Historia de un río

Historia de un río. Conchita Bayonas, escritora española. Cuentos sobre conciencia ambiental. Cuentos ecológicos. Braulio estaba sentado en una roca de la orilla; bostezaba aburrido ante la perspectiva de una pesca escasa. La verdad este no era un deporte muy adecuado para sus trece años. Se estaba haciendo tarde y temía volver a casa de […]

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Historia de un río. Conchita Bayonas, escritora española. Cuentos sobre conciencia ambiental. Cuentos ecológicos.

Braulio estaba sentado en una roca de la orilla; bostezaba aburrido ante la perspectiva de una pesca escasa.

La verdad este no era un deporte muy adecuado para sus trece años. Se estaba haciendo tarde y temía volver a casa de vacío; de repente notó un fuerte tirón de la caña. -Ahora sí que he pescado algo grande. Esta vez no se me escapa.

Clavó la caña con fuerza entre dos piedras y rápidamente cogió una red para sacar la trucha que debía de estar enganchada en el anzuelo. Tiró con mucho cuidado para que no se le escapase, pero cuando la pieza apareció de debajo del agua, se llevó una desagradable sorpresa.

- ¡Qué asco! Ya ni siquiera se puede pescar en este río-dijo enfadado, mientras intentaba soltar del anzuelo, un zapato que se había enganchado en él.

Se indigno tanto que se salió del agua y empezó a recoger todos los útiles de pescar.

-¡Ya está bien! No pienso perder más mi tiempo con la dichosa manía de mi madre: “Braulio ve a pescar, seguro que te distraes”. Yo no vuelvo más por aquí, cada vez hay más basura en el rio, no me explico cómo la gente no cuida lo más importante que tenemos, mira que el sitio de tirar un zapato ¡es indignante! Braulio era un chico muy concienciado con los problemas que la escasez de agua estaba generando en gran parte del planeta.

Muchas veces pensaba que cuando fuera mayor se iba a hacer voluntario de Greenpeace para defender los derechos de la Tierra; Mientras lo guardaba todo, le pareció escuchar que alguien le llamaba.

Miró por todos lados pero no vio a nadie.

-¡Eh, Braulio Esta vez estaba seguro, lo había vuelto a oír pero… ¿de dónde salía la voz?

-Aquí, soy yo.

-¿Quién anda ahí? -preguntó asustado sin encontrar a la persona que le estaba hablando-.

-Estará escondido detrás de los árboles, pensó-. ¡Que salga quien sea! Es de cobardes esconderse.

Por un momento estuvo a punto de echar a correr y buscar ayuda. No se podía esperar nada bueno de alguien que le llamaba y no daba la cara.

-Aquí, soy yo, el río, ¿es que no me ves? Has estado pescando toda la tarde en mis aguas; bueno, más bien intentándolo.

El chico de repente creyó que estaba sufriendo alucinaciones, había venido sin gorra y, claro, pensó que le había dado una insolación.

-Me está bien empleado, mi madre me lo tiene dicho:”Braulio, no te olvides de la gorra que el sol pega muy fuerte en verano”

-Perdona, pero no lo estás soñando, te estoy hablando yo, el río en el que te bañabas hasta hace poco ¿Es que ya no te gustan mis aguas? Braulio seguía sorprendido, no sabía qué hacer pero, la voz que le llamaba era tan tranquilizadora que, casi sin darse cuenta, como si fuera lo más normal del mundo, se fue calmando y mirando a la corriente de agua contestó:

-Me gustaban antes cuando estaban limpias pero, ahora, ya ves lo que he pescado en ellas, un zapato viejo. Todo se está contaminando -dijo con pena.

-Pero, yo no tengo la culpa; habéis sido vosotros, los humanos los que me habéis maltratado y humillado, manchado el cauce por el que corro desde hace miles de años. ¿Te crees que me gusta? Antes los guijarros relucían cuando los rayos del sol se reflejaban en ellos, ahora casi no se ven; mi agua baja muy turbia.

Braulio volvió a mirar a todos lados, seguía sin creer que estaba hablando con un accidente geográfico-era así cómo se llamaba a los ríos cuando los estudiaba en la escuela- sin embargo, por allí no había nadie que pudiese reírse de él, así que como no sabía qué hacer, se sentó encima de los juncos que había en la orilla y escuchó al rio Grande que siguió hablándole:

-Te contaré mi historia y comprenderás cómo mi deterioro se debe casi todo, al mal uso que han hecho de mí las personas -

Braulio escuchó en silencio; reconocía que el río tenía toda la razón

-Bueno, yo sé que ese es tu nombre porque he oído a tu madre miles de veces pronunciarlo cuando te bañabas, aquí, en este remanso y, no siempre le hacías caso, Braulio por aquí, Braulio por allá; necesito que alguien me defienda, además haciéndolo, defenderás los derechos de tus hijos y de tus nietos cuando los tengas; las personas necesitan tener agua limpia en sus ríos. Escúchame con atención:

Hace muchísimo tiempo nací en medio de dos gigantescas montañas. Desde que me asomé entre las rocas, corrí alegremente hasta la desembocadura en el mar. Siempre estaba contento porque todo lo que me rodeaba era hermoso. Durante todo el camino que hacía desde la montaña hasta el valle, me acompañaban frondosos bosques llenos de árboles corpulentos que introducían sus raíces por debajo de la tierra húmeda hasta llegar a mí.

En el cauce superior, yo corría más rápido entre las rocas; se me antojaba que me deslizaba por toboganes esculpidos en mi lecho que, a veces, formaban grandes cascadas. Después, cuando recorría el valle, lo hacía con más tranquilidad; allí nadaban reposadamente las truchas y los barbos, haciéndome cosquillas cuando rozaban los guijarros con sus aletas y, por fin, después de muchos kilómetros avanzando, me encontraba con el mar.

Durante los momentos en que el agua dulce salía a mi encuentro para saludarme, algunas especies marinas que habitan en los estuarios entraban en contacto conmigo; los camarones y los cangrejos, vivían allí y servían de alimento a montones de aves migratorias: aparecían los patos salvajes, y las pequeñas zancudas que encontraban su comida entre los fondos del estuario. La vida bullía por todas partes y todo era gracias a mí.

-La verdad es que debe de ser bonito viajar desde las montañas hasta el mar entre tanta naturaleza- interrumpió Braulio.

-Antes sí, pero ahora las cosas no son lo mismo. En la época de la que te hablo, bajaban a mí los habitantes de los bosques: las hadas, las ninfas, los gnomos, los elfos y otros seres que, por estar siempre ocultos no te puedes ni imaginar que existen. Todos los días se aseaban en mi orilla y pasaban mucho tiempo bañándose y jugando conmigo.

Después se tendían sobre el lecho de hojas que había en mis orillas hasta que se secaban bien sus alas y sus ropas de seda. Luego llegaba el momento en el que las hadas y las ninfas se peinaban sus largos cabellos. Ellas llevaban siempre peines con púas finísimas que les hacían los duendes con las acídulas de los pinos y, entonces, mirándose en mis aguas cristalinas, que eran como espejos, empezaban a cepillarse el pelo que adornaban con flores recogidas en mis orillas o arrancadas de mis entrañas, como los nenúfares.

Así pasaban las horas, todos a mi alrededor, porque yo les surtía de agua limpia y fresca ya que el agua era imprescindible para su vida.

-Oye, me estás dejando de piedra- dijo Braulio asombrado-, ¿de verdad existen los seres mágicos del bosque? yo no me lo creía pero, si tú lo dices… Y, ahora, ¿siguen bajando a bañarse en tus aguas?

-Ahora no- contestó el rio Grande con tristeza-, hace tiempo que no veo a ninguno; ellos necesitan el agua limpia para vivir, si no mueren. Braulio se quedó muy triste y pensativo, era una pena que esos personajes tan maravillosos hubiesen desaparecido de la tierra. El chico observó que poco a poco los pájaros habían dejado de cantar y los insectos de zumbar, parecía que todos escuchaban la historia del rio Grande. -

Sigue contándome tu vida, por favor,- le suplicó.

-Bien, cuando se marchaban los seres mágicos del bosque, llegaban los animales a beber. Había infinidad de aves, jabalíes, ciervos, corzos, pequeños conejos, garduñas y otros roedores; pero el más temido por todos era el oso. Normalmente, cuando este último estaba cerca de mis orillas, los demás animales se escondían y cuando él se marchaba, acudían los demás contentos ya, porque el peligro había pasado.

Cuando más me divertía era en la época en que los salmones regresaban a su lugar de nacimiento. Disfrutaba jugando con los osos y con estos gigantescos pescados, aunque, a veces, sufría cuando veía el esfuerzo que hacían los pobres para remontar mis aguas sin que pudiera ayudarles.

Pasó mucho sin que nada enturbiara mi vida, hasta que un día llegaron a mis orillas unos seres que nunca había visto. Ahora, ya sé que eran hombres, pero en aquella época me parecieron unos animales muy extraños; me sorprendía verlos andar sobre dos patas y que se entendieran entre ellos de forma diferente.

Luego supe que vosotros os comunicáis por medio del habla. Estuvieron bañándose en mis aguas y, después, descansaron en mi orilla como hacían mis amigas las ninfas y las hadas; a partir de entonces se quedaron a vivir cerca de mí y desde aquel instante empezó mi decadencia. Observé con tristeza que desde que los hombres llegaron, los seres mágicos de los bosques no bajaban tanto, solo aprovechaban para hacerlo, cuando los otros estaban dormidos; yo creo que les tenían miedo.

Un día, todavía lo recuerdo con tristeza, algunos ciervos y jabalíes estaban pastando tranquilamente cerca de mí, un grupo de hombres apareció chillando, llevando en sus manos palos largos terminados en puntas de piedra. Los animales salieron asustados corriendo, pero los que no pudieron escapar acabaron muriendo atravesados por aquellas varas tan peligrosas.

Fue la primera vez que asistí a una cacería. No me gustó nada, observé en aquellos seres una violencia que no había visto nunca en mis amigos, ellos siempre mataban cuando tenían hambre, pero aquella vez me pareció que los humanos lo hacían también para divertirse y, desde aquel momento, todo a mí alrededor empezó a experimentar grandes cambios.

Ese día, mi agua se llenó de la sangre de mis amigos y de la violencia de los hombres; tardé mucho tiempo en poder limpiarme y sentirme otra vez contento y despreocupado. Poco a poco, los recién llegados aprendieron a construir casas cerca de mis orillas; necesitaban de mi agua para vivir y, además, tenían bastante caza así es que el sitio era ideal para quedarse. Empezaron a podar árboles para hacerse cabañas y a cortar ramas que convertían en leña en el invierno.

Yo lo perdonaba todo por los niños, que eran muy graciosos; a ellos les gustaba mucho estar cerca de mí y cuando llegaba la hora de sus juegos me divertía como años atrás lo hacía con los seres mágicos del bosque. Poco a poco recobré la alegría porque veía que eran felices conmigo. Un día uno de los niños más pequeños, Olfo, en un descuido de sus padres se metió en una parte bastante profunda de mi cauce; yo bajaba con mucha fuerza porque había llovido en las montañas y la corriente era muy rápida.

Quise evitarlo, pero no pude hacer nada. Olfo estaba solo y sintiéndose en peligro, estuvo pidiendo socorro durante mucho tiempo, pero nadie le oyó. Empezó a tragar agua, yo lo quería empujar hacia la orilla con mi corriente pero, él cada vez se hundía más y más. Fue algo terrible notar el peso de su cuerpecillo sobre mi lecho y, saber que por mucho que yo quisiera, no lo podría levantar.

Mi corriente lo arrastró unos metros más abajo; allí lo encontraron sus padres. Fue la primera vez que yo vi a los humanos llorar con desesperación y, también, la primera vez que una mujer me maldijo con tanta rabia. Braulio, yo no lo pude evitar; ese día mis aguas se volvieron un poco saladas; cogieron el sabor de las lágrimas que todos derramamos por Olfo.

Braulio escuchaba callado, ahora, el también estaba llorando. Se secó un poco la cara y dijo:

-No me creo que tengas sentimientos como las personas, eres un río, solo agua.

-Solo agua dices, ¡soy la vida!,-contestó indignado-, gracias a mí viven miles de personas en la ciudad y, lo peor es que no os dais cuenta de ello cuando me echáis toda la basura que se os antoja.

Braulio se dio cuenta de que el río tenía razón y le invitó a que siguiera hablando: -Bueno no te enfades, sigue con tu historia aunque mi madre se va a preocupar si ve que no estoy en casa a las nueve.

-Vale en seguida termino.

Cada vez había más humanos viviendo en mis orillas hasta que construyeron la ciudad en dónde tú vives ahora. Cortaron miles de árboles para hacer las casas y construyeron industrias que, desde entonces, vierten en mis aguas aceites y metales pesados, además en el cauce bajo, los agricultores abonan sus cosechas con nitratos y a veces echan pesticidas. Todo eso acaba en mis aguas.

El bosque que me rodea cada vez es más pequeño, por eso, ahora llueve menos y mi agua está más turbia. Braulio miró el reloj, y aunque se estaba haciendo tarde, estaba viviendo un momento mágico junto a su río y le daba pena dejarle, pero anochecía y pensó que tenía que interrumpirle:

-Estoy muy a gusto a tu lado pero, tengo que irme, sino lo hago mi madre me echará una bronca y no podré venir más –dijo levantándose y sacudiéndose las briznas de yerba que tenía en los pantalones.

-¿Me prometes que volverás?

