El reino de los niños – El poder secreto – Capítulo I

El reino de la niños – El poder secreto. Francisco García, escritor español. Cuentos fantásticos. Cuentos en capítulos. Cuentos para adolescentes. Capítulo I: Un día trece en la ciudad de Nueva York. El frío congelaba los nudillos y aquietaba a los ciudadanos en pleno invierno. El nuevo mundo había pasado la navidad bajo techo y […]

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Bienvenida Conchita Bayonas a EnCuentos.com

El reino de la niños – El poder secreto. Francisco García, escritor español. Cuentos fantásticos. Cuentos en capítulos. Cuentos para adolescentes.

Capítulo I:

Un día trece en la ciudad de Nueva York. El frío congelaba los nudillos y aquietaba a los ciudadanos en pleno invierno.

El nuevo mundo había pasado la navidad bajo techo y año nuevo no había sido festejado. La promesa del trece era que ese nuevo año el mundo terminaría. Un niño de apenas unos catorce años vestido con ropa roja y negra y de apariencia poco amistosa, con una pequeña mochila negra con pequeños dibujos de fantasmas blancos, se había logrado colar a media mañana en el edificio de la terraza más alta de la ciudad. Aproximándose la hora indicada subió al ascensor y presionó el último botón.

Al llegar al último piso corrió la puerta del ascensor bajó de éste mirando el reloj de cuerda que llevaba en su mano. Era pasado el medio día. Su reloj era antiguo y grande como la palma de su mano; era de metal, algo curioso de ver en esos tiempos. El niño se dirigió a las escaleras de ese último piso, deseaba seguir subiendo. Volvió a mirar su reloj y decidido miró hacia arriba tomando el pasamano de la escalera y empezó a subir aquella escalera de cemento y hierro.

Llegó a la puerta que salía a la terraza y haciendo reverencia se persigno. En el movimiento se pudo observar a si mismo los cortes en sus muñecas. Empujó con su hombro la pesada y fría puerta y decidido a salir giró el picaporte. Al empujar le costó bastante, esa fría puerta metálica era enorme y vencer la fuerza del viento no le fue nada fácil. Pero éste logró abrirla y llegar a la terraza del edificio.

Aquel niño recibió una ola de viento que escalofrió su cara. Ésta se abría empujando hacia afuera
El niño iba muy abrigado. Caminaba en contra de la fuerza del viento que amenazaba con tirarlo. Y haciendo fuerza por mantenerse de pie, volvió a mirar el reloj y se sentó en el piso de aquella terraza. Sacó de su mochila un pequeño estuche. Era muy pequeño y muy liviano. Sacó de este una mini-computadora portátil. La colocó suavemente sobre el piso, cuidando de no ponerla contra el viento que empujaba. Eligió ponerla al lado de la cornisa donde había un borde para cubrir a la pequeña portátil de esta fuerza que soplaba sin compasión. El niño miró hacia arriba. Empezaba a nevar fuertemente. Delicadamente, abrió la pequeña computadora. Se sacó los guantes y se conecto a Internet.

En su pagina de inicio tenia la red social más popular del mundo. Ya todos sus amigos estaban conectados. Entró a la sala de Chat universal, donde todos hablaban con todos sus contactos en común: “¡Ya estoy Listo!” – colocó y envió a la red. Y antes de que empezaran a contestarle, sacó su celular y lo configuró para que su cámara sirviera de cámara Web inalámbrica y así, todos lo pudieran ver.

Uno a uno se fue sumando al mensaje lanzado por aquel niño. Las respuestas de todos coincidían en: “¡Yo también Martín!” dirigiéndose a su líder Martín Asturero. Tres mil veintidós jóvenes contestaron el mensaje en apenas sesenta segundos. La misma cantidad de cámaras Web inalámbricas se conectaban en la red en todo el mundo.

