Sin remedio

Sin remedio. Alfonso Quiróz Hernández. Escritor chileno. Cuentos fantásticos.

Abelardo y sus gafas rodaron sobre el andén, a tientas las cogió, intentó levantarse, pero después de morder el polvo por tercera vez la risa ajena brotó similar a una cinta de Chaplin. Al cuarto intento tres desconocidos piadosos izaron, equilibraron y sacudieron el terno gris inocuo que calzaba. Rumbo a la salida, mientras sudaba el último peldaño, algo le incomodó en su pecho, colocó la palma regordeta sobre el esternón y con estupor descubrió la ausencia de latidos.

– Es un misterio señor Abelardo, Ud. no posee corazón, simplemente ya no lo tiene.

– ¿No lo tengo?

– Sí, no lo tiene. Le recomiendo ir a la central de policía más cercana y denunciar el hecho, o a bomberos, siempre y cuando le quede cercano, o a lo mejor le conviene dirigirse a la municipalidad de su circunscripción, a objetos extraviados. Sí, a objetos extraviados. Corazones como el suyo no son tan apetecibles y seguro lo han botado por ahí.

– ¿Botado?

Con tres pañuelos desechables Abelardo estrujó la nariz, agradeció la deferencia del médico y al marcharse formuló la típica pregunta estúpida sobre su sistema de salud. El médico respondió como lo hacen todos los médicos.

– Pregúntele a la secretaria.

Abelardo no preguntó. Fue directo a la policía quienes como es habitual nada hicieron. A pesar de considerar estéril la ida a bomberos, Abelardo decidió visitarlos por la recomendación del médico, la risa fue general. Sin incomodarse por la burla dirigió sus pasos rumbo a la municipalidad.

– Señor, debe dirigirse a “extravíos varios”, tercer piso, oficina 250.

Al notar la duda de Abelardo, sin dejar de timbrar, el de la ventanilla agregó:

– Señor, si no puede acreditar el producto extraviado con una factura, debe dirigirse a “objetos específicos”, quinto piso, oficina 110.

La sentencia manifestada por el tipo de la ventanilla fue corregida por el supervisor de chaqueta café musgo:

– No necesariamente, en “objetos específicos” sólo receptamos los objetos de manera voluntaria. Si Ud. pudiera acreditar la forma y estructura de lo perdido, el lugar correcto sería “patrones y medidas”, primer subterráneo, segunda oficina a la derecha.

Al momento de agradecer, Abelardo fue interpelado por el supervisor del supervisor del que atiende la ventanilla, desde el interior les gritó:

– No se olviden, que desde el mes pasado, como requisito, todo el que ingrese en “patrones y medidas” debe adjuntar una fotografía a la “oficina de partes”, le recomiendo que en su caso particular sea una radiografía.

– ¿Radiografía?

– Sí, radiografía o tal vez un escáner.- Aseveró el ayudante del supervisor general, logrando con su frase una sincronía mágica entre todos los presentes, salvo por el que atiende la ventanilla, quien dijo:

– No, no. Si el objeto fue hurtado no intente ingresar la radiografía o escáner, lo que debe hacer es pedir una tasación del artículo en “bienes y servicios”, sexto piso, oficina 99.- Cuando todos estaban felices con la respuesta, el supervisor general, sacándose la chaqueta café musgo, informó con una mueca de resignación:

– Lamentablemente en “bienes y servicios” aún no habilitamos un formulario de ingreso para corazones extraviados, por esto la mejor recomendación sería que visitara su aseguradora y pidiera un reembolso o en su defecto un transplante.

Amablemente, sin dejar de timbrar, todos dijeron a coro:

– ¡Que tenga un buen día!

Abelardo saboreó un helado, miró los boliches, los escaparates, las cunetas y cuando sus pies clamaban por una dirección marchó en busca de la aseguradora, esto porque lamentablemente los vendedores ambulantes aún no pirateaban esa clase de productos. Y lo corroboró en la micro, subió a un bus de la locomoción colectiva y después de responder que no al calendario, al parche curita, a la agujita para destapar cocinas, al “álbum geográfico” con laminitas recortables, al set de agujas de costura y a la cooperación para enterrar el payaso callejero infartado, por fin llegó a la aseguradora.

Cogió un papelito con el número de atención y se sentó entre la señorita manca y el tuerto de corbata brillante. Durante la espera de tres horas y media Abelardo se enteró de la historia de la pobre señorita que creía manca. En realidad tenía amputadas ambas manos. Ella aseguró que su desdicha se debía por ser tan confiada, su novio le pidió la mano en matrimonio y a pesar de la oposición de su familia, ella ingenuamente se la dio. A horas de la boda, aquel novio-fumador salió a comprar tabaco y ella se quedó sin novio. Meses después, sin aprender la lección, puso la otra mano al fuego por su mejor amiga y con tristeza descubrió que fue ella quien huyó con su novio. La triste historia hizo llorar el único ojo del tuerto de corbata brillante. Al preguntar por su caso, el tuerto mostrando la marca de la corbata exclamó entristecido:

– ¡Fue un ojo de la cara!

Pero tanto la señorita doblemente manca como el tuerto bien vestido suspiraron aliviados al ver a un descabezado dando tumbos:

– Fue por amor, la perdió por amor, dijo la señorita re-manca tratando torpemente de sonarse con los muñones.

Era el turno de Abelardo y el tipo tras el escritorio lo recibió llano y cortés. Amablemente le explicó que su póliza cubría todos los casos, exceptuando los explicados en la letra chica, donde quedaba establecida legalmente la nula responsabilidad por la pérdida de corazones, sean estos por descuido o por razones sentimentales.

La cara de Abelardo se volvió capitalina, adquirió el ceño gris característico a tono con su traje.

– Señor Abelardo no sea tan exigente, su caso no es el único. Usted está en la capital, todos hemos perdido algo en la vida. Algunos pierden la esperanza, otros pierden la compostura. Consuélese. Véame a mí, yo perdí mi cerebro hace dos años y si no fuera por mi jefe que también perdió el criterio, yo no estaría trabajando aquí. Además, quién necesita un corazón en esta ciudad. Dígame quién lo necesita. Quién.

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Fin

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