Día del padre

Día del padre. Guillermo Godoy, escritor. Cuento sobre el día del padre. La otra mañana… mientras hacia la ronda diaria fue cuando las escuché. Hablaban de mí, lo sé. Con el tiempo uno logra conocerlas, entenderlas y hasta predecir sus acciones. Son tan obvias a veces. Sabía que estaban en el punto culmine de su […]

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Día del padre. Guillermo Godoy, escritor. Cuento sobre el día del padre.

La otra mañana… mientras hacia la ronda diaria fue cuando las escuché. Hablaban de mí, lo sé. Con el tiempo uno logra conocerlas, entenderlas y hasta predecir sus acciones. Son tan obvias a veces.

Sabía que estaban en el punto culmine de su obra, iba a pasar algo en cualquier momento. Tantos días, de idas y venidas, se acababan. Lo que por un lado, al fin terminaba con la intriga de sus cambios de hábitos, por el otro, me atormentaba la idea de que tomasen una determinación descabellada… cosa no muy rara viniendo de ellas.

Desde hace tres semanas que las notaba algo extrañas, como indiferentes a mis aplicados cuidados. Ya no me miraban con tanto afán cuando les relataba alguna fabula o cualquier chusmerío del pueblo, ni me acompañaban al tambo a meterse en líos con las vacas, ni las tenia de visita en la cocina picoteando lo que este a su alcance.

Si hasta alguna que otra vez su producción no bastaba mas que para un insignificante revuelto, cuando lo normal era regalar de a docenas.

No tenia muchas…no eran mas que siete parlanchinas. Pero de las mejores, de las que daban envidia. Y al menos cuatro de ellas tramaban algo. Irse seguro que no, ya que andaban sueltas y eran libres de marcharse cuando gusten. De hecho, algunas de ellas lo hacían a menudo, se ausentaban por dos o tres días y volvían.

En una ocasión llegaron a faltar las siete a la vez, pero por una noche nomás…a partir de las seis de la mañana empezaron a caer como guríes del baile.

Daba risa verlas llegar con las plumas revueltas y algo embarradas, quien sabe de donde, ya que jamás las seguí por no querer irrumpir en su intimidad. Y supongo, porque les cayó bien esa actitud es que siempre vuelven… donde un mejor lugar.

No tenían vivencias en ningún gallinero, pero sabían lo que eran por mis relatos o fotografías que alguna vez les he enseñado con el fin de respetar a las que por el contrario si vivían allí. Sabían que las pobres no tenían la culpa, que era su destino, que habían nacido para eso, para estar ahí y solo ahí, y lo asumían sin pesadez por ignorar el afuera.

Pero esa mañana cuando hacia la ronda y me disponía a buscar algunas herramientas de horticultura, para salvar las pocas acelgas sobrevivientes a una noche de frío impávido que fue verdugo de unas cuantas huertas mas, y de todos los malvones de mi Doña, vi algo de revuelo en el galpón. Algunas latas de pintura entreabiertas y una lona faltante que a su paso auspicio de pincel dejando un arco iris de tres colores que se hacían uