El último faro

El último faro. Dr. Lazurus Kiilyx, escritor argentino. Cuentos fantásticos.

El intenso viento de otoño golpeaba sobre las rocas sueltas haciendo girar a las más pequeñas. En el telón oscuro de la noche, la luna fría y redonda iluminaba al faro con su reflejo de tal manera, que daba la impresión de ser más blanco que lo habitual, como si estuviese construido en mármol puro.

Nicolás se encontraba sentado en la cabina de aquel último faro del mundo, ubicado muy al sur, donde nadie se atrevía a ir. Esta antigua torre estaba construida desde hacía muchísimo tiempo, sobre las ásperas rocas que sobresalían del mar. No existía nada mas en aquel sitio, sólo ripio y un viento voraz, ni habitantes ni casas. Y el pueblo más cercano a 140 kilómetros de distancia.

Tres generaciones habían estado encargadas de custodiar el lugar, guiando a los barcos fuera de los peligros existentes del mar. Los tiempos habían cambiado, primero su abuelo que orientó a cientos de barcos por días y días, y cuyos capitanes le contaban historias sorprendentes que él a su vez le contaba a su hijo y éste a su propio hijo, Nicolás, que aprendía las leyendas sobre el mar.

Y como todo en la vida, las cosas fueron cambiando, y por estos lugares, ya no pasaban los barcos como lo hacían antes, todo se encontraba completamente desolado, y muchas veces Nicolás se sentía la última persona en el fin del mundo. Lo acompañaba su soledad, y lo único interesante que sucedía era que, en cada otoño, pasaba por esas aguas un barco blanco, con sus velas del mismo color, proveniente del sur, con un andar siempre calmo y pausado, y que por más que las olas lo golpeasen o las tempestades arremetiesen sobre el mismo, no mutaba su andar.

En cada oportunidad, sentía que el barco lo llamaba para emprender un viaje fantástico. Esta vez Nicolás corrió sobre el muelle rocoso, hasta llegar a la nave, vio al capitán de barba blanca que le hacías señas, para unirse a su aventura, y así lo hizo. Al subir al barco, notó la sincronía de los marineros que cantaban y remaban al unísono, mientras navegaban por las aguas oscuras. Se acercó para hablar con el capitán y éste le contó que se dirigirían más allá del sur, recorriendo varias islas adonde muy pocos marineros han ido, islas que no se encuentran en los mapas y que están ubicadas más allá de lo conocido.

Cuando amanecía sobre el mar, pudo observar a la distancia un verde profundo sobre unas tierras remotas, se veían enormes arboledas y las columnas blancas de inmensos templos. Al aproximarse más a esas playas, el capitán le contó sobre ese lugar, la tierra de “Novix”, el lugar donde habitaban los sueños e ideas que encienden a los hombres una sola vez en su vida para luego ser completamente olvidados. Y así, al mirar otra vez aquellas tierras notó que el hombre de barba tenía razón, se advertían figuras e inventos majestuosos y excepcionales, que jamás habría imaginado.

En aquellas tierras deambulaban poetas adolescentes que murieron en la pobreza sin que nadie supiese lo que habían soñado. No desembarcaron en estas tierras. El capitán le dijo entonces, que quien se atreviese a pisar aquel suelo, nunca más podría salir de ahí. Continuaron su viaje y vieron otra tierra.

El capitán dijo: es “Noryan”, la tierra de las mil maravillas. Cuando pasaron muy cerca de sus costas, vio que las cúpulas de sus templos se perdían en las nubes blancas del cielo; eran impresionantemente altas. En los murallones grises se distinguían tejados misteriosos y espeluznantes, estatuas seductoras y calles hechas como de huesos humanos.