Todos se veían con todos y todos estaban en lugares estratégicamente pensados que mostraban a los demás. Comenzó un conteo faltando cuarenta segundos para las mil trescientas horas.
Una leyenda decía que si un sólo joven lograba hacer que mas de tres mil jóvenes lo siguieran, y éste los llevara a las terrazas mas altas de los edificios del mundo, el día trece, del mes trece, a la hora trece, y los encaminara a lograr la hazaña mundial, el mundo se salvaría de la destrucción total y las catástrofes mundiales cesarían

Se podían ver los tres mil veintidós con Martín controlando la hora en el reloj que el neoyorquino había puesto en la red social para que nadie se atrasara o adelantara un segundo. En el reloj del joven Asturero, heredado de generaciones por sus ancestros, tenía un pequeño reloj del tiempo terrenal diario, la fecha decía 13/13 y estaban esperando la hora trece.

“El mundo está en peligro y es nuestro deber evitar su destrucción total”, lanzó Martín el mensaje a la red a la que estaban conectados sus seguidores. Faltaban sólo veinte segundos para la hora trece y lo lograron leer los tres mil veintidós niños –

Todos miraban el reloj esperando las mil trescientas, todos saltarían a la vez, dejando sus computadoras portátiles funcionando para filmarse con sus celulares mientras caían. Tres mil veintidós niños y jóvenes cantarían en coro en su salto. Porque así lo había pedido su líder.

“¡Es hora canten!” dijo Martín y en los parlantes de todo el mundo se empezó a escuchar la canción mas sensacional y rara del mundo.

Shadai, Shadai,
Poderoso Rey
ven a detener la destrucción,
detén el reloj del tiempo.
borra el delito y todo su mal,
bórralo para que el mundo pueda recomenzar.
Shadai, Shadai
detén la destrucción mundial.
Cúbreme con tus alas
y cubre a los que me aman y amaran.
Shadai, Shadai,
Quítale el poder al Abadón,
Quítale el poder al reino de perdición
Que no reine más la guerra,
Shadai, Shadai, Shadai
Habítanos con tu esencia,
Habítanos con tu paz,
Habítanos y trae la paz.
Tráela
hacia acá.

Cantaban todos los niños y jóvenes como despidiéndose del mundo al ir cayendo al vació.
Empezaron a caer en todo el mundo los jóvenes que habían decidido entregarse en esta hazaña mundial. Desde Nueva York hasta Buenos Aires pasando por México y Brasil, se escuchaban los gritos entremezclados con la canción de los niños al ir cayendo de tan altas alturas, de Nueva York a Japón pasando por toda Europa, por España y la legendaria Iglesia de León, por la torre inclinada de pizza de Italia, llegando a Rusia y volviendo a Inglaterra caían más de tres mil apasionados por la salvación y en contra de la destrucción mundial.

A todo el mundo había llegado el mensaje del líder de Nueva York, todos sus seguidores lo siguieron con pasión creyéndole su verdad se habían lanzado al vacío. Ese día caían con su celular tres mil veintidós jóvenes vírgenes en el mundo. La muerte los esperaba en su guarida al tocar es suelo con sus cuerpos.

Un silencio profundo se adueño de esa red social.

- Martín… – escucha que lo llaman mientras va cayendo – ¿Qué creías? ¿Que por entregarte como suicida y matar más de tres mil almas en el mundo se salvaría alguien? ¿en qué estabas pensando? ¿Quién te ha inspirado esto? -

- ¿Quién habla? – contestó Martín encandilado y envuelto en nubes blancas que no lo dejaban ver nada, mientras sentía estar cayendo porque el aire frío que le quemaba la cara – ¿Ya estoy muerto? – preguntó cuando dejo de sentir el aire en la cara y comenzó a sentirse liviano –

- ¡Aún no! – dijo aquella voz – Tu ignorancia de alguna manera los ha salvado. Ve y muestra lo que hoy puedes ver – ordenó firmemente esa voz que hablaba como teniendo la certeza de que no iban a morir ese día –

- ¡Es que no veo nada! – dijo Martín –

- Y eso verás si no crees primero y sigues matando las almas de los que te envío – contestó aquella voz retándolo ferozmente –

- ¿Qué debo hacer? – preguntó Martín entrecortando la voz asustado por el tono que le había hablado aquel sujeto que no podía ver –

- Arrepiéntete, porque una vida vacía no tiene sentido, y una vida no vivida va directo al infierno, vive tu vida… usa tus talentos y sigue la estrella que te mandé. – dijo la voz enérgicamente. Las nubes blancas desaparecieron y quedó en absoluta oscuridad – “gloria de Shadai es ocultar un asunto; pero honra del rey es escudriñarlo.”– dijo en forma de eco esta voz ya dejando en plena oscuridad a Martín –

Minutos después los niños empezaron a despertar en distintos lugares, todos adormecidos y acalambrados. Desde Mongolia hasta Argentina, pasando por toda Europa y por toda América Latina. Hasta en Canadá, se había sentido la tierra temblar. De alguna manera, el resultado de niños y jóvenes muertos de esta caída, era cero. Nadie había muerto. Todos los niños confusos no lo podían creer. El sacrificio había quedado en la nada, había

sido interrumpido de manera inexplicable. Fueron rescatados de alguna manera que ellos no lograban entender. Algunos habían sentido que entraban en un tubo de viento, otros no habían sentido nada.

El niño líder (Martín Asturero) despertó bajo el columpio donde conquistó su sueño de volar. La hamaca se movía y al despertar una suave brisa acariciaba su cuerpo. “¡Vamos! ¡Despierta! ¡No puedes morir! Es tiempo de conquistar lo que te arrebataron”- escuchó Martín como si fuera la voz de su padre – Martín abrió los ojos, estaba boca arriba abrazando su mochila. Sentía dolor por todo el cuerpo como de dormir en el suelo. Su vista que estaba llena de lagañas empezó aclararse.

Miró al cielo y estaba amaneciendo. Había pasado todo un día, eran cerca de las siete de la mañana del día sábado. Se paró, se puso la mochila en la espalda y empezó a caminar hacia su casa; Martín no entendía nada. En el camino meditaba sin poder creer estar vivo después de meses de planear el sacrificio. Tanto juntar gente y al final nada había sucedido. Era como si durante dos años hubiera planeado esto sólo para despertar como de un mal sueño.

Pensando Martín cree acordarse de porqué está en ese lugar.

- ¿Estaré en el cielo? ¿Qué me arrebataron? – se pregunta acordándose de lo que había escuchado antes de despertar –

- ¡Nada aun! – le contesta una voz interior – “Nadie que este matándose piense que ira al cielo” – Escucha Martín

– Si alguno destruye el templo de Shadai, Shadai lo destruirá a él; porque el templo de Shadai, el cual es tu cuerpo, santo es. – escuchó Martín y se atemorizó y empezó a mirar a su alrededor creyéndose perdido. –

- ¿Quién habla? – Exclama asustado al sentir una voz y no haber nadie a su alrededor –

- No recuerdas nada… – vuelve la voz a hacerse escuchar y Martín girando como loco en medio de la plaza tratando de ver al dueño de esta voz –

- ¿Quién eres? ¿Dónde estas? – pregunta Martín furioso y atemorizado a esa extraña voz –

- Las personas no ven lo que piensas, solo pueden ver tus actos – dijo aquella voz – ¡y yo se que eres mucho mas que ese niño enlutado de negro, que ven hoy en ti! –

- ¿Qué quieres de mí? – preguntó Martín y recordó la frase que había escuchado “Si alguno destruye el templo de Shadai, Shadai lo destruirá a él…” y analizó en su mente – Me lancé del edificio mas alto un día 13 a las 13; puse en esta hazaña mundial todas mis fuerzas… – se detuvo un momento y pensativo, miraba hacia la nada mientras trataba de entender lo que había pasado –

