Chicho cara de pecas – Capítulo I

Chicho cara de pecas. Lázaro Rosa. Educador y escritor cubano radicado en Montreal, Canadá. Cuento en capítulos. El flaco Chicho se levantaba diariamente a las seis de la mañana para pintar en el cielo un arcoíris de vivos colores, detrás de su casa, y de esta forma sorprender a todos sus vecinos con amaneceres cargados […]

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Chicho cara de pecas. Lázaro Rosa. Educador y escritor cubano radicado en Montreal, Canadá. Cuento en capítulos.

El flaco Chicho se levantaba diariamente a las seis de la mañana para pintar en el cielo un arcoíris de vivos colores, detrás de su casa, y de esta forma sorprender a todos sus vecinos con amaneceres cargados de fuerte luminosidad.

Esto estaba muy bien, no obstante, Chicho era un niño incomprendido que tenía la fama injustificada de tratar mal a los animales cuando realmente lo que se proponía, la mayoría de las veces, era socorrerlos.

-Los buenos propósitos en ocasiones pueden parecer exagerados, depende del ojo que esté observando—Comentaba la anciana Antonia cuando se dirigía a la madre del pequeño.

En la escuela a nuestro chico, algunos de sus compañeritos, le llamaban el flaco con cara de pecas. Y en efecto, el muchachito tenía tantas manchas color café en su rostro que parecía que desde su nacimiento lo habían expuesto a tomar el sol tropical escondiéndolo tras un colador.

Me refiero a esos artefactos que se usan para escurrir la leche y separarla de su nata cremosa y la mantequilla.

Cuando el pecoso estaba de buen humor, cuando su abuelito Esteban le
compraba sus sabrosos helados de chocolate o vainilla, el niño no se aburría de decorar los días, en el verano, con adecuados y vivos colores.

Sin embargo, si por algún motivo se sentía enojado, arrastraba una escalera larga y empinada para luego ir por una espesa brocha, junto con un cubo desbordado de pintura gris, y dando treinta brochazos contra las nubes transformaba las tardes, que habían sido anteriormente tranquilas y soleadas, en lluviosas y grisáceas.

Un buen día nuestro Chicho tuvo un serio problema con el gato Klaus

¿Quién es Klaus?, pues, de inmediato, vamos a conocerlo.

Una mañana temprano el pecoso quiso obligar a bañarse a este señor bigotudo que era propiedad de su abuelo. Lo quería zambullir en una tina con agua que había en el patio de su casa y por esta razón el gato se esforzaba, a toda costa, por escaparse de entre sus manos.
Chicho afirmaba que Klaus debía bañarse a diario, que esta práctica era por su propio bien. Según el niño su maestra siempre le recordaba en la escuela que la higiene tenía que comenzarse por las mascotas que se guardan en la casa.

Chicho cara de pecas   Capítulo I

Era un consejo elemental en materia de sanidad que a Klaus no parecía interesarle en lo absoluto. Las intenciones de Chicho podrían ser las mejores, sin embargo el peludo animalillo abría sus patas amarillas, lo más que podía, intentando aferrarse con sus uñas a las resbalosas paredes de la tina para de esa manera evitar tocar el agua.

Al fin y al cabo Klaus logró escapar en la primera oportunidad que tuvo y por más que Chicho se pasara medio día corriendo, de aquí para allá detrás de la mascota, nunca logró alcanzarla.

Klaus se perdió de casa por varias semanas y por esta grave situación Esteban (el abuelo) no volvió a comprarle a su nieto sus acostumbrados y cremosos helados.

El pecoso estaba triste y se miraba algo enfadado–¿por qué huyó Klaus?–Se preguntaba una y otra vez muy confundido—Yo sólo quise ayudarlo para que luciera limpio y con su gran bigote bien peinado.

Escuchando los consejos de su abuelo Chicho volvió a subirse en su larga escalera para renovar la pintura en el cielo, dándole ahora al espacio un color azul casi desbordado. Luego decidió vestirse con un short, tenis deportivos y una camiseta a rayas verdes y naranjas, para ir en busca del gato caprichoso que se había extraviado.

-Muy bien, está bien, mañana yo viajo hasta Australia y demoraré quizás dos semanas por allá, quisiera ver de nuevo a mi gato Klaus cuando esté de regreso en la casa—Murmuró el viejo Esteban.

Fue así entonces que antes de dejar su hogar, luego de despedirse de su abuelo, el pequeño pecoso cargó en su mochila varios trozos de panes, dulces de vainilla y un gran termo con agua fresca.

También se puso una gorra celeste con la que acostumbraba a jugar beisbol y tomó una especie de micro lupa que su mamá le había comprado tres días atrás.

Antes de marcharse definitivamente, bastante avispado como siempre, Chicho se subió a su escalera y volvió a revisar el tiempo para dejar el cielo estacionado en un permanente mediodía.

Además pintó una nube blanca y un amplio sol para que éste estuviera iluminando las mañanas hasta que él se regresara con el gato. De esta manera quería evitar que las noches fueran a sorprenderlo en el largo viaje que le esperaba, los caminos serían extensos y desconocidos.

-No quiero dormir, no puedo dormir, mi propósito es hallar cuanto antes al caprichoso Klaus—Así anduvo cantando el pecoso hasta que se llegó a los pies de unas montañas cuyas cúspides se perdían dentro de unas nubes pasajeras que transitaban por las alturas.

-¿Has visto a mi gato llamado Klaus?, ¿Lo has visto pasar por aquí?—Le preguntó el niño a una cabra montés que pastaba tranquilamente en un verde y ancho sendero que corría entre las rocas.

