El misterio de los chocolates

CUENTO DE LIANA CASTELLO

Cuento infantil educativo con valores sugerido para niños a partir de nueve años.

Fue una suerte que se develara el misterio de los chocolates, por un momento pensé que no volvería a probar uno.

Mi abuela nos visitaba una vez por semana. Un día, vino con un chocolate para mi hermanito, otro para mi hermana y otro para mí. Un chocolate grande y distinto para cada uno. Le dimos las gracias, la llenamos de besos y guardamos los chocolates para luego de la cena. La abuela nos dijo que, como cada chocolate era grande, debía durarnos hasta su próxima visita. De ese modo, ella estaba segura que nuestros dientes y nuestra pancita no se resentirían y podría traernos muy tranquila, otro chocolate la semana siguiente.

Hice lo que me dijo la abuela, fui comiendo de a poco mi chocolate y me encantó. También me gustó mucho el que le había traído a mi hermanito. A papá y mamá también les gustaron ambos y cuando le convidé a mi hermana, me contestó algo que me resultó extraño:

-Espero que tu chocolate sea más rico que el mío, la verdad muy amargo me resultó.

-En cambio el mío es dulce y riquísimo, toma prueba-dije ofreciéndole un trocito.

-¿Ves? ¿Ves?-dijo enfurecida-tu chocolate es riquísimo, en cambio el mío era feo.

-Déjame probar y te digo-propuse.

-Es que me lo comí todo-contestó mi hermana.

-Pero… acabas de decir que era feo-le dije desconcertado.

-Es que quería ver si era todo feo o solo los primeros bocados-respondió y olvidamos el asunto hasta la siguiente visita de la abuela.

Nuevamente la abuela nos trajo un chocolate para cada uno, también grande y también diferentes.

Mi hermana, un poco molesta, le dijo:

-A mis hermanos les trajiste chocolates ricos y dulces ¡En cambio a mí me dejaste el más amargo!

La abuela dejó su sonrisa habitual de lado y preocupada le contestó:

-Perdona cariño, tal vez no me di cuenta y elegí chocolate amargo, no volverá a suceder.

Miremos bien ahora estos tres chocolates que he traído para asegurarnos que ninguno sea amargo y lo puedas disfrutar.

Y no, no había ningún chocolate amargo en los tres que esta vez había traído la abuela.

-¿Y vuestros chocolates también eran amargos? –Nos preguntó la abuela a mi hermano y a mí.

Y todos contestamos que no, porque los habíamos probado todos.

-Bueno me quedo más tranquila entonces.

La abuela se fue con la misma recomendación de siempre, que el chocolate durase hasta su siguiente visita.

Paso la semana y la abuela volvió, esta vez había cambiado la marca de chocolate. Nos repartió uno a cada uno y repitió lo que ya sabíamos de memoria. Pasados tres días de calma, se escuchó:

-¡Mi chocolate estaba agrio!-gritó Josefina.

-El mío estaba muy rico-dijo mi hermanito quien nos había convidado a todos de su chocolate.

-El mío también-agregué yo-¿recuerdas cómo te gustó?-pregunté a Josefina.

-¡Siempre lo mismo, siempre a mi me toca el chocolate feo y a ustedes los más ricos!-se quejó mi hermana.

-Tal vez te parece a ti, déjame probar-propuse.

-Es que me lo comí todo-contestó Josefina.

-¿Te gustan los chocolates amargos y los agrios?-preguntó mi pequeño hermano, porque te quejas pero te los comes igual.

-¡Calla pequeño! Ya hablaré con la abuela.

Cuando la abuela volvió, volvieron los reclamos por el chocolate que esta vez había resultado agrio.

Una vez más la abuela nos preguntó a mi hermanito y a mí por nuestros chocolates y ambos volvimos a contestar que habían estado exquisitos, papá y mamá dijeron que también a ellos les habían gustado mucho. La abuela estaba desconcertada y Josefina furiosa.

La historia se repitió unas cuantas semanas más. La abuela había cambiado varias veces de marca de chocolate, incluso cambió de kiosquero. Probó comprarnos a nosotros el mismo chocolate que a mi hermanita y el resultado era igual, a Josefina nunca le gustaban y a nosotros siempre nos parecían riquísimos.