- ¡No estas muerto porque estarías en el Seol! – escuchó a la voz retarlo ferozmente y Martín empezó a comprender lo que significaba esa frase de ser destruido, si él destruía su mismo cuerpo. – ¡te voy a dar otra oportunidad! ¡y estás vivo! – Martín escuchó y prestó mucha atención a lo que esta voz le decía – mientras te lanzaste me invocabas, fue justo a tiempo porque tengo mucho en este mundo para ti – dijo aquella voz –

- ¡En tus manos está mi voluntad! – dijo teniendo miedo Martín Asturero –

Un silencio hermético se hizo dueño de la ciudad. Martín empezó a caminar y leyó la portada del Times en un kiosco de revistas “Meteorólogos de distintas partes del mundo aseguran haber visto movimientos extraños en las estrellas, jamás antes vistos por un ser humano, creen que se trata de una reacción de los gases producidos por la tierra en descomposición. Los marxistas reciclados llaman a la reflexión. El Papa asegura que fue un movimiento de Ángeles en defensa de los bloques de hielo de la Antártida. Casos así no tienen registro alguno para la humanidad. Expertos dicen que estos extraños movimientos son advertencias de que el final esta llegando. Lo innegable es que anoche la tierra entera se estremeció. “Como que la venida se nos aproxima” dijo un estudioso del Vaticano muy preocupado.

Hoy fanáticos religiosos salieron a las calles a repartir volantes. Algunos dicen que esto es solo un acomodamiento brusco de placas…”
Martín no lo podía creer – “En verdad esto ha pasado” – dijo mientras leía el titular –

- ¡No creas todo lo que lees hijo! ¡Porque a veces te puede perturbar mente y hasta matar el alma! – le contestó un hombre que leía el titular con él. –

- ¡Ya es hora! – aseguró Martín y abrió su mochila, la computadora ahí estaba. La sacó y se puso a escribir desde donde estaba hacia el mundo entero, a tratar de contactarse con sus seguidores de la mal llamada “hazaña mundial”.

Pido perdón a los que me siguieron en esta cruel y triste muerte sin sentido.

He podido darme cuenta que esta locura suicida, casi mata los sueños de muchos. No me juzguen por mi ignorancia, no me juzguen por ser influenciado por leyendas urbanas, no me juzguen porque no lo podría justificar.

Pido que este día sea tomado como el nuevo nacimiento de los que seguimos vivos. Espero que seamos los tres mil veintidós.

P/D. El mundo esta plagado de grandes héroes. Los héroes tienen algo en común, nadie los entiende. Los héroes salen de los agujeros más tenebrosos y escondidos. Y salen de adentro de nosotros mismos.

No hay héroe que antes de ser descubierto como tal, no haya sido burlado, ignorado o señalado como un nada.
“La Nada es el trampolín para las Grandes y Buenas Hazañas”

Terminó de escribir Martín, presionó “Enter” y su mensaje se esparció por toda la red social más de medio millar de personas leyó su mensaje, incluidos todos sus seguidores. Un relámpago azotó la ciudad y la luz de carteles luminosos se apagó. Los generadores de la ciudad volvieron a funcionar de inmediato y la luz volvió. Martín se asustó por el relámpago en medio de tanto sol, las pocas nubes que había en el cielo no justificaba su aparición.

Volvió a mirar la computadora que tenía en su falda y decía: “Has recibido un millón setecientos mil cuarenta y dos mensajes nuevos (1.700.042 mensajes nuevos)”, Martín no lo podía creer, no habían pasado más de tres minutos de presionar “enter” y las respuestas llovieron a él de todos lados del mundo. Hasta gente que no conocía respondió como si estuviera en su misma situación.

