Papelina

Papelina. Miriam Castillo Catalá, escritora. Cuentos ecológicos. A Papelina le encanta la lluvia. Cuando se forman las primeras nubes se pone a cantar y bailar con alegría, después aprovechando la humedad saca un poquito las raíces de la tierra y trata de acercarse a Jobo. -Un día volveré a abrazarte -jura ruborizándose. Jobo estira los […]

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Papelina. Miriam Castillo Catalá, escritora. Cuentos ecológicos.

A Papelina le encanta la lluvia. Cuando se forman las primeras nubes se pone a cantar y bailar con alegría, después aprovechando la humedad saca un poquito las raíces de la tierra y trata de acercarse a Jobo. -Un día volveré a abrazarte -jura ruborizándose. Jobo estira los brazos pero todavía no puede alcanzarla.

Sucedió años atrás. Cuando aún eran muy jóvenes. Ella llenita de flores amarillas, él con retoños formando puntos verdes en todo su cuerpo. En la arboleda reinaba un extraño silencio, de repente el viento silbó tres veces y llegó el temporal. Ráfagas y truenos se adueñaron de la tierra .

Papelina temblaba, Jobo se enfrentó a la tormenta. Desnudos y empapados se dieron las manos librándose de ser arrastrados por la corriente, así lograron salvarse. Ella quedó echada a un lado con las raíces al descubierto sosteniendo los cansados brazos de él, fue entonces que prometieron no separarse nunca. Una mañana al salir el sol un ruido los inquietó.

- ¿Quién podrá ser? – murmuró Papelina

- ¿Será el viento? – se alarmó Jobo tratando de incorporarse.

- No, ese viento ya se ha ido – respondió ella con suavidad.

Alguien se detuvo frente a ellos. Jobo sintió como lentamente era separado de los tibios brazos de Papelina y recostado a un pedazo de madera recia que lo sostuvo derecho. Ella como escarbaban su tronco y la trasplantaban más allá. Esa noche se buscaron en la oscuridad y solo consiguieron sentirse vivos.

Para no estar tristes Papelina se puso a cantar, al ratico él silbó una canción. El recuerdo de aquella tormenta se convirtió con los días en un olor a tierra fresca, en un ir y venir de pájaros, mariposas y enorme filas de hormigas que construían casas gigantes con las hojas caídas.

El rocío le traía a Papelina el dulce olor de las campanillas que vivían a los pies de Jobo, entonces ella, aunque lejos, volvía a jurarle que lo abrazaría. Por eso y por las canciones y los mensajes envueltos en ramilletes de flores que viajaban enredados en los susurros del aire todos llegaron a saber que estaban enamorados. Así volaron las estaciones, y la lluvia se fue de viaje a un lugar lejano dejando sequitas las nubes, con tanto sol la tierra empezó a mostrar pequeñas grietas en forma de surco, luego muchas más.

Un mediodía Jobo descubrió que sus raíces no encontraban el agua necesaria para hacerse fuertes. Al intentar alargar sus ramas tropezó con un montón de hojas marchitas, su corazón se agitó y la piel comenzó a arderle. Le pareció que Papelina estaba ahora más lejos. Mientras tanto ella examinaba su cuerpo, la corteza había empezado a desprenderse dejando ver la piel más suave de su tronco, sintió un golpeteo en sus entrañas y tuvo mucha sed. Buscó incesantemente los ojos de Jobo pero no lo consiguió.

Desconcertada, sin saber que hacer, se quedó quieta perdida en su dolor. Fue la llegada de Zorzal quien la animó. Papelina lo acurrucó entre sus ramas mientras la luna se escurría detrás de una nube.

- Necesito tanto un abrazo – susurró Papelina.

- Los abrazos, los abrazos – trinó Zorzal.

La luna se agrandó colgándose en las ramas y fueron arboluna con música de cristal. Con la salida de los primeros rayos del sol, Papelina vestía un traje totalmente amarillo, mirando a Zorzal que revoleteaba a su lado, se le ocurrió que podía volar hasta Jobo y acudieron todos en su ayuda.

Para las ramas más altas prestaron sus alas palomas y gaviotas, al centro carpinteros, totíes y canarios, en los retoños más débiles zunzunes, tomeguines y una bandada de mariposas. Todos quedaron en silencio, una brisa suave batió todas las alas, Papelina cerró los ojos dejándose arrastrar por sueños y nostalgias y se sintió suspendida en el aire, hasta juraría que volaba pero su tronco permaneció aferrado a la tierra. A lo lejos Jobo seguía indiferente.

- Zorzal necesito que me ayudes – insistió Papelina y dos lágrimas asomaron a sus ojos.

- ¿Qué puedo hacer? – preguntó el pájaro moviendo las alas.

- Se trata de Jobo, ha perdido las esperanzas

- Yo le hablaré- dijo Zorzal cruzando la arboleda.

- Jobo, he venido para decirte que Papelina…

El quiso mostrarse indiferente, pero las ramas crujieron y un montón de hojas secas cayeron al suelo, después otras y otras dejando el pecho al descubierto

-¿No te das cuenta? Pronto dejaré de respirar, siento que mi raíz no le pertenece más a la tierra.

- ¿Es qué has perdido las esperanzas?- dime – ¿qué ves a tu lado?

Sacando de sus entrañas una última gota de savia, Jobo giró en su propio tronco, reparando ahora en los demás, y sus ojos nublados se encontraron con Papelina quien sonrió con timidez.

- Sabes, hoy intentó volar por ti – dijo el pájaro a media voz.

- Volar por mí – repitió Jobo recordando el día en que empapados se dieron las manos prometiendo no separarse nunca, y se quedó mirándola eternamente

- ¿Creen que habrá lluvia hoy? – ¿Creen que lloverá? – Le preguntó Jobo a los pájaros que cruzaban el cielo, a las hormigas que cuchicheaban en su tronco, a las lagartijas dueñas de sus escondites y por fin a una nube andariega que los rozó.

-¿Creen que habrá lluvia? Allá lejos un relámpago amenazó la tierra. El sol corrió a esconderse en su casita de fuego y las primeras gotas hicieron chin, chin, chin. Papelina empezó a bailar y se vinieron las nubes abajo.

- Hoy te daré un abrazo- gritó intentando sacar las raíces de la tierra. Jobo estiró suavemente los brazos aún no podía alcanzarla pero sentía sus latidos.

Fin.

“Jobo y Papelina” son  árboles frutales. ( Variedades de Mango)


Papelina

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