Tenemos que hablar, tienes que intentar estudiar mucho para poder ayudar a conservar toda la naturaleza que todavía queda intacta.

-Te lo prometo, en el momento que pueda regresaré; hasta la vista.

Braulio se subió en su bicicleta y se alejó con el corazón encogido, nunca hubiese pensado que los ríos tuviesen sentimientos; a lo mejor también los tenían los bosques, las montañas y, por supuesto, los animales. Toda la percepción que tenía del mundo había cambiado.

Tenía que poner su grano de arena o más aún todo su empeño en conservar aquello que todavía tenía intacta su belleza. Cuando llegó a su casa salió a recibirle su perra Tula; ese día le pareció que estaba más contenta que de costumbre, era como si saludase a su compañero o más bien a su cómplice.

Su madre salió a la puerta.

-¿Qué tal la pesca? ¿ha habido suerte?

-¡Qué va! Un zapato viejo. Mamá deberíamos de hacer algo para que la gente no eche basura al río. Es una pena que no haya casi pescado por causa de lo que vierten al agua. Me han dicho que las fábricas contaminan mucho. Su madre le escuchó sorprendida; no estaba acostumbrada a que Braulio se preocupara tanto por cosas serias.

-Venga, sube a bañarte que es tarde. Hoy vamos a cenar a las tantas.

-Mamá, mejor me ducho, no debemos malgastar el agua. La madre de Braulio se quedó callada, su hijo estaba muy ecologista esa tarde. Parecía que estaba madurando y eso la satisfacía mucho.

Mientras cenaban, salió un anuncio que llamó a atención de Braulio. -Déjalo ahí, por favor mamá, quiero saber lo que dicen de Greenpeace-; la presentadora anunciaba unos campamentos: Greenpeace oferta sus últimas plazas para campamentos de verano a para niños de 9 a 17 años-.

-Mamá, todavía quedan plazas para mi edad, me gustaría ir a esos campamentos; allí te enseñan a resolver los problemas que tenemos los hombres con el medio ambiente

-Hay que ver la perra que te ha entrado con este tema. Así, de repente, sin pensarlo, la verdad es que no sé. Ya les escribiré y tomaremos una decisión. Ahora ya hay que acostarse que mañana te dan las notas finales ¡Ah! Y si te suspenden, no hay campamentos que valgan. Braulio pasó aquella noche en blanco y si dio alguna cabezada, no pudo descansar bien, pues entre sueños, veía a las ninfas y a los elfos que con sus dedos largos y finos le acusaban de haber tirado un montón de zapatos viejos al rio.

Se levantó de madrugada y no quiso dormir más, estaba muy nervioso. En los días siguientes pasaron dos acontecimientos muy importantes para Braulio: las notas fueron estupendas y por otro lado su madre le comunicó que podía ir a los campamentos que Greenpeace tenía organizados.

Estaba deseoso de volver al lugar en el que había mantenido la conversación con el rio Grande. Aquella tarde tenía planeado acercarse para hablar con él, pero sus amigos se empeñaron en acompañarle.

-Tienes que enseñarnos a pescar. Mi padre me ha dicho que lo haces muy bien.

-Pero si ya no hay pesca en el río. Además yo no tengo gana de ir esta tarde -Braulio estaba poniendo escusas para verse libre de ellos, pero ni por esas convenció a la peña; a las cinco estaban esperándole con las bicicletas y con las cañas.

Llegaron al sitio de siempre y no había pasado ni media hora cuando los chicos empezaron a ponerse nerviosos.

-Oye, aquí no pica nada.

-No me creo que tú pesques algo. ¿no será que pasas por el criadero de truchas y le compras alguna a tu madre?

-¡Hay que ver las tonterías que decís! Como tengo tanto dinero, voy y me lo gasto en una trucha, este tío está tonto- contestó Braulio enfadado con su compañero.

De pronto oyeron a uno de los chicos gritar de alegría. Se había enganchado un pez y no era pequeño, no. El chaval tiró con todas sus fuerzas y cuando pudo sacarlo del agua, todos los que esperaban con expectación la aparición de una brillante trucha, se llevaron un disgusto.

-¡Es el otro zapato! – dijo Braulio desternillándose de risa.

El muchacho que lo había sacado se molestó tanto por la actitud de su amigo que tiró la caña y se fue hacia él; agarró a Braulio por el hombro dándole un puñetazo y allí empezó la primera pelea de su vida y también la última. Cuando el chico logró quitarse de encima al energúmeno de su amigo, dijo gritando: -

¡Ya está bien! Aquí no queda pesca ¿Habéis visto lo que hay en el agua? Porquería, solo eso; se acabaron los peces los ciervos, las ranas y hasta las culebras.

