Jacinta y su adorada tetera

Jacinta y su adorada tetera. Escritora Peruana. Cuentos espirituales.

— Que alegre y suelta se le ve a la tetera joven cada vez que la veo merodear por mi alrededor. En cambio yo por ser querida, me cuidan en demasía; esta manera de actuar me asfixia. Es más, me siento presa y no gozo de la libertad que me haría feliz.

Así hablaba una tetera antigua, fue propiedad de la abuela de Jacinta la cual era una mujer muy posesiva y egoísta; ahora ella era su dueña. Ésta, con el fin de que su te-tera no se rompiese, la había guardado bajo siete llaves en la vitrina de su comedor, para que nadie pueda hacer uso de ella. Y sin saber Jacinta lo que la tetera sufría porque la tenía como reliquia, apare¬cía con el plumero con la sola intención de lim-piarla y que brillara cada día más tan sólo para contemplarla. Como consecuencia de ello, la pobre tetera cada vez entristecía más por lo inútil que se sentía. Un día, viendo a la tetera joven con qué regocijo servía a los invitados de Jacinta, se dijo:

— Esto no es justo, no puede ser, acaso estoy resquebrajada o rota para que me quiten el sentido de mi vida, pues si no sirvo, ¿para qué vivo? Sería mejor morir, ojalá pueda resbalar de las manos de Jacinta y así terminar mis días, pues en todo momento paro malhumorada. Y como un objeto sin vida me he convertido en el motivo de su corazón, de qué me vale si su amor a mí no me hace feliz, aparte es muy egoísta porque me quiere sólo para ella. Esto no es amor, que pena siento por las teteras que están en mi lugar.
Y así hablaba cuando sucedió lo contrario a su propósito. Vio que la tetera joven resbaló de las manos de un invitado y estando tirada ya en el suelo, sin pico y sin asa, a Jacinta ya no le quedó otro remedio que tirarla al tacho de basura. La tetera antigua se quedó muy preocupada al ver el final trágico de la pobre tetera joven. Y se dijo:

— ¡Qué lástima! Si era tan servicial, ella no tenía porqué morir si su vida estaba llena de alegría. Por qué sucede esto no lo entiendo, pues de qué equidad habla la gente, si todos, tarde o temprano morimos igualmente.
Y mientras hablaba, vio que la empleada de la casa iba a buscar un pequeño pedazo que había caído del pico de la tetera joven, y escuchó que también dijo:

— Qué pena, era tan alegre y servicial. Pero no importa, yo voy a hacer que vuelva a ser útil de alguna forma.
Y pegó como pudo pieza por pieza, tratando de salvar a la tetera joven, y llevándosela a su casa pensó que podía volver a servir, usándola como maceta de una hermosa flor.
La tetera antigua y adorada de Jacinta como comprenderán, quedó presa del errado amor de su dueña, y viendo todo lo que había sucedido comenzó a hacerse sabia, ya no se quejó más, había entendido que hay muchas maneras de servir, pues a ella le había tocado servir a Jacinta, alimentando su corazón para que latiera en el recuer-do de su abuela.

— No importa –dijo–, algún día Jacinta también comprenderá que todos tenemos derecho a ser felices, porque nadie es dueño de la vida de otros seres, sobre todo si con esto se nos va a quitar el sentido para el cual hemos sido creados.

Fin

Obra protegida por el Decreto Ley Nro. 822 sobre el derecho de autor del Perú.

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