Chicho cara de pecas – Capítulo II

Chicho cara de pecas – Capítulo II – Lázaro Rosa. Educador y escritor cubano radicado en Montreal, Canadá. Cuento en capítulos.

Tras este breve reencuentro el pecoso y sus dos mascotas emprendieron, tan rápido como les fue posible, el camino de retorno al pueblo. Como es de suponer el niño se miraba ya algo agotado sin embargo no se detuvo nunca a descansar ni tan siquiera un segundo y por esta razón, en solo dos días, estaban entrando los tres por las puertas de su añorado destino.
-Al fin regresó Chicho, al fin está de vuelta—Comentaba la anciana Antonia al mirar a la  madre del pequeño
—Al fin tendremos nuevamente nuestras noches para dormir, yo estoy como sonámbula desde que este travieso se fuera tras su gato y dejara el cielo estancado en un mediodía, al fin volveré a dormir en verdadera paz, tienes que quitar los mosquitos de los árboles y también los que habitan ahora sobre los charcos de agua.
Sin dudas Antonia se miraba muy feliz y en ese preciso momento, mientras caminaba a paso ligero, se flotaba sus manos húmedas sobre la tela de un delantal naranja que llevaba colocado sobre su vestido marrón.
El viejo Esteban, por su parte, también acababa de llegar de su viaje por Australia
desde donde había traído un bebé koala. Estaba bien animado por el reencuentro con su nieto y con su gato Klaus quien, a su vez, había vuelto en compañía de la tímida Martha.

A partir de ese día fueron varias las mascotas que tuvieron su hogar en la casa de Chicho y por ello el abuelo comenzó a pensar que su precoz nieto fuese un buen médico veterinario, en cuanto fuera posible.
Pasaron tres meses del regreso de Klaus y para entonces la gata Martha parió tres inquietos mininos que se movían sin descansar, de un lado al otro del piso, cuando a duras penas lograban abrir los ojos.
De ahora en lo adelante Chicho se sentaría, tarde tras tarde, en una silla en el portal de su casa para disfrutar mejor de los sabrosos helados de frutas que su abuelo les compraba. Los compartía con Klaus, con Martha y también con los grises, desprevenidos y pequeños gatitos que crecían tan veloces como las espigas del trigo.
El abuelo se notaba bien alegre, a diario le compraba al niño un helado por cada uno de los gatos. Por ello el nieto comía tanto que parecía reventarse.
–No debes volver a intentar que yo, Martha o alguno de mis bebés nos metamos a las fuerzas dentro del agua, mucho menos si estamos en el invierno, por ello podríamos   pescar una fuerte neumonía, tienes que darnos tiempo y tener mucha paciencia con nuestros aseos. Los gatos, como cualquier otra clase de mascota, tenemos nuestras propias costumbres y es de esa manera que la vida nos resulta placentera y agradable.
Estas advertencias Klaus se las dirigía a Chicho con bastante frecuencia para que nunca las olvidara precisamente frente al viejo Esteban quien, a su vez, miraba de lado al nieto y hacía movimientos afirmativos con la cabeza respaldando a su inteligente mascota.
Sin embargo a los diez minutos el abuelo prefería cambiar el tema de la conversación:
–Australia es un exuberante y gigantesco país, yo deseo Chicho que en el futuro tú seas un buen veterinario para que te llegues conmigo hasta las entrañas de sus bosques y desiertos a socorrer canguros, ornitorrincos y koalas; no tienes por qué temerle a los cocodrilos, no son tan malos como muchos aseguran, aunque tampoco debes buscar nada dentro de la boca de ninguno.
El abuelo repentinamente comenzaba a mirar a la lejanía, quizás hacia un sur distante, pero sin  dejar de mostrar su satisfacción. Desde aquel entonces no pasó mucho tiempo para que Chicho, con bastante frecuencia, volviera a subirse en su empinada escalera y comenzara a salpicar el tiempo con noches suaves y calladas bien propicias para que sus vecinos lograran dormir.

Además, por aprobación de todos los habitantes del pueblo, nuestro pecoso aprendió a disipar los irritantes calores del verano, suavizando las tardes con ligeros brochazos cargados de brisas pasajeras.
Chicho volvió a levantarse diariamente a las seis de la mañana. Esto se tornó para el niño una rutina mediante la cual mantenía el cielo envuelto en una intensa capa azul. Pero incluso, algún mes del año, hacía caer lluvias imprevistas, moderadas, para ayudar al crecimiento de las plantas y vegetales en los nuevos jardines que iban apareciendo.
Hasta la huerta del pequeño comenzaron a llegarse ahora, para comer, cientos de conejos junto a miles de juguetonas ardillas negras y bronceadas.
Chicho terminó pidiéndole disculpas a Klaus por su incorrecto comportamiento, por quererle imponer al gato sus baños por la fuerza. Con todo y ello la mascota prefería estar siempre a buen resguardo de aquella tina enorme que permanecía, todo el tiempo, desbordada de agua fría en el patio del viejo Esteban.
–Los gatos tenemos nuestras propias preferencias, le tenemos miedo al agua pero ¿por qué querer que cambiemos de manera obligada nuestros gustos si con ellos somos optimistas y nos sentimos de maravilla?–Se vanagloriaban Klaus y su esposa mientras caminaban por el jardín tomados de las manos, acompañados de Betty, Paul y Robert; sus tres hijos que los igualaban en tamaño, por la rapidez con que crecieron. La mayor de todos era Betty.

Continuará…

 

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