Adrián y el Velero de Papel

Adrián y el Velero de Papel

Adrián y el Velero de Papel

Adrián y el Velero de Papel. Lazurus Kilyx, escritor argentino. Cuento infantil de aventuras.

 

Cuenta la historia.

En un pequeño pueblito de la costa, de casitas bajitas, con techos de tejas rojas.

Vivía un niño de cinco años de edad, Adrián se llamaba.

De dorados y enrulado cabellos.

Un niño muy soñador, como todos los chicos de su edad, soñaba despierto en su casa, en el colegio, en el colectivo.

Arriba de la bici, en todos lados.

Siempre distraído, debido a su gran imaginación, pero con un gran corazón aventurero.

Una tarde escuchó a uno de sus tíos, Raúl se llamaba, contaba, una leyenda sobre el pueblo.

Con los ojos redondos y vivaces escuchaba aquel relato en el que su tío, con gran convicción, contaba que en el centro del mar, en la profundidad, se encuentra un tesoro perdido y sólo los hombres de gran corazón, de bondad infinita y almas puras pueden llegar a él.

A partir de ese día el niño, quedó tan fascinado con la leyenda, que decidió armar un velero para ir en busca del tesoro en el centro del mar.

Una embarcación hecha por sus propias manos, un velero, el suyo, de cartón y de papel.

Y así comenzó, todas las tardes, en el “centro de operaciones”, como llamaba ahora a la casita en el árbol donde tantas veces imaginó aventuras.

Pasaba horas dibujando y diseñando un velero en papel con sus crayones.

Sus padres lo veían trabajar con plena concentración, y eso lo sabían muy bien porque cuando Adrián se proponía trabajar con esmero siempre esbozaba su lengua de costado, era muy gracioso para ellos verlo en esa situación, dibujando y dibujando con sus crayones, ignorando la tremenda misión que llevaría a cabo en los próximos días.

Pidió materiales en todos lados.

Iba a los negocios del pueblo pidiendo cajas de cartón que no usasen.

A las librerías pidiendo papel.

Tocaba las puertas de las casas de los vecinos.

Recorrió todo el pueblo.

Los vecinos al verlo, lo ayudaban siempre con una sonrisa.

Lo querían mucho, porque siempre era muy cordial.

Y siempre dialogaba con la gente.

En el colegio, sufrió la burla de sus compañeros y amigos que le decían que era imposible que un velero de papel y cartón flotara en el mar, en el recreo lo señalaban y todos se reían, en clase, recibía bollos de papeles por la cabeza, todos absolutamente todos no creían en el.

En los recreos siempre estaba a un costado del patio.

Ya que nadie quería jugar con el.

De todos modos siguió con su labor.

Para trabajar había montado una carpa con media sombra en el patio de su casa y armó con paciencia el velero para la expedición.

Estaba todo listo pero pronto se dio cuenta de que algo pasaba.

Había olvidado algo importante.

Si iba a ir a la profundidad del mar en busca del tesoro necesitaría un traje para poder bucear.

Se sintió muy mal, ya estaba todo listo pero como lograría bajar por el tesoro, construir el velero fue tarea ardua pero lo logró, ahora un traje de buceo ya era otra cosa.

Sentado en el frente de su casa con lágrimas en sus ojitos y la bici a su lado vio aproximarse a una señora en bicicleta; paró justo frente a él, bajó con una bolsa en las manos y le dijo:

-Me he enterado que quieres construir un velero en busca del tesoro perdido.

-Con decepción asintió con la cabeza pero sus ojos no dejaban de mirar el césped.

-Toma le dijo la señora desconocida.

-Toma – repitió – no tengas miedo, me llamo Doña Eulasia.

-Con esto vas a poder ver el tesoro.

Adrián tomó la bolsa y sus ojitos tristes destellaron de alegría, no lo podía creer, era un traje de buceo con escafandra y todo.

Se seco las lágrimas con su buzo.

