Un ángel sin alas – Capítulo IV

Un ángel sin alas – Capítulo IV. Liana Castello, escritora argentina. Cuento infantil en capítulos. Ilustraciones de Nuria Jiménez. Capitulo IV Siguió caminando hasta llegar a una casa vieja y maltrecha. De su chimenea salía un humo verde, cuyo aroma era verdaderamente desagradable. Se quedó mirando un rato largo. La casa no era bonita, el […]

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Un ángel sin alas – Capítulo IV. Liana Castello, escritora argentina. Cuento infantil en capítulos. Ilustraciones de Nuria Jiménez.

Capitulo IV

Siguió caminando hasta llegar a una casa vieja y maltrecha. De su chimenea salía un humo verde, cuyo aroma era verdaderamente desagradable. Se quedó mirando un rato largo. La casa no era bonita, el lugar tampoco.

Por la ventana, se veía una mujer de nariz muy larga y baja estatura, vestida de negro y con un sombrero alto, muy alto y puntiagudo. Sobre su hombro tenía una lechuza que no para de chistar. La señora parecía estar cocinando, tenía una olla muy grande sobre unos leños ardientes y mezclaba todo el tiempo.

Si era sopa, su aroma no era nada agradable y si no lo era, tampoco.

– ¿Será esta señora lo que aquí llaman brujitas? – Dudo el angelito

– Como sea, debo preguntarle por mis alas.

Al acercarse a la casa, se topó con un sapo que salía corriendo con los ojos más saltones que cualquier sapo que se haya visto jamás.

– Aléjate o te hará sopa a ti también. Tiene el mal gusto de preparar sopa de sapos y ranas, aunque tu no eres verde y tampoco tienes verrugas, tal vez estés a salvo.

– ¿A salvo de quien? Preguntó el angelito preocupado.

– De la brujita, si no te hace sopa, en otra cosa te convertirá con sus hechizos.

De pronto, comenzó a escucharse la aguda voz de la bruja. Se había dado cuenta que el sapo había escapado y salió a buscarlo.

– ¡Nadie escapa así de mi sopa… digo de mi caldo, digo de mi casa! -gritaba la bruja.

El sapo ya no era verde, estaba blanco del susto. Sus ojos saltones parecían ya desprenderse de la cara. El angelito, dándose cuenta del peligro que corría el pobre sapo, lo tomó de una de las ancas y se quedó a su lado. La brujita, que había salido desesperada de su casa, de pronto se tranquilizó.

Los miró fijo y para sorpresa del aliviado sapo, exclamó:

– Ahora que lo pienso mejor, estoy cansada de tomar sopa de sapos, mejor preparo una de cabellitos de ángel.

El sapo respiró aliviado, pero el angelito se tomó la cabeza para salvar sus rulitos y ambos se alejaron lo más rápido que pudieron.

– Gracias amigo, me salvaste la vida – le dijo el sapito que ya había vuelto a ser verde.

– ¿No has visto un par de alas? – preguntó el angelito.

– ¿Alas de pajarito? Aquí hay muchos en el bosque – contestó el sapito.

– Alas de ángel. Mis alitas, no las tengo y si no las tengo, no seré un ángel completo y creo que no podré cumplir mi misión en la vida.

– Suena preocupante – comentó el sapo- casi tanto como que te quieran hervir en un caldo. ¿Por qué no buscas a mago Tito? Es un mago picarón que todo lo transforma con su varita mágica. Tal vez las convirtió en una flor o un hongo o ¡vaya uno a saber!

Partió el angelito a las afueras del bosque donde vivía e mago Tito, famoso ya por transformar todo en otra cosa.

Continuará:

Capítulo I

Capítulo II

Capítulo III


Un ángel sin alas - Capítulo IV

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