No podía leer todos a la vez pero sintió intriga por uno que tenia en asunto: “y si nacieras de nuevo” abrió y era un pequeño poema que Martín se atrevió a leer en voz alta. El poema se titulaba: “Los escogidos se atreven”

Y si naciera de nuevo,
Si tuviera esa oportunidad,
Yo te pediría que en mi nuevo nacimiento ahí puedas estar;
Que me abraces con ternura
y con aliento de vida volvieras a soplar mi nariz,
Así me enteraría de las maravillas
que tienes preparadas para mí.

Y si naciera de nuevo,
Si tuviera esa oportunidad,
Yo te pediría que llenes este vacío con tu infinita paz;
Que no te vallas nunca,
Que perdones si un día te ofendí,
Porque hoy siendo maduro entiendo
Que siempre estuviste para mí.

Hoy quiero nacer de nuevo
Hoy quiero nacer de nuevo… pero en ti
Déjame abrazarme a tu cintura para jamás dejarte ir
Porque hoy mis ojos están abiertos y te invito a vivir en mi,
Habita este desierto y saca toda enfermedad,
Que hoy he nacido de nuevo y en ti voy a confiar
Porque tú eres el Rey eterno,
Príncipe de Libertad.

Mas abajo decía:

Un escogido es alguien que después de muchas peleas y catástrofes sigue vivo. Encuentra tu designio y protégelo con tu vida. Sin apartarte del buen camino. Porque para eso has nacido.
Habiendo sido predestinado conforme al designio del que hace todas las cosas…
Firma: Una Escogida.

Terminó de leer el mensaje y pudo sentir en su nariz un viento que el logró aspirar. Martín respondió de inmediato ese e-mail. Era una persona desconocida que le había dicho mucho y le había hecho sentir algo que nunca sintió.

Volvió a leer el poema y una brisa suave soplaba sobre su rostro, sentía que se llenaba de una inconfundible paz.

No te conozco pero pareciera como si me conocieras. Quizás tenemos mucho de que hablar. De alguna manera tu mensaje me llenó. Todos los días no escogí la vida. Se que los suicidas no se atreven a vivir, pero los escogidos se atreven. Y a eso me atreveré de ahora en más.
Habiendo sido predestinado conforme al designio del que hace todas las cosas…
Firma: Martín Asturero.
Un nuevo Escogido.

Sin conocer y sin saber quien era esta persona, ya había inspirado un cambio en él. Algo había entrado en su espíritu y ya nada seria igual.

Martín cerró su computadora, la coloco en su mochila sin mirar como la colocaba y apurado se dirigió a su casa. Iban a ser las nueve de la mañana y él todavía no aparecía. Deseaba ver a sus padres y contarles lo sucedido sin pensar en su reacción. Valía la pena hablar sobre estas cosas que pasan solo una vez y cambian todo el rumbo de la propia vida y la forma de verla. Llegó a su casa y con sus llaves abrió la puerta de entrada. Entró como siempre pero en su cara se veía un brillo, una sonrisa sincera. Su madre estaba entre un montículo de ropa, estaba por ponerse a planchar. Su padre venia del patio lleno de tierra y con las rodillas de su pantalón verdes de estar arrodillado en el pasto arreglando el jardín. Sus padres miraron a Martín y vieron algo cambiado en él, pero se quedaron callados, tratando de no arruinar el momento. Normalmente, cuando Martín se veía descubierto, él se quejaba o daba gritos explosivos para que no le preguntaran nada. En esta oportunidad, solo pasaros unos segundos eternos para la familia y Martín agachó la cabeza y murmuró algo que nadie entendió. Los padres vieron este cambio y se preocuparon, pero les gusto. El Pequeño Asturero pasó directo a su cuarto con la cabeza gacha.

Admirado el padre se miro con su esposa.

- ¡Deberíamos dejar que él nos cuente solo! – dijo la madre tiernamente –

- ¡No sé! – dijo el padre en secreto con su esposa – eso fue raro ¿Tú crees que nos contará? – la cara de incertidumbre de los padres mirándose lo decía todo –

- Algo me dice que hoy volverá a ser ese niño que todos extrañamos. – afirmó el padre de Martín en voz alta –

Pasaron tres horas y el pequeño Asturero no salía. A las doce del medio día salió de su cuarto y se dirigió a su padre.