Tal fue la atracción que Nicolás sintió que le imploró al capitán poder atracar para recorrer aquel lugar, pero aquél amablemente se rehusó, le dijo que muchos habían entrado a “Noryan”, la ciudad de las mil maravillas, y ninguno había vuelto, solo entidades demoniacas y perversas que dejaron de ser humanas deambulaban por aquellas callejuelas. Esta transformación era producida al cruzarse con el rey oscuro de aquellas tierras.

Y así el barco siguió su curso durante muchos días, tras un pájaro que volaba rumbo al sur. Su plumaje era rojizo. Tiempo después arribaron a otras tierras, con hermosas flores de múltiples formas y colores, y arboledas de fondo con una música celestial. Cautivado por semejante cuadro, les rogó nuevamente al capitán, atracar en aquellas playas. El hombre de barba no dijo nada pero lo observó detenidamente.

Al pasar el barco por aquel lugar, se produjo un fuerte viento que llenó todo de un fuerte hedor a muerte, de cuerpos corrompidos, de cementerios exhumados, de un lugar arruinado por la peste. Mientras partían presurosamente de aquellas tierras, el capitán dijo: eso es “Kiliox”, el país de los goces insatisfechos.

Y nuevamente el barco siguió al pájaro rojizo, y así pasaron los días de aguas calmas y fragancias agradables, hasta que finalmente una noche de luna, anclaron en el puerto de “Enyx”. La entrada era un arco de cristal, en este lugar que era el país de la fantasía, lo más parecido al paraíso que Nicolás hubiese imaginado.

En este lugar no existía el tiempo ni el espacio, ni el dolor ni la muerte, ni la maldad. Allí permaneció muchísimo tiempo, años quizás, recorriendo cada rincón interminable de aquellas tierras, con hermosas flores y fragancias, fantásticos templos y castillos. En aquel lugar eran todos plenamente felices y libres.

Una noche, vio nuevamente y después de mucho tiempo al pájaro rojizo volando bajo la luna llena. Nicolás sintió la necesidad de abandonar aquel paraíso y continuar su camino hasta llegar a las tierras de “Kiilyon” lugar donde habitan los dioses, donde llegan las aguas de todos los mares existentes.

El capitán no quería abandonar “Enyx”, pero no podía dejar partir solo a Nicolás, así que subieron al barco y siguieron su curso hacia a la tierra de los dioses. El hombre de barba siempre le repetía que deberían volver, que no tendrían que seguir adelante, pero Nicolás estaba obsesionado con aquellas tierras.

Cuando se cumplieron 31 días de perseguir a aquel pájaro rojizo, finalmente habían llegado a la entrada de “Kiilyon”. Eran dos enormes esfinges con caras felinas donde el agua caía de sus bocas generando una bruma impresionante sin poder divisar más allá. El barco siguió navegando y una vez que hubieron traspasado aquellas inmensas estatuas, no se encontraron en las tierras de “Kiilyon”, sino en aguas sumamente tumultuosas, y así el barco no pudo controlar su curso ni maniobrar y la fuerte corriente se lo llevó con muchísima fuerza.

Caían rayos sobre la nave, hasta que sucedió lo peor. Se escuchó un ruido de cascada. Allí adelante se encontraba una gigantesca catarata donde los océanos del planeta se hundían en un abismo, todos gritaban desesperadamente con caras de espanto mientras el capitán repetía, “Nunca debimos venir, ahora es demasiado tarde, el poder de los dioses esta sobre nosotros”.

Nicolás sólo atinó a acurrucarse y cerrar los ojos, y así el navío cayó en las profundidades del abismo, entre gritos y personas volando, para luego perderse en la bruma, y esto fue lo último que vio.

Al abrir los ojos, se encontraba en la cabina de la torre del faro. Miró el reloj en la pared y el tiempo no había transcurrido, eran la misma hora y el mismo día en que había partido. Al día siguiente en los acantilados encontró parte de un mástil blanco entre las rocas y un pájaro rojizo muerto.

Y el barco blanco nunca más apareció por aquellas aguas.

Fin

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