La pícara piedra

Cuentos de piedras mágicas

La pícara piedra es uno de los bellos cuentos de piedras mágicas escrito por Gisela de la Torre, un cuento fantástico para compartir con niños de todas las edades.

Como su mamá le había prohibido jugar hasta que no terminara las tareas, Mariela, a escondidas, brincó por la ventana. Al caer en el patio, se lastimó un tobillo al tropezar con una piedra blanca con manchas azuladas y se acomodó en el suelo para palparse el lugar donde se había golpeado. Luego se puso de pie, caminó cojeando un buen trecho y regresó para, muy atenta, observar la piedra causante de su cojera. Atraída por el brillo de sus manchas, la recogió y se entretuvo observándola por un rato hasta que la arrojó contra otra piedra parecida que se encontraba cerca. . Después del impacto, la niña sintió una queja y se preguntó asombrada, porque no había nadie en derredor: quién lo habrá emitido.
—Fui yo —se escuchó una vocecita.
— ¿Quién es yo?
— ¡Azulina! —dijo la piedra blanca salpicada con manchas azuladas y dando saltos se le acercó.
— ¡Ay, no puede ser! —gimió Mariela y perdió el conocimiento.
La piedra se reía sin poder contenerse y, haciendo piruetas, se aproximó a la niña. La observó por un rato con sus ojos azulosos. “Parece una muñeca” se dijo y pensó en cómo reanimarla. Recordó entonces a otra niña que también se desmayó cuando la oyó hablar y a quien pudo  reconfortar valiéndose de los poderes otorgados por un hada. Se le ocurrió entonces darle un beso en la frente con sus labios fríos y la pequeña volvió en sí.
— ¡Mamaaaá, mamaaaá! —gritó asustada Mariela.
— ¿Qué te pasa? ¿Por qué me gritas? ¿Otra vez te escapaste por la ventana? —preguntó Carmen desde la cocina.
— Los gritos dañan mis oídos, no griten por favor —imploró la piedra.
— ¡Ayyyyyy! Ven, mamita, tengo miedo de ella, mucho miedo ¿No oíste nada? —se lamentó la pequeña.
—Otra vez asustándome, si voy y nada te ha sucedido, ya verás —advirtió Carmen. Fue hasta el patio y encontró a su hija acurrucada y temblorosa en el suelo—. ¿Qué te sucedió? —indagó sobresaltada.
—Esa piedra habla, esa piedra habla, le tengo miedo. Llévame de aquí —suplicó la niña y se abrazó a su madre.
—Mereces unas buenas nalgadas por traviesa y desobediente, te he dicho mil veces que no juegues así. Regresa a tu cuarto, allí arreglaremos cuentas. Me voy, dejé una frituras a la candela y ya se tienen que haber quemado por tu culpa —dijo la madre, luego de zafarse de Mariela, y comenzó a caminar.
—Mamita, no me dejes, me voy a volver a desmayar. Es verdad, esa piedra que está cerca de ti habla, mamaaá…
—Oiga, señora, no la deje, es cierto que hablo —dijo la piedra y le brincó delante—. Usted, por lo que más quiera, no se desmaye, mire que no sé si mis besos pueden reconfortarla.
— ¡Ay, Dios mío! —gimoteó Carmen y abrazó muy fuerte a la niña hasta que le pidió que la soltara—. Esa piedra está endemoniada.
—No se asusten, por favor, no estoy maldita, tengo los poderes otorgados por un hada —aseguró la piedra y, dando volteretas,  preguntó en qué las podía ayudar.
—Desaparece, anda desaparece —le exigió Carmen asustada.
—Está bien, pero si me necesita, llámeme. Solo pronuncie tres veces mi nombre, me llamo Azulina —dijo la piedra y se alejó dando brincos.
Carmen tomó de la mano a su hija y juntas entraron por la puerta de la cocina sin decir una palabra. Las frituras se habían achicharrado. La madre apagó el fogón, se sentó junto a Mariela para escuchar todo en detalles y finalmente, aún asombrada, le pidió que se pusiera a estudiar Matemáticas y se olvidara de lo sucedido.
— ¿Cómo voy a poder estudiar si estoy tan espantada como tú? Y no me digas que lo no estás, ¿quién ha visto hablar a una piedra?
— ¡Nosotras, hija, nosotras! Si se lo contamos a tu papá o a los demás, se reirán de lo de lindo a costa a nuestra.
—No se lo cuenten a nadie, por favor —rogó Azulina desde la ventana—. Veo que por mi culpa se quemaron las frituras —agregó y, dando un salto, se posó encima de ellas y al instante estas quedaron apetitosas y doraditas. Luego, la pícara piedra acabó de cocinar mientras Carmen y Mariela, boquiabiertas, la observaban sin atreverse a pedirle que se fuera.
—Ahora vamos a comer, tengo tanta hambre —bostezó Azulina—. Poquito a poco, con mis encantos, haré que me pierdan el temor.
Dicho esto, de un salto llegó junto a Carmen, la besó en la frente y luego de una voltereta hizo lo mismo a Mariela. De pronto, madre e hija perdieron el miedo y comenzaron a reírse de sus travesuras pues, dando saltos de un lado para otro, más que una piedra, parecía una pelota.
Así fue como Azulina se quedó a vivir en la casa, ayudando a Carmen a cocinar y a Mariela a estudiar. La muy traviesa, cuando sentía que alguien se aproximaba, quedaba inmóvil, aunque  pronunciaba algunos sonidos que más de una vez hicieron que los visitantes se atemorizaran, preguntándose quién los emitía. Haciendo grandes esfuerzos para no reír, Carmen y Mariela, cómplices de Azulina, decían no haber escuchado nada, dejando aún más confundidos a quienes afirmaban haber escuchado murmullos. De esta manera, los visitantes no hacían mucha permanencia como antes, cosa beneficiosa para Carmen, pues así se libró de una vecina entremetida quien la importunaba a toda hora con sus chismes y peroratas.

Fin

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La pícara piedra es uno de los bellos cuentos de piedras mágicas escrito por Gisela de la Torre, un cuento fantástico para compartir con niños de todas las edades.

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