. Pensó no seguir adelante, pero con el diablo no se puede. Lo buscaría en otro lado, en cualquier momento. Además ¿qué dirían en el pueblo quienes se enteraran de que había tenido miedo? “¡No, pos…! ¡Ni mo’de rajarme…!” Y allá siguió, derecho hacia su destino. Merecido se lo tenía, volvió a pensar, por borracho.
Recorrió las calles que lo separaban de allí, y a la luz de cada relámpago de los muchos que cayeron esa noche podía ver ahí, casi frente a él y cada vez más cerca, la cabeza con cuernos. El diablo se estaría retorciendo las manos, seguramente, de gusto porque se iba a llevar a alguno a sus dominios.
Cuando llegó a donde ya debía estar el diablo le temblaban las piernas. En ese preciso instante cayó un rayo, pero no lejos como los anteriores, sino en el pararrayos del campanario de la iglesia, a unos cuantos metros de la casa de mi tatarabuelo. “¡Brooooooom!”, él no supo si el bramido fue del trueno nada más o también un rugido del mismísimo demonio, y pudo ver su horrible cabeza justo encima de él, con sus brillantes ojos rojos mirándolo.
No supo de sí, y tampoco supo por cuánto tiempo perdió la noción de todo. Cuando despertó, al amanecer, quedaba como resabio de la tormenta anterior un chipi-chipi. Estaba empapado, se le habían salido los huaraches, que estaban a medio metro de ahí semienterrados en el lodo, y junto a él, amarrado a una estaca, un toro de grandes cuernos pastaba tranquilamente en las hierbas y mordisqueaba el sombrero de palma de mi tatarabuelo, afuera de su casa.

Fin

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El diablo es uno de los cuentos sobre el diablo escrito por Raquel Eugenia Roldán de la Fuente, sugerido para niños y adolescentes. 

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