Todos debían de estar aquí pero ya no hay ningún animal. Han desaparecido por nuestra culpa. En vez de pelear deberíamos intentar limpiar todo para el bien del rio –aclaró Braulio enfadado.

-Oye, ¿porqué no sacamos los residuos que no deban estar aquí? Yo tengo mis gafas de bucear- añadió uno de sus amigos.

-Sí, es una buena idea; ya que somos seis, tres podemos limpiar el río y los otros las orillas.

-Vale-dijo Javi-, antes de estar como pasmarotes, prefiero ayudar.

Y ante la mirada acuosa del rio, los chicos empezaron a trabajar como nunca lo habían hecho, los buceadores sacaron anzuelos y plomos unidos a los hilos de pescar, un neumático, dos rebecas que estaban enredadas en los juncos, cinco cascos de botellas, más algunos trozos de cristal y bolsas de plástico a montones.

Los de tierra recogieron en una de las bolsas todas las latas de refresco que había por allí tiradas, bolsas de patatas fritas, y platos de plástico de alguna merienda, que no se habían molestado en limpiar.

-Bueno, y ahora ¿dónde echamos toda esta basura? Preguntó Javi a Braulio. -Debemos de llevarlas a los contenedores de la ciudad. Aquí estropean el paisaje.

-Lleva razón Braulio, ahora que está más limpio, dan más ganas de volver que antes.

-Bueno, vámonos ya, que los que no os habéis mojado no tenéis frio, pero yo me estoy helando,-dijo Félix que estaba con toda la ropa empapada-voy a coger una pulmonía.

-Echad vosotros delante, quiero buscar entre aquellos pinos. He visto más desperdicios. Todos sus amigos emprendieron el regreso al pueblo.

Cada uno llevaba una bolsa de basura que había recogido del bosque; por primera vez en mucho tiempo los habitantes de Montegrande habían puesto su grano de arena en la limpieza de la naturaleza. Braulio estuvo durante un rato paseando hasta que comprobó que no había nadie por los alrededores, no quería que se supiese su secreto; se sentó en la orilla del río y esperó a que este le hablase.

Pasó más de una hora; llegó a pensar que lo del otro día había sido solo sueño, pero…no, estaba seguro de que había hablado con el río Grande. Esperó que le hablase pero nada, no oía ni una palabra. Se estaba poniendo nervioso, se levanto y se dirigió a Grande algo enfadado:

-¡Qué! ¿Me vas a decir algo o no? Me gustaría hablar contigo y no sé si me escuchas.

-Pues claro que te escucho, pero es que me he quedado mudo a los veros recoger tanta basura. Llevaba mucho tiempo con molestias por culpa de las rebecas enrolladas en mis juncos, y de los plásticos pegados en mi lecho. ¡Qué maravilla! Por fin me siento libre. Gracias Braulio.

-No, no me las des, ya he comprendido que lo que haga por ti lo estoy haciendo también por mí.

-Llevas mucha razón, mira Braulio los ríos somos como las venas de la Tierra y la basura que echáis a ellos sería comparable a vuestro colesterol. Todos los ríos van a desembocar al mar y le llevamos al pobre cantidades inmensas de desechos que no sabe qué hacer con ellos. Si yo estoy triste, imagina cómo estará él. Los animales marinos también están muriendo por culpa de tantos plásticos en el agua. El haber recogido aquí unas cuantas bolsas a lo mejor ha salvado la vida a una tortuga o a un delfín.

-Grande, tengo que decirte algo, en realidad he venido a despedirme, vas a estar mucho tiempo sin verme; me voy con Greenpeace, quiero aprender a ser responsable con todo lo que me rodea, he convencido a mi madre, verás cómo vas a estar orgulloso de tu amigo Braulio.

-No lo dudes, por eso te elegí a ti entre todos los que han venido a mis orillas, sabía que responderías. El muchacho estaba contento, se sentía integrado en el bosque que le rodeaba; parecía que podía oír los susurros de los animales. Pensó que hacía calor, se quitó la ropa, se metió en el agua y nadó hasta la otra orilla, en donde él nunca había estado.

De repente oyó risas y murmullos y, sin saber por dónde habían venido, se encontró rodeado de un montón de seres mágicos del bosque que habían bajado a darle las gracias. Confiaban en Braulio y querían compartir con él ese momento. Vislumbraban un poco de luz dentro de un futuro bastante oscuro.

La esperanza empezaba a instalarse entre ellos, quizá, algún día la Tierra volvería a ser otra vez tan bella como lo había sido hace muchísimos años.

Fin

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Historia de un río

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