Eulasia contemplando la felicidad en la cara de ese pequeñito le comentó

Vivo a unas cuadras de aquí, muchos no me conocen, pero escucho muchas cosas que el viento trae a mí, como suspiros y anhelos y tristezas.

Antes que termine la última palabra, Adrián le dio un fuerte abrazo y la besó en la mejilla.

Muchas gracias de verdad dijo el niño.

Corriendo fue hasta la carpa.

Estaba feliz, tenía todo y esa misma noche emprendería su viaje.

Sus papás dormían, él no, el reloj marcaba las 11 de la noche.

En el patio medía con la vista los 20 metros que lo separaban de la costa.

Consiguió amarrarles una soga a dos perros, los de su vecino, los que tirarían del velero a cambio de un gran pedazo de carne que tomó de la heladera.

Mientras pasaba miro hacia la casa de Doña Eulasia.

Vio una sombra en la ventana, saludo y siguió camino al mar.

Todo salio según lo planeado, 11:20 estaba subiendo al velero, que flotó y muy bien.

Pasó un largo rato contemplando la calma del mar y el mundo de estrellas que brillaba.

Un inmenso telón oscuro y las estrellas colgadas sobre el.

Era hermoso el paisaje, con la luz iluminando el océano oscuro.

Silencio profundo silencio, salvo el ruido de las olas.

De pronto se nubló, sin saberlo estaba adentrándose en la tormenta.

Las olas comenzaron a golpear contra la pequeña embarcación cada vez con más fuerza.

Adrián se sostenía con sus manitos al velero mientras pensaba que no estaba preparado para esto, y tuvo mucho miedo.

El viento soplaba y soplaba, tanto que vio volar su sombrero de marinero perdiéndose en la distancia.

Pero en ese momento las palabras de su tío, aquel por el cuál había emprendido esta aventura, sonaron en sus oídos.

“En el centro del mar, en la profundidad, se encuentra un tesoro perdido y sólo los hombres de gran corazón, de bondad infinita y almas puras pueden llegar a él”.

Estas palabras y recordar la sonrisa de Doña Eulasia lo tranquilizaron, decidiendo seguir.

Subiendo las enormes olas, sin dudar un segundo, siguió adelante.

La tormenta pasó y luego de un rato, a poco distancia, observó una luz azul que provenía del fondo del mar.

Cuando estuvo arriba de la misma, con el corazón galopante de emoción, se puso el traje con la escafandra y se tiró.

La luz era muy fuerte y no le permitía ver muy bien.

Pero él no tuvo miedo y siguió nadando hacia ella.

El resplandor que en un principio lo cegaba se disipaba cada vez que él se acercaba hasta que desapareció y en su lugar, Adrián encontró un cofre antiguo, como los que veía en las películas de piratas.

Intentó abrirlo pero se dio cuenta que no podía, claro estaba con llave.

Nuevamente la decepción, pensó en todo lo hecho, el viaje, la tormenta, las burlas de sus compañeros, todo para nada, no podría demostrar que existía el tesoro.

Pero recordó la frase de Doña Eulasia:

“Con esto vas a poder ver el tesoro”.

– Buscó en el bolsillo y grande fue su sorpresa, una llave, probó y el cofre se abrió.

Encontró muchísimos colgantes espejados de formas extrañas.

De época de piratas, pensó.

Cuando miró atento, la piedra de un de ellos en el que se reflejaba su rostro, hasta le pareció conocido, pero no, imposible, si están en el fondo del mar, se contestó.

Tomó uno que tenía una nota, cerró el cofre y volvió al velero.

Sentado, los primeros reflejos del sol pegaban en su cara radiante y orgullosa, leyó la nota:

“El mayor tesoro que has encontrado es el reflejo de una persona de noble corazón”

Mientras retomaba el viaje de regreso a la costa recordó quién tenía un amuleto similar al suyo, Doña Eulasia…

“Nada es Imposible…

Si realmente, pensas que todo es Posible”.

Fin

 

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