Dos zapatos

Dos zapatos. Marta Bendomir, escritora argentina. Cuento infantil. Los zapatos de Dani estaban cansados de discutir. Y es que nunca se podían poner de acuerdo. Andaban y desandaban el mismo camino miles de veces. El zapato derecho era serio y formal, le gustaba ir a la escuela y a las clases de inglés. Estaba siempre […]

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Dos zapatos. Marta Bendomir, escritora argentina. Cuento infantil.

Los zapatos de Dani estaban cansados de discutir. Y es que nunca se podían poner de acuerdo. Andaban y desandaban el mismo camino miles de veces. El zapato derecho era serio y formal, le gustaba ir a la escuela y a las clases de inglés. Estaba siempre lustrado.

Tanto que uno se podía mirar en él como en un espejo. El izquierdo, en cambio, era aventurero. Le gustaban las plazas, los toboganes y los patios para correr o patear lo que fuera: pelotas, latitas, papeles abollados. Uno andaba siempre atento al camino, el otro se tropezaba todo el tiempo.

La mamá de Dani no entendía por qué el zapato izquierdo estaba siempre tan destrozado y a veces pensaba en tirar ese par y comprar otro, pero claro, al rato miraba al zapato derecho, tan lindo y bien cuidado que le daba lástima y decía:

- Y bueno, no están tan mal. Pueden aguantar un tiempo más.

En esos momentos el zapato derecho se ponía orgulloso y miraba a su compañero con desprecio:

- ¿Te das cuentas de que si no fuera por mi ya hubiéramos ido a parar a la basura? ¡Irresponsable!

- Por supuesto, le decía el izquierdo, estaríamos lindos, lustrados y muertos del aburrimiento.

El que más problemas tenía con todo esto era Dani. Se ponía los zapatos para ir a la escuela y ya antes de llegar a la puerta sentía como el pie izquierdo se iba derecho a buscar la pelota de fútbol que asomaba detrás del sillón.

- ¡Dani! , lo retaba el papá. ¿Qué estás haciendo? ¿No ves que llegamos tarde a la escuela?

- ¡Es mi zapato papá, no soy yo!

- ¡Esas tenemos! Vamos que no puedo estar perdiendo el tiempo. No puedo llegar tarde a trabajar.

A veces las cosas eran mucho peor porque el zapato izquierdo se escondía y no quería salir por nada del mundo.

- ¿Otra vez se te perdió el zapato izquierdo? ¿No será que, como siempre, te olvidaste de lustrarlo y no me lo querés mostrar? Andá a buscar ese zapato y dejá de hacer lío.

Entonces Dani se tiraba debajo de la cama y empezaba a buscarlo mientras el pelo se le llenaba de pelusa y se le arrugaba todo el pantalón. Cuando al final lo encontraba estaba todo desprolijo y desarreglado.

-¡Qué desastre!, le decía la mamá, mientras intentaba fregar el zapato con el trapo de la cocina que tenía en la mano. Así no podés ir a ningún lado, vení que te pongo presentable.

El zapato derecho se ponía como loco porque sabía que estaban llegando tarde y tironeaba para la puerta.

- Dani quedate quieto que así no te puedo peinar.

Pero por más que Dani se esforzaba, el zapato derecho estaba demasiado enojado para obedecer y seguía tirando hasta que la mamá, cansada de moverse de un lado para el otro le decía:

- Andá así ahora, ya vamos a hablar cuando vuelvas. Pero esos no eran los únicos problemas. En el recreo los papeles se invertían. Por suerte nadie podía escuchar a los zapatos discutir.

- Ni loco voy a jugar al fútbol. No escuchaste lo que dijo la mamá que se “rompen” los zapatos, que no son para andar pateando pelotas, que para eso están las zapatillas. Nosotros somos para la escuela.

- ¿Y dónde estamos?, le respondía el izquierdo. En la escuela, ¿o no estamos en la escuela?

Hasta que al final, Dani, que tenía muchas ganas de correr, salía a jugar y al rato ¡páfate, al suelo!

- ¡Pataduraaaa! Le gritaban los compañeros. Recién entrás y ya te caes.

Al final del día, después de haberse peleado, tironeado, pisoteado y desatado los cordones, estaban tan ofendidos el uno con el otro, que no querían ni verse. Entonces empezaban a caminar con las puntas para afuera. “Dani camina diez y diez”, “Dani camina diez y diez”, le cantaban los chicos del barrio cuando lo veían volver de la escuela.

Una mañana Dani tomó una decisión: hasta que sus zapatos no se pusieran de acuerdo él no se los iba a poner. Enseguida los papás se dieron cuenta de que andaba descalzo. No se quería poner los zapatos y no había manera de convencerlo.

- Pero Dani…te vas a lastimar, le decía la mamá.

- Vas a tener frío y te vas a enfermar, le decía el papá.

Pero claro, los que más preocupados estaban eran los zapatos. El derecho andaba tan triste que se olvidaba de lavarse la cara. El izquierdo estaba tan aburrido que había empezado a sacarse lustre con una franela vieja. Cuando Dani los fue a ver después de unos días, no podía saber cuál era cuál y se los puso al revés.

Los zapatos estaban tan confundidos que no sabían qué hacer y por primera vez Dani se dio cuenta de que sus zapatos le obedecían. Los llevó a la escuela, al acto del 25 de Mayo, en donde se quedaron requietitos y después a la plaza a andar en bicicleta y a jugar a la mancha.

Le quedaban un poco incómodos, pero estaba tan contento de no escucharlos discutir que no le importaba. A la noche, los pudo lustrar bien parejitos y los dejó listos para el día siguiente, feliz de haber tenido un día en paz.

- Hoy fue un día muy raro, le dijo el zapato izquierdo al derecho – muy bajito para que nadie los escuchara-, no tuve ganas de salir corriendo, ni de andar saltando, porque tenía que estar atento a dar el primer paso todo el tiempo. Las calles están todas rotas y las veredas llenas de barro. Si no me fijaba en el semáforo, los autos nos pisaban. Creo que te entiendo un poco más.

El zapato derecho, que se había pasado todo el día admirando el paisaje, mirando los colores de los papelitos del suelo y jugando a patear chicles y latitas, se puso un poco colorado al decir:

- Pero vos tenías razón. Estaba tan preocupado que me perdía todas las cosas lindas y divertidas del camino.

Dani los escuchó hablar pero se hizo el distraído, apagó la luz, se tapó hasta la cabeza con el acolchado para que los zapatos no lo vieran sonreír de satisfacción. Había ganado él solo su primera batalla contra las dificultades cotidianas. Y estaba bien, porque él ya no era un nene de jardín de infantes, acababa de empezar el primer grado.

Fin


Dos zapatos

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