- Papi: ¿te has sentido engañado por algo que hiciste durante mucho tiempo para darte cuenta de que al final son puros cuentos y mentiras? – dijo seriamente Martín –

- ¿En qué dejaste de creer? – pregunto Eugenio, su padre –

- Hoy mi vida cambió papá… – dijo sin titubearlo – Hoy soy otra persona… otro Martín ha nacido –

- ¡Qué bueno hijo! – dijo Eugenio mostrándose distante mientras seguía con sus plantas en el jardín. Martín se quedo en silencio ahí y el padre levantó la vista para mirarlo. – ¡Estas hablando en serio! – dijo convencido cuando vio que sus ojos brillaban – ¡no sabes lo feliz que me hace! – exclamó y soltó lo que hacía para abrazarlo. –

- ¡Voy a decírselo a mamá! – dijo sonriente después de ese abrazo y fue donde estaba su madre planchando. –

- Mami, esta ropa no la planches más. – dijo refiriéndose a su ropa –

- ¿Qué? ¿Te la vas a poner arrugada? – preguntó Liza Bella, su madre, desconfiando de su rebeldía –

- El negro es tan egoísta Mami. Absorbe todos los otros colores y no refleja ninguno. Ya no quiero ser así… – dijo seriamente el pequeño Martín y torció la lógica que su madre creía que tenía su hijo. -

- ¿¡Qué!? – exclamó Liza Bella entre confundida escondiendo una gran sonrisa –

- Las personas eligen los colores por intuición y cada uno es lo que viste, no necesito un manto negro para ocultarme, necesito mostrarme como soy y yo no soy un vampiro. – dijo riéndose. Decía lo que su corazón le dictaba y sonreía – fíjate mamá – dijo y le señalo una remera planchada – lazos, cárceles, cadenas. Es como vivir encerrado. Y mira esta carabera, la muerte en mis espaldas… ya no me la pondré más. – explicaba a su madre que escuchaba sorprendida, verdaderamente sorprendida. No era el mismo Martín. Se lo habían cambiado. -

- ¿Ya no te pondrás más estas remeras sangrientas y con leyendas raras? – preguntó su madre tratando de aclarar su mente –

- No mama, ya no me las pondré más. – contesto muy seguro él –

- ¡Tendré que comprarte ropa de colores entonces! – dijo entre sarcástica y queriendo creer el cambio absoluto de su hijo. Para ella, si esto era cierto, Martín había vuelto a la vida. Liza Bella odiaba esas remeras desde el día que se compro la primera, y su ropero estaba lleno de ellas.

Liza Bella invito a Martín a revisar su ropero. Se dirigieron ambos a su cuarto. Liza Bella tomó toda la ropa, pantalones, remeras, y Martín miraba con nostalgia su colección de discos compactos, carteles y gigantografías que tenia repartida por todo el cuarto, una a una las fue despegando de la pared dejando una mancha blanca bajo de ellas y descascarando aquellas paredes por las cintas usadas para forrar aquel cuarto con imágenes de seres de la oscuridad. Lo fue doblando todo con mucha paciencia y convencido de lo que estaba haciendo, la furia contra aquello que antes sin saber adoraba a ciegas se mezclaba con un sentimiento leve de nostalgia. Las paredes quedaron blancas con manchas de cinta descascarada por el adhesivo usado cuando las quiso pegar.

Estando el cuarto limpio por completo, miró desde la puerta, la luz que entraba por la ventana. Ahora ésta se podía reflejar en las dañadas pero blancas paredes de su cuarto. Se le escapo una sonrisa pacificadora para él mismo, dio medio paso y agarrando la nueva basura para tirar, se dirigió al closet del cuarto donde su madre recolectaba remeras y pantalones llenos de calaveras. Martín empezó a seleccionar con ella uno por uno los atavíos, que a su entender, ya no combinarían más con el nuevo Martín Asturero.

