Un sánguche para cada uno

Un sánguche para cada uno

Un sánguche para cada uno

Un sánguche para cada uno. María Inés Casalá y Juan Carlos Pisano, escritores argentinos. Cuento para leer en familia. Cuentos espirituales.

Don Francisco era el casero del campo de deportes del colegio de Los Molinos, y se había comprometido con los padres de los alumnos a ocuparse de una tarea importante. Todos los sábados, a media mañana, cuando había un descanso en el campeonato de fútbol, les daría un sánguche a cada uno y mate cocido en invierno o jugo en verano.

Los papás, organizadamente, reunían el dinero necesario para hacerse cargo de todos los gastos que ocasionaba preparar este refrigerio. Además, lo hacían con mucha alegría, porque don Francisco trataba muy bien a los chicos y cuidaba la limpieza del lugar con extremada pulcritud y, por supuesto, la calidad de los productos que les ofrecía era de primera calidad. Además, por unas pocas monedas se ahorraban el trabajo de prepararles la vianda.

Don Francisco colocaba los vasos y los jarros sobre una mesa, y los chicos y las chicas se acercaban adonde él tenía un carrito con la bebida y la comida. Jamás alguien se quedó sin comer su porción. Los sánguches siempre alcanzaban y eran riquísimos. Cierta vez, uno de los papás que había ido al Campo de Deportes como espectador del campeonato se ubicó a cierta distancia del lugar donde se reunían para el refrigerio, a contemplar lo que hacía don Francisco.

Cuando los chicos y las chicas se fueron a jugar y don Francisco comenzó a levantar los jarros para lavarlos y las servilletas de papel para arrojarlas a la basura, se acercó y le dijo:

–Usted no se acuerda de mí, pero yo sí de usted. Yo venía a este mismo campo de deportes cuando era chiquito como mi hijo, y no he vuelto a comer sánguches como los suyos.

– ¿Vos sos Lucho, del grupo de Lucardo, Pérez y el flaco Martínez? –dijo Don Francisco mirándolo a los ojos.

– ¿Cómo se acuerda? –preguntó el hombre asombrado–. Deben haber pasado muchísimos niños por acá. ¿Usted se acuerda de nosotros por lo que le hacíamos?

Don Francisco sonrió, no dijo nada y siguió acomodando las cosas.

–Sabe, durante muchos años me quedé pensando que usted sabía que alguno comía más de un sánguche. No es difícil darse cuenta, porque si hubiera preparado la cantidad justa, alguien se hubiera quedado sin comer.

–Sí, me di cuenta, y lo comenté con los padres y los profesores. Me dijeron que era mi responsabilidad y que ellos no podían hacer nada. Entonces, hablé con el grupo reunido y dije que los sánguches eran uno para cada uno, pero me siguieron faltando. ¿Qué iba a hacer? ¿Numerarlos? ¿Gritarles? ¿Retarlos? ¿Contratar a alguien para que los vigile? Nada de eso va con mi personalidad. Entonces pensé que, aunque ustedes hicieran algo que no estaba bien, yo no podía ir en contra de mi forma de ser. Yo los quería y me había comprometido a darle un sánguche a cada uno. Debía ser fiel a la palabra dada y a mí mismo. No le di más vueltas al asunto y empecé a preparar sánguches de más.

Fin

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