El sello de Lyrax

El sello de Lyrax – Capítulo II. Elizabeth Segoviano, escritora mexicana, cuento en capítulos. Ilustración de Elizabeth Segoviano. Siempre fieles En cuanto se adentraron en la carretera, la pequeña Ivy notó que la hoja manchada con el jugo de uva comenzaba a despintarse para quedar completamente inmaculada, en cuestión de segundos ya no había rastro […]

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El sello de Lyrax – Capítulo II. Elizabeth Segoviano, escritora mexicana, cuento en capítulos. Ilustración de Elizabeth Segoviano.

Siempre fieles

En cuanto se adentraron en la carretera, la pequeña Ivy notó que la hoja manchada con el jugo de uva comenzaba a despintarse para quedar completamente inmaculada, en cuestión de segundos ya no había rastro alguno de la frase, el escudo de armas ni del mapa; fue entonces cuando una extraña bruma comenzó a esparcirse por la carretera, era blanca y densa, parecía una especie de serpiente ondulándose, era como si aquella neblina intentara guiar a la familia Lyrax, y, sin el mapa, decidieron que eso era lo mejor que podían hacer.

Luego de varias horas de manejar por viejos caminos olvidados, por fin la neblina comenzó a disiparse y se descubrió frente a los ojos de la familia la imponente mansión Thorfax con su kilométrico jardín coronado por una fuente de mármol tallada con la forma de una rosa de los vientos. A la orilla de la enorme reja de hierro forjado se encontraba un antiguo auto negro, de cuyo interior salió en hombre bastante alto, su piel parecía replandecer, y usaba un par de gafas oscuras.
- Ustedes deben ser los Lyrax –decía el hombre–
- Así es –decía el papá–¿ usted es el señor Blicke?
- A sus órdenes, ésta es la mansión que les ha dejado su tatara tatara tío abuelo Sir Draco Lyrax, ha pertenecido a su familia por muchas generaciones, pero sólo la han podido heredar aquellas familias que han tenido dos hijos o más, por ello, señor Lyrax, su padre no pudo heredarla, él no tuvo hermanos…
- Pero yo tampoco tengo hermanos Blicke –interrumpió el señor Lyrax–
- Lo sé … verá, los herederos son sus hijos, Darian e Ivy, pero siendo aún demasiado jóvenes ustedes tenían que venir con ellos, ahora permítanme mostrarles su mansión.
Al abrir el enrejado los Lyrax comenzaron a recorrer el gigantesco lugar, al entrar al salón principal se podían ver paredes repletas hasta el techo de repisas con cientos, quizá miles de libros, los muebles, las alfombras y candelabros le daban un aire a un palacio medieval, había pasillos que conectaban con docenas de habitaciones, todas con vista al jardín y cada puerta estaba marcada con el escudo de armas. Aquel lugar era un verdadero laberinto, cada esquina escondía maravillosas sorpresas, que iban desde hermosas pinturas hasta pasillos secretos que terminaban en terrazas o regresaban al gran salón, cada habitación estaba lujosamente amueblada y contaba con su propia chimenea; al encontrarse en tan maravilloso lugar la pequeña Ivy comenzó a correr por doquier tratando de descubrir todos los secretos que encerraba la mansión.
- ¡Ivy espera! –le gritaban sus padres– pero la niña ya estaba demasiado lejos como para escucharlos–.
- Déjenla ir –decía Blicke– es bueno que se sienta como en casa.
- Señor Blicke, hay algo muy extraño en todo esto, la carta que nos llegó estaba en blanco, luego aparecieron el mapa y una frase, y luego… desaparecieron otra vez … y …y la neblina y …
- ¿Me permite ver la carta señor? –cuando el abogado revisó la hoja no encontró nada extraño, el mapa, la frase y el escudo estaban perfectamente marcados en una tinta color sepia– discúlpeme señor Lyrax, pero yo no veo nada extraño, y si me disculpan ahora debo marcharme, aquí les dejo las llaves de la mansión y los documentos … espero que la disfruten y cuiden bien de ella.
Los señores Lyrax estaban tan sorprendidos que no pudieron decir palabra alguna, pero el joven Darian acompañó al abogado hasta la salida, para preguntarle que es lo que debían hacer con aquella mansión, y por qué estaban ahí.
