Chicho cara de pecas – Capítulo III

En poco tiempo, por lo precoz que era aprendiendo en la escuela, Chicho, aún siendo niño; se convirtió en el médico veterinario de todo el pueblo.

Curaba elefantes, caballos, camellos y hasta a un bebito dinosaurio, sobreviviente, que, por quedar extraviado de época, se había llegado una noche llorando hasta su patio. Al dinosaurio Chicho lo nombró Aparecido y éste, a diferencias del gato Klaus y su familia, se pasaba todo el tiempo metido dentro de la profunda laguna que había crecido tras la casa del pecoso.

La peor dificultad con Aparecido era que se lavara los dientes por las mañanas. El bebé dinosaurio tenía una boca y un pescuezo tan extensos que se necesitaban, para sus enjuagues, dos tanques plásticos y azules llenos de agua oxigenada.

Esto, además de la pasta dental con sabor a menta, una escalera y un alargado cepillo rojo con que se le pudiera llegar hasta las inmensas muelas. Chicho quería que Aparecido aprendiera a lavarse la boca y semejante tarea era en extremo difícil.

Sin embargo el niño terminó acostumbrándose a ella y regresaba a la laguna, tres veces al día, trayendo consigo grandes bolsas con hierbas para que el dinosaurio las devorara en cuestión de minutos.

En una ocasión, por error, el dinosaurio se tragó también una de las bolsas de papel doble y por esta causa anduvo dos semanas con fuertes dolores de estómago, fiebres y vómitos que se les controlaron gracias a las vacunas de inmensas jeringas y a las píldoras, del tamaño de aguacates, que Chicho les hacía tragar cada cuatro horas.

En menos de cinco meses Aparecido llegó a medir ocho metros de altura y ya tenía por costumbre salirse de su laguna para pasearse corriendo, por las calles del pueblo, junto a Klaus y Martha, que también traían consigo a sus hijos. No obstante, el astuto gato se cuidaba mucho de que el dinosaurio pudiera pisarlo, al correr, con sus enormes y anchas patas traseras. Klaus aseguraba que desde la elevada altura en que Aparecido tenía los ojos, éste apenas podría distinguirlo cuando corriera.

Razones no le faltaban al minino porque, una tarde de lluvias, su gigantesco amigo emprendió repentinamente una ruidosa carrera por la calle central del pueblo, en dirección a su laguna, mientras movía para sus costados sus cortas patas delanteras y gritaba: mamá, mamá, mamááááá… Si Klaus no llega a lanzarse como un disparo hacia su lado derecho, rumbo a una tienda de ventas de juguetes que le quedaba bien cercana, hubiese sido aplastado como una hoja de laurel sin que Aparecido, ni tan siquiera, lo llegara a advertir. Después de suspirar muy profundo, tras el gran susto, y de limpiarse el sudor de su cara y de su largo bigote, el gato, medio sonriente, comentó en voz baja con su esposa Martha:

¿Quién le habrá asegurado a nuestro amiguito el dinosaurio que su mamá y su papá vendrán con la lluvia?

¿Quién sería el desinformado que le habrá hecho creer semejante disparate?

Luego de sus palabras Klaus no pudo evitar que se le escapara un eructo apagado, silencioso, que casi llega a rozar la cara de Martha.

–¡Alabado!, se me acaba de salir el pescado con repollo que hace apenas dos horas me comí, con buen gusto, en casa de Chicho—Terminó asegurando altivamente el gato.

–Tienes que tener mucho cuidado con Aparecido, muchísimo cuidado, él es un gigante pero a la vez es un bebito corretón que anda, sin compromiso alguno de aquí para allá, buscando a su mamá y a su padre; recuérdalo siempre, tenlo presente todo el tiempo, como también deben tenerlo en cuenta nuestras criaturas—Fue la respuesta de la meditativa Martha sin poder evitar una sonrisa a medias.

Transcurrida una semana desde este hecho, al observar que el dinosaurio seguía creciendo sin detenimiento y de una manera descomunal, además de que su cuello sobrepasaba ahora las ramas de los viejos árboles que rodeaban la casa; Chicho decidió irse hasta la escuela para solicitar que le enviaran un maestro especializado en historia antigua que tuviera también mucha paciencia.

El experimentado educador vendría todas las mañanas hasta la laguna para abordar una amplia canoa y de esta forma impartirle al jovencito Aparecido algunas clases de historia y hablarle, en general, de sus padres, sus abuelos, y bisabuelos. Además le contaría sobre las cuevas y los lejanos lugares donde vivían sus ancestros, teniendo siempre la precaución de nunca decirle que se habían extinguido para no causar los gritos de alarma en su alumno.

Según el maestro a su nuevo estudiante lo estarían buscando, desesperadamente, por otras regiones del tiempo, porque los dinosaurios mayores no lograban encontrar el pueblo donde ahora estaba viviendo.

Por esta misma razón no lograban hallar tampoco la casa del pecoso y de su abuelo Esteban, a pesar de que Chicho había alcanzado la fama de ser el mejor veterinario de su época y que, con tan solo doce años de edad, se había graduado de doctor para curar a cualquier animal, ya fuera doméstico o salvaje, que proviniera de las selvas.

El elefante Elio y el camello Tito, ambos vecinos del pequeño, se habían recuperado de sus intensos dolores de espaldas, como de sus pesadas contracciones musculares, gracias a las grandes cubetas de té verde y caliente que Chicho les mezclaba con medicamentos para que los tomaran por las noches, después de las nueve, antes de irse a la cama.

Dado el tamaño descomunal de Aparecido se hizo necesario agrandar todos los meses la laguna del patio de don Esteban ya que el dinosaurio, al cumplir únicamente su primer año de edad, llegaba a sobrepasar los veinte metros de altura. Por su cuello infinito y cada vez más robusto Aparecido podía acariciar, como también besar, a muchas estrellas que navegaban en las noches, a baja altura, sin un rumbo fijo y definido.

Parecían extraviadas y fosforescentes luciérnagas que deambulaban por la anchura del cielo, hasta el mismo amanecer, cuando Chicho llegaba con un camión, cargado de grandes hierbas, para el desayuno de su enorme amiguito.

Fin

Capítulo I

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Capítulo II

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