-No he visto a nadie, no sé de quién me hablas—Contestó la cabra sin ni tan siquiera mirar al recién llegado para no dejar de comerse las hierbas—Sin embargo creo que ayer escuché los maullidos de un gato, o varios gatos, puede ser que hayan sido varios, ¿quién podría saberlo?.

-Pero… ¿cómo aseguras que fue ayer si yo dejé el tiempo estacionado en un mediodía permanente y no ha vuelto a oscurecer desde que salí de mi casa?—Volvió a preguntar Chicho algo desorientado.

-Dije ayer como pude haber dicho hoy, o antes de ayer, ¿quién sabe?—Murmuró la cabra, sin mirar nunca al chico, mientras se volteaba para alejarse del lugar despacio y dando tumbos—

¿Quién podría saberlo? –Continuó murmurando el blanco animal.

Tras el sorpresivo tropiezo con aquel rumiante solitario Chicho continuó su camino, ahora más deprisa, sin detenerse a descansar ni tan siquiera un segundo. No dejaba de pensar, ni por un momento, en el regreso de su abuelo y en Klaus:

-¿Cómo la estará pasando en este instante ese gato escurridizo que tanto miedo le tiene al baño?

El pecoso anduvo caminando muchas horas hasta que se le ocurrió registrar en su mochila para buscar su micro lupa, comer algo de sus panes y tomar mucha agua porque la sed le quemaba la garganta.

Todo ello lo hizo sobre la marcha, sin detenerse. En lo adelante la micro lupa le serviría al pecoso para seguir las posibles huellas que hubiese dejado a su paso Klaus. Eran infinitas las marcas que se miraban.

Después de transcurridos dos días, al cruzar saltando sobre un estrecho arroyuelo, Chicho descubrió varias señas de uñas muy similares a las de su mascota, por los rasgos y la forma en que penetraban en la tierra, además encontró regados sobre el terreno varios pelos amarillos que, sin dudas, habían pertenecido a Klaus.

Siguió andando, de vez en cuando saltando por encima de algunas ramas caídas en los bosques y de repente el pecoso observó a una ardilla negra que comía nueces sobre uno de los gajos más altos de un elevado abedul.

-¿Por casualidad has visto por estos rincones a un gato llamado Klaus?—Preguntó el niño mientras continuaba hurgando en la tierra con su micro lupa.

-Creo que antes de ayer escuché varios maullidos de algunos gatos: miau, miau, miau —Respondió la ardilla, sin dejar de moverse de un lado al otro sobre su alto paraje, sosteniendo una nuez con sus paticas delanteras.

-Pero… ¿cómo puedes asegurar que los maullidos se produjeron antes de ayer si yo he dejado el sol de manera permanente pintado en el cielo y no ha hecho más oscuridad, no han ocurrido más noches, desde que salí de mi casa?—Preguntó nuevamente Chicho, ahora más consternado que nunca, a la vez que abría enormemente los ojos y movía los hombros.

-Es cierto que no han ocurrido más noches como tu bien dices, pero yo siempre cuento las horas en el reloj electrónico que tengo colgado al otro lado de mi árbol, fue un regalo que mi papá me hizo el año pasado—Confirmó, bien vanidosa, la ardilla—Si cada día tiene veinticuatro horas y yo he contado setenta y dos de ellas, desde que escuché los últimos maullidos, entonces estos se dieron antes de ayer ¿no te parece precisa mi cuenta?

-Ciertísimo, muy cierto, ¡qué bien!—Murmuró el pequeño en voz alta—Es muy lista esta gran saltadora,

¿quieres ser mi compañera de juegos durante los recesos que me ofrecen en la escuela?

Esta última pregunta del chiquillo se quedó sin respuesta porque el hábil y simpático roedor desapareció, de inmediato, metiéndose dentro de un hoyo que se miraba a sus espaldas en el tronco del abedul.

Sin volver a hablar, sin murmurar ni tan siquiera media palabra más, nuestro Chicho continuó su búsqueda y al pasar otros tres días se subió en una baja colina donde descubrió una cueva que se hacía cada vez más oscura hacia su interior.

En ese preciso momento el niño pudo escuchar varios maullidos de una forma ininterrumpida que, sin lugar a dudas, podrían provenir de la garganta de Klaus.

Sin pensarlo dos veces decidió entrar a la cueva y en efecto, mientras más se adentraba en ella, los maullidos retumbaban más cercanos a sus oídos.

-¡Encontré a Klaus!, ¡encontré a Klaus!—Repetía el chico sin detenerse mientras saltaba de la alegría–¿Será en efecto Klaus, o se tratará en este caso de algún gato fiero y salvaje?

Fue así que llegando hasta un amplio claro donde el sol penetraba con alguna fuerza, Chicho se llevó una gran sorpresa cuando pudo ver que su mascota, o la de su abuelo Esteban, se hallaba acompañado de una joven gata de ojos verdes y color grisáceo, a la que llamaba Martha.

-Ahora tendrás que cargar con los dos, si es que vienes por mí—Dijo, medio sonriente, el gato escapado mientras miraba al niño que acababa de aparecer—Como ves ahora somos dos y no quiero separarme nunca de esta linda gatita a la que ya le he propuesto una unión eterna…

-Pues bien, si es eso lo que quieres se hará tu voluntad, que así sea, pero nos vamos de inmediato, debo llevarte de vuelta a casa antes de que mi abuelo regrese de su viaje por Australia, nos vamos ya, saludos Martha—Fueron las palabras de Chicho mientras se quitaba la gorra y se secaba el sudor de la frente con su pañuelo.

Continuará…


Chicho cara de pecas - Capítulo I

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