- Verás joven Lyrax –decía el hombre mientras caminaba lentamente– tus ancestros han sido guardianes por mucho tiempo.
- ¿Guardianes de qué?
- ¡Ah! pronto lo sabrás, pronto todo quedará muy claro para ti y para tu hermana. Y recuerda que la fuerza de uno no es suficiente … –mientras el señor Blicke decía aquellas palabras sacó de su bolsillo una cadena de la cual colgaba una pequeña placa de plata– semper fi Darian, semper fi.
- ¿Eso qué significa? –preguntaba el chico mientras el abogado le ponía la cadena al rededor del cuello–
- SEMPER FI ¿lo ves? Está inscrito en esta placa … es una frase en latín, “semper fidelis”, significa siempre fieles, la usan los soldados, porque son como una familia y deben ser SIEMPRE FIELES con sus hermanos, semper fi Darian, Semper fi.
- Pero yo no soy un soldado …
- Pero eres un hermano Darian–tan pronto el abogado acabó de decir aquellas palabras la densa neblina regresó y el muchacho ya no pudo ver hacia donde se había ido el señor Blicke, era como si se hubiera desvanecido; pero un repentino grito sacó de sus pensamientos al chico, era Ivy, así que corrió de regreso a la mansión y atravesando varios enmarañados pasillos llegó al ático de la casa, abrió la pesada puerta de madera y encontró a su hermanita tirada en el piso cubierta de polvo y de varias docenas de libros viejos –
- ¿Estás bien Ivy? –decía el muchacho mientras ayudaba a la niña a levantarse–
- Estoy bien Darian, sólo fue un susto, quería alcanzar un libro y luego todo se cayó … ¡oye! ¡que bonita placa! ¡mira, yo también tengo una! Significa que nada puede separarnos, porque somos hermanos ¿verdad?
- Así es … Ivy … ¿De dónde la sacaste?
- Me la dio el señor Blicke …
- ¿Pero cuando? Si el estuvo con nosotros todo el tiempo.
- No Darian, el estuvo conmigo, mostrándome las habitaciones y contándome un cuento.
- ¿Qué cuento? –pero antes de que Ivy pudiera responder, un enorme y pesado libro cayó desde lo más alto del librero y al hacerlo cientos de sus hojas quedaron volando por toda la habitación creando un remolino que giraba cada vez más y más rápido, y éste envolvió por completo a Ivy que intentaba tomar la mano de Darian.
- ¡Ivy! –gritaba el chico– ¡sujétate!
- ¡Darian! ¡ayúdame! –pero el muchacho no podía acercarse al remolino, aunque lo intentaba con todas sus fuerzas, entonces las hojas de papel cubrieron toda la habitación e Ivy desapareció, sólo quedó el eco de su voz diciendo ¡semper fi Darian!–
- ¡Te voy a encontrar Ivy, soy tu hermano y te voy a ayudar! … semper fi Ivy, semper fi… –pensó el muchacho–.
De repente unos pasos se escucharon, eran los padres de Darian que, asustados se apresuraron a ver que sucedía.
- ¿Darian, porqué gritas?
- Ivy … mamá … se ha perdido …
- ¿Pero de qué hablas? Ivy está aquí –entonces el joven volteó la mirada y vio a su hermanita, sosteniendo la mano de su papá–
- Chicos –decía el papá– creo que ya tuvimos demasiadas aventuras por hoy, regresaremos a casa ¿les parece?
Darian asintió y comenzaron a caminar hacia la salida, y fue entonces cuando el joven notó algo muy extraño; en la habitación llena de hojas estaban los zapatos de Ivy, y , sin embargo, la niña que iba en brazos de su papá tenía puestos sus zapatos. Darian sintió un vuelco en el estómago, ¿acaso era su imaginación que estaba jugándole una mala pasada? Durante todo el camino de regreso no podía dejar de mirar a su hermanita, se veía algo diferente, un tanto pálida, y estaba demasiado callada, ella no era así, se sentía diferente, Darian no sabía que era pero aquella niña no era Ivy podía sentirlo, no podía explicarlo, pero lo intuía, aquella niña no era su hermanita, él la conocía bien desde que era un bebé llorón y aquella niña tan seria, bien portada y callada no era Ivy, pero si ella no era su hermana ¿en dónde estaba Ivy? …

Continuará…

Capítulo I: http://www.encuentos.com/cuentos-en-capitulos/el-sello-de-lyrax/

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