Martín no quería ser más confundido con un vampiro o con una sombra de la noche. Llevó todo en bolsas de residuo negras al patio de su casa. Tres bolsas de un tamaño importante que colocó frente al horno asador.

Su padre y su madre lo miraban muy confundidos. Su madre creyó que solo la sacaría afuera pero esta nueva actitud de Martín los sorprendía a medida que Martín avanzaba en sus acciones. A los padres les preocupaba y también les daba alegría. Pero no sabían si había descubierto tras estos misteriosos objetos, de los que hoy quería deshacerse, algún poder oscuro o misterioso. O si era otro tipo de rebeldía, de todas maneras les iba a gustar más.
Martín se encontró solo frente al horno. Sentía una voz convencida diciéndole que había llegado la hora de ser libre y de saber quien era él en realidad. Y otra voz se trataba de imponer trayéndole recuerdos a su mente.

Martín sentía una verdadera batalla en su mente y gritó – “¡Cállate!” – De inmediato se vio vestido de negro con cadenas y sangre como figuras con una leyenda que decía: “Rey Etreum vil”. La traía puesta desde aquella noche, se la saco de inmediato y la dejó caer sobre el pasto, y luego se saco los pantalones. Quedó en calzoncillos largos blancos y camiseta blanca que le servían de abrigo. Hizo un paso hacia atrás y leyó sobre el piso en aquella remera que al parecer no decía nada: “Rey muerte live”, la letra e de live estaba simulada por un símbolo extraño. La única palabra escrita del derecho era Rey, las otras dos estaban invertidas, intercambiando idiomas para disimular. Pero aquella frase, “Rey muerte vive”, llevaba consigo el poder de los demonios de la muerte. Al ver esto, más se convenció y llenó de inmediato el horno donde horneaban pan con toda esa ropa, que había usado antes. Luego tiro ahí dentro todos los discos compactos que tenían el mismo espíritu de muerte y perversidad, todo aquello que representaba un lazo siniestro lo tiró adentro de aquel horno.

Martín con sus catorce años hasta había probado drogas, acercándose a estos grupos que coqueteaban con la delincuencia y el mal. Estaba a punto de entender el poder que tenían sobre él estas cosas y frases “al parecer” sin sentido.

Martín esparció con un pomo alcohol dentro del horno. Con su encendedor de bolsillo en la mano miraba con odio dentro de ese horno, parecía que veía la misma perdición. Lo encendió con la mano derecha y al ver su encendedor negro lleno de calaveras blancas dibujadas, decidió deshacerse de el también. Abia sentido hormigas salir de este y caminar por su mano tratando de asustarlo. Miró dentro del horno y lo tiró encendido. Lo que antes le pertenecía a él, o él le pertenecía a esos objetos, empezaba a quemarse. Lo que antes le daba “placer” usar se prendía fuego en el horno.

Martín empezaba a sentir los efectos de su decisión. Todo empezó a arder y el encendedor explotó. Martín mirando como se quemaba su pasado, se sacó las zapatillas que estaban adornadas de la misma manera que el encendedor y las tiró. Se quedó descalzo con sus medias blancas y nada de símbolos encima. Martín cerraba la tapa y escucho “no me abandones” una voz suplicarle. Martín cerro la tapa y se empezaron a escuchar gritos y quejidos, junto con toses que se ahogaban por el humo. Siendo quemados por el fuego golpeaban la tapas lográndola mover pero no abrir. Martín hacia oído sordo. Pero esto no lo sorprendió, su mente estaba preparada para saber esta realidad infernal.

