Crecer sin máscaras

Crecer sin máscaras

Crecer sin máscaras

Crecer sin máscaras. Escritores Argentinos. Cuentos educativos.

 

En la tribu de los Wiza, para que los jóvenes fueran considerados adultos, debían ir al lugar sagrado donde se reunían los miembros del Consejo de ancianos de la co-munidad y responder, delante de ellos, algunas preguntas.
Entre otras, habitualmente preguntaban por qué querían crecer. Las respuestas más comunes eran: para ir de caza, para tomar decisiones propias o para participar en los grupos de trabajo que llevan adelante la vida de la tribu.
Al finalizar la conversación, los ancianos presentaban una opción para que el joven manifestara su elección frente al planteo.
–Si para crecer tuvieras que dejar alguno de estos tres elementos, ¿cuál dejarías?
En ese momento, el jefe mostraba un arco, un cinto con un cuchillo y un juguete de la infancia; los jóvenes sabían que, obviamente, para pasar esa prueba tenían que decir que abandonaban en juguete de la infancia.

Sin embargo, cierta vez, le tocó el turno de presentarse delante del Consejo a Uru-chi. Sí, la expresión justa es que «le tocó», porque había cumplido la edad, pero na-die creía que fuera capaz de pasar las pruebas. Uruchi andaba siempre corriendo de un lado para otro, con las manos y los pies llenos de barro ya que le gustaba jugar con el agua y la tierra. Era bastante atolondrado y acostumbraba a pasar, corriendo como un tornado, entre las carpas tirando lo que encontraba a su paso. Pero nada de esto impedía que Uruchi fuera muy querido. Tenía la virtud de hacer reír al más tris-te y, a su lado, todos se sentían bien.

Muchos lo invitaban a comer a su casa porque alegraba la comida con sus cuentos y sus bromas. Sin embargo, hasta sus familiares creían que todavía no le había llegado la madurez para hacer la prueba.

Cuando le mostraron el arco, el cinto y el juguete, Uruchi se quedó mirándolos. Lue-go, tomó el juguete en sus manos. Era su juguete preferido, un pequeño oso de ma-dera tallado por su abuelo.
Acariciando el osito con sus manos, pensó: –¿Quién se habrá atrevido a sacarme es-te juguete de mi cuarto?
Mientras Uruci permanecía pensativo, uno de los ancianos tomó la palabra y dijo:
–Muy bien, felicitaciones. Vemos que estás preparado y dispuesto a dejar el juguete. Muchos creíamos que no lo podrías hacer.
Pero, para sorpresa de los adultos, Uruchi, poniendo un tono de voz realmente serio, que nadie creía que fuera capaz de utilizar, dijo:
–No pienso dejar mi oso, por eso lo agarré.
Se hizo un gran silencio, y las miradas se dirigieron al jefe.
Éste se paró y se acercó hacia Uruchi que, en silencio y mirándolo a los ojos, apreta-ba al oso contra su pecho.
–Algún día –dijo el jefe con voz clara y poderosa– llegarás a ser un gran jefe. Cuan-do quieras y puedas, te espero para que te sientes a mi lado en el Consejo.
–Gracias –fue la única respuesta de Uruchi. Luego se dio la vuelta y salió corriendo para dejar al oso en la repisa de su habitación.
Los adultos miraban asombradísimos la escena, sin poder comprender qué había ocurrido. El jefe reconoció sus expresiones y les explicó.
–Han pasado muchos años desde que hacemos esta prueba, y jamás un joven se atrevió a darnos esta respuesta. El arco y el cuchillo son elementos que se pueden reemplazar por otros. Lo que nunca debemos dejar atrás es lo que somos y los que fuimos. Uruchi no tuvo miedo de decir la verdad y reconoció el tesoro más grande para poder crecer bien: aquello que recibió en su infancia y sus recuerdos. Para al-canzar la plenitud de la madurez, en nuestro corazón siempre debe haber algo del niño que fuimos.

Fin

Hecho el depósito de ley 11.723. Derechos reservados. Prohibida su reproducción total o parcial.

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