Papá y mamá pensaron en que tal vez mi hermana tuviese algún problema con el chocolate en sí, pero lo extraño era que los nuestros le parecían ricos y los suyos nunca.

Era un verdadero misterio ¿por qué a todos nos gustaban los chocolates que traían la abuela, unos y otros, los del primer kiosco y los del kiosco nuevo? ¿Por qué el chocolate de Josefina siempre estaba -según ella- feo, agrio, amargo, viejo, ácido?

Nos llegamos a cuestionar si la abuela la quería realmente, pero desechamos enseguida la idea de un posible conflicto de la abuela con mi hermana.

¿Sería al revés? ¿Sería que Josefina no la querría a la abuela? No, no podía ser, jamás había habido problemas entre ellas hasta que aparecieron los famosos chocolates en escena.

¿Sería el chocolate el verdadero problema? No, tampoco. Mamá hacía tortas de chocolate y masitas que todos probábamos y a Josefina le encantaban.

El tema de los chocolates ya se había hecho famoso, toda la familia hablaba del asunto. Debo decir que la relación entre Josefina y la abuela no pasaba por su mejor momento. Papá y mamá estaban desconcertados y mi hermanito y yo muy divertidos con el tema que tenía en vilo a todo el mundo.

El tiempo pasaba y el misterio no se resolvía, hasta que mi abuela tuvo una gran idea.

Una semana no trajo chocolates, trajo chupetines y pasó exactamente lo mismo.

La abuela nos reunió a los tres y dijo que tenía algo importantísimo que decirnos. No era común que la abuela se pusiera seria y todos nos preocupamos un poco.

Nos miró a los tres y llamó también a papá y mamá.

-¿Quién ha probado todos los chocolates que he traído para Juancito?-preguntó.

Y Contestamos todos, porque Juancito nos había convidado a todos sin excepción.

La abuela siguió:

-¿Quién ha probado los chocolates que te traje a ti?-me preguntó.

Y volvimos a contestar todos, porque yo había compartido mis chocolates con toda la familia.

-Bien-dijo la abuela-Dime Josefina ¿quién probó tus chocolates y tu chupetín?

Y Josefina calló y nosotros también dicho sea de paso porque nadie había probado nada.

-Dime cielo-insistió la abuela- ¿alguien probó los chocolates?

-No abuela, nadie-respondió Josefina avergonzada y bajó su cabecita.

-¡Pues ahí tienes la razón!-Grito la abuela.

Todos la miramos pensando en que tal vez todo este tema de los chocolates la hubiese afectado un poco, a ella no le importó y siguió:

-¿Dices que a nadie has convidado?

-No-contestó mi hermana.

-¿Ni un poquito? ¿NI siquiera a una sola persona?

Josefina movía la cabeza de un lado hacia el otro confirmando su negativa.

-¿Sabías pequeña que todo lo que se comparte sabe mejor, es más bello y más rico?

Mi hermana se iba poniendo cada vez más colorada por la vergüenza.

-¿No te han enseñado a compartir?-insistió la abuelita.

-¡Claro que le hemos enseñado!-intervino mi mamá.

No había quién detuviese a la abuela y sus preguntas:

-Dime Josefina ¿por qué piensas que eran más ricos los chocolates de tus hermanos? Y sin dejar que mi hermana conteste, la abuela prosiguió-porque lo compartían contigo y con tus padres.

Créeme niña, nada en el mundo, ni un chocolate, ni ninguna otra cosa será buena, linda o rica si no la compartes. Compartir es la mejor manera de tener más: más felicidad, más unión, más amor ¿Has entendido?

Por suerte mi hermanita dijo que sí, yo tuve miedo que la abuela siguiese haciéndole preguntas hasta la mañana siguiente.

Finalmente, se había develado el misterio de los chocolates, fue una gran tranquilidad para todo el mundo, primero para la abuela que volvió a su viejo kiosquero, para mis padres que no escuchaban los gritos de Josefina y para nosotros porque comíamos más chocolate que antes.

De todos modos, quien más había ganado con este asunto había sido mi hermana. Jamás olvidó que el mejor sabor es el sabor de lo compartido y no solo ella fue más feliz, lo fuimos todos porque, justamente, compartimos su felicidad.

Fin

Todos los derechos reservados por Liana Castello.

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