Se empezó a escuchar una melodía del inframundo, la misma que tenia la placa de su artista preferido. Esa música a Martín le taladraba los oídos pero decidió ponerse a cantar una canción alegre para no escuchar esta que salía del horno. Martín estaba preparado para ver, sentir y saber de estos poderes ocultos al hombre racional y terrenalmente aferrado. En un momento sintió como si a ese momento ya lo hubiera vivido; miró hacia arriba y sonrió de alegría por la libertad recibida.

Martín miró hacia atrás como si nada pasara y vio a su padre afirmado en la puerta abrazando a su madre. Ambos lo miraban sonrientes. No podían escuchar los gritos que cada vez eran más fuertes y desesperados, seguían golpeando la tapa del horno pero era inútil; la esperanza que se había encendido en Martín ya no se podía apagar.

- Shadai me liberó de enemigos más fuertes que yo, me sostuvo porque se agradó de mi. Hizo en mi su voluntad y yo sigo vivo gracias a él, bestias oscuras, huyan ya porque Shadai está en mí. – dijo eso y abrió la puerta del horno de barro y nubes negras salían de entre el humo del fuego. Algunas se dirigían hacia el piso y se perdían chocando contra el césped, otras deambulaban a altas velocidades como asustadas por la luz que había en Martín; otras salían y volvían a entrar. Cuando la tercera que hizo esto, Martín se llenó de ira y abriéndose las nubes del cielo y iluminando directo en su pecho, bajó un rayo de Shadai. Se armaron dos bolas de fuego una en cada palma de sus manos, y gritó con voz de ira – ¡Por el poder de Shadai les ordenó que dejen todo lugar donde antes les deje estar!– grito ferozmente Martín – Los puedo ver no se pueden esconder más. ¡Se van! – y de inmediato el fuego se apagó y nubes en forma de reptiles negros con ojos rojos y orejas puntiagudas salieron de ahí como si una bomba de luz las hubiese espantado. Algunas caminaban como lagartijas apuradas y desaparecían al chocar con el suelo y otras volaban y frente a la luz que Martín reflejaba se desintegraban.

Martín se hizo para atrás sin dejar de mirar ese horno lleno de reptiles y de seres oscuros que salían a través de la puerta abierta. Parecía que había descubierto un hormiguero de hormigas coloradas que salían atacar a quien había perturbado su cueva, pero ninguno pudo llegar a Martín y los que se atrevieron a acercarse de inmediato se retiraban de inmediato en estampida o eran desintegrados desapareciendo del lugar. Siendo enviadas al desierto como lo dice la escritura.

Caminando hacia atrás, Martín se dirigió a la reposera que su familia tenia en el patio y se sentó en ella sin dejar de mirar ese raro espectáculo sobrenatural. Martín estaba asombrado de cómo los seres oscuros huían sin poder ante este Shadai. Nunca creyó en la fantasía pero esto superaba todo dibujo animado. Esto era real. Él ya estaba preparado para ver esto que a los ojos de otro esto seria espantoso. Era como ver a la luz terminar con la oscuridad al encender una vela, con la diferencia de que esta oscuridad, crujía, gritaba y lloraba como si se tratase de una fuerza del terror. El pequeño Asturero se sentía débil, la liberación en el había sido agotadora pero en sus ojos se podía ver la libertad y el éxito de esta. Sonreía mientras miraba sus manos arder junto con todo el fuego que descendía ha él. En aquel hormiguero de perdición que se estaba quemando bajo el poder extraño de un rayo de luz, los gritos no cesaban. Pero Martín se encontraba en una absoluta paz, imposible de comprender con la batalla que se llevaba a cabo en ese horno de barro.

Mirando al cielo y sintiendo todo el rayo blanco recorriendo por su cuerpo, dijo: “Verdaderamente esta es la vida que me podía perder, hoy puedo ser quien soy sin tener que ocultarme bajo la desesperación” termino de decir esto y Martín, en un gran suspiro, se llenó de la promesa del viento.

Continuará…


El reino de los niños - El poder secreto – Capítulo I

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