Adrián en Bicicleta (Capítulo II de Adrián y el Caballo con Alas)

Adrián en Bicicleta. Lázaro Rosa, escritor y ex educador cubano. Cuento en Capítulos.

Capítulo II

-¡Que cabeciduro es ese Adrián!—Comentaba Natacha la vecina de doña Regina

– Acaba de salir del hospital y ahora anda como un cohete encima de esa bicicleta con un brazo enyesado y todo, ¡que cabeciduro es ese niño!, ¡pobre de su abuela! Adrián hacía una semana que había dejado el hospital y aún llevaba el brazo izquierdo envuelto en un yeso por el accidente que tuviera con el poni al querer hacerlo volar.

Con todo y ello, a pesar de sus muchos golpes, ahora se proponía pasar a toda velocidad en la bicicleta por entre un pasadizo, muy estrechito, que separaba el patio de su escuela de la calle.

-Es imposible que puedas pasar en tu bicicleta por ese pasillo Adrián, eres muy obstinado, está tan estrechito ese corredor que el maestro Roberto no lo puede caminar…

-Ese maestro es gordo y barrigón, tiene la panza tan grande que no cabe por el pasadizo pero yo si lo paso, ¿quieres apostar algo conmigo?…

-Esta vez te vas a romper la cabeza y vas a estar tres meses más en el hospital, eres tan cabezón que nunca le haces caso a nadie Adriancito, deja esa tontera y vámonos ya—Aconsejaba el precavido Hermes al caprichoso

– Yo soy tu mejor amigo y te estoy pidiendo que nos vayamos a mi casa a ver la tele…

-Mañana te voy a demostrar lo que yo puedo hacer, tú bien sabes que cuando me propongo una cosa nadie me quita la idea, me dices cabeciduro pero ya me verás pasar en la bicicleta por ese pasillo estrechito y salir a la calle…

-Eso no lo creo, ya te veré nuevamente con otro yeso, pero esta vez enrollado en la cabeza, y a tu abuelita dándote la comida en la boca como si fueras un bebito de ocho meses de nacido, vas a llorar y a lamentarte muchísimo nuevamente.

A diferencia de Adrián, Hermes era un niño muy precavido y entendía muy bien que su mejor amiguito era demasiado obstinado, que cuando se le metía algún disparate entre las cejas nadie podía convencerlo del error.

Tratar de aconsejar a Adrián era como correr detrás de los gatos del monte para enjaularlos y Hermes, como todos los amiguitos de su clase, estaba convencido de ello.

Con el aventurero había que tener mucha paciencia. Por esa razón solo cabía esperar al día siguiente para asistir a la peligrosa carrera y ver sus resultados. ¿Qué más podría hacerse en una situación como esta?

-Yo me voy Adrián, te dejo solo para que sigas practicándote, no olvides usar el casco protector…

-Yo no necesito protección alguna por el momento, será tan fácil la meta que no necesitaré ponerme ningún casco, ya lo verás, mañana nos vemos en la escuela…

-Lo que te has vuelto a proponer es otro de tus disparates perooo, ¡ya tú sabrás!—Fueron las últimas palabras de Hermes antes de darse media vuelta llevando la mochila y los cuadernos a sus espaldas, para luego detenerse bruscamente y gritar:

-Le avisaré a tu abuelita que irás al parque en la bicicleta, ella debe estar bastante preocupada por tus locuras. Los últimos gritos del amigo Adrián no llegó a escucharlos porque se había alejado, a gran distancia, haciendo malabares sobre su vehículo que, como por arte de magia, se volvía a ratos un biciclo con una gigantesca rueda delantera que marchaba a toda velocidad.

El obstinado, lo mismo se paraba de cabezas sosteniéndose sobre el timón con su brazo derecho, que volaba luego por encima de una fuente llena de agua, situada en el centro del parque, hasta donde comenzaron a llegarse varios transeúntes que se escandalizaban al observarlo.

-¿Este no es el niño del poni? ¿Este no fue el que quiso hacer volar al pobre caballito poniéndole aquellas alas tan largas? —Se preguntaba un hombre grueso, con ancho bigote, en medio de su asombro.

-Bueno, con el poni no pudo volar pero ahora sí lo está logrando con ese vehículo que, por minutos es una bicicleta, pero luego se transforma en un alto biciclo, ¡qué raro! ¿cómo puede hacer eso?—Se cuestionaba también una mujer regordeta que no dejaba de comer de un pan que cargaba en su bolsa.

-Ese es el loquillo de mi barrio, es bastante famoso, es el nieto caprichosito de doña Regina— Comentó un segundo hombre que usaba una gorra y espejuelos de sol y había llegado, recientemente, para sumarse al grupo de observadores.

-¡Miren!, ¡miren como pasa volando por encima del agua de la fuente!, se va a romper la cabeza si llega a caerse ¿su abuela conocerá de esos arrebatos?—Siguió murmurando la mujer regordeta sin dejar de comerse su pan

– Auxilio, yo pido auxilio por este caprichoso, ¡miren!, ahora la bicicleta se ha vuelto un biciclo ¿cómo logra hacer esas cosas? ¿Estoy teniendo alucinaciones?… –

-Para nada doña Teresa, todos vemos lo mismo que usted, ¡miren!, ahora el biciclo se volvió a convertir en una bicicleta y la rueda delantera se ha hecho otra vez pequeña pero sigue andando a toda velocidad, tengan cuidado, ¡mucho cuidado!, corran, corran…en estos momentos el malcriado viene como un disparo contra nosotros.

Tras la alarma y los gritos, de los que daba la segunda señora que estuvo hablando con la regordeta, los observadores del parque se alejaron a la carrera hacia todas las direcciones.

Momentos después Adrián pasaba, velozmente, por el mismo sitio donde ellos se detuvieran a conversar. Luego de su travesura el cabeciduro se reía a carcajadas y continuaba maniobrando el vehículo con su mano derecha hasta que fue disminuyendo la marcha para comenzar a moverse haciendo grandes círculos.

En esta ocasión Adrián se quedó en el parque, hasta bien entrada la noche, para después irse bastante cansado, con mucho sueño, hasta su casa. parque Al llegar el otro día, antes de las nueve de la mañana, el chiquillo regresó a la escuela luciendo su biciclo que también se transformaba, continuamente, en una elegante y colorida bicicleta.

Todos los amiguitos de su aula estaban expectantes porque llegara la hora del receso para acudir a la prueba que se celebraría a la entrada del pasadizo.

¿Podría pasar Adrián con su vehículo mutante a través de ese corredor tan estrechito? ¿Podría pasar el cabeciduro, desde el patio de la escuela hasta la calle, por un pasadizo por el que no cabía caminando ni el maestro Roberto?

Esas preguntas, como tantas otras, se las hacían casi todos: Hermes, Fermín, Armando, Raúl, Consuelo, Damián, Manolito, Alejandra, Orquídea, en fin, muchos de los que estaban junto al caprichoso en la misma aula aunque, como era de esperarse, la gran mayoría aseguraba, de la manera más rotunda, que eso era una meta imposible de realizar.

Sólo Consuelito se mostraba algo optimista con aquel disparate porque, según ella, confiaba en las destrezas y habilidades de Adrián. Cuando concluyó el turno de biología, tras sonar el timbre que anunciaba el receso esperado por todos, los niños abandonaron el aula, a toda prisa, siguiendo los pasos de Adriancito el obstinado.

–Usa el casco Adrián, es mejor que te lo pongas para protegerte de los golpes en la cabeza, uno nunca sabe lo que puede pasar—Volvió a recordarle Hermes.

–No es necesario que use el casco de protección, para mí será todo tan sencillo que no voy a necesitarlo en lo absoluto, no tengas tanto miedo conmigo mi amiguito—Replicó el atrevido ciclista.

Todos los chicos estaban agolpados en el patio, muy cercanos al corredor, cuando Adrián se alejó más de trescientos metros del lugar para luego regresar pedaleando, tan fuertemente, que la bicicleta parecía un disparo acabado de salir de la boca de un cañón. Los niños miraban aquel bólido en silencio, con los ojos desorbitados, hasta que escucharon un gran bullicio: catapluuummmm…

El estruendo se debió a que el aventurero fue directamente a chocar contra la entrada del pasadizo para luego salir catapultado, con su bicicleta y todo, desapareciendo por los aires. De esta manera Adrián fue elevándose y subiendo, sin detenerse nunca más, hasta que se perdió completamente por entre las brisas que giraban contra el cielo.

–¿Adónde fue a caer ese cabeciduro? ¿A qué planeta iría a parar nuestro amiguito el testarudo?—Esas eran las preguntas que se hacían Fermín, Hermes y Manolito sin dejar de mirar hacia lo alto con las manos cubriéndose los ojos. –

-Yo creo que mi amiguito ha logrado volar, por fin Adriancito ha volado como el siempre lo quiso sin necesidad de usar un caballo, me imagino que habrá ido a caer sobre un joven asteroide que lo llevará a conocer los rincones del universo donde viven las estrellas más alejadas—Estas eran las palabras que se escuchaban de la boca de Consuelito mientras saltaba, sin detenimiento, mostrando una fuerte emoción y también se preguntaba:-

-¿Cuándo volveré a verte Adriancito? ¿Cuándo te volveré a ver mi amiguito empecinado?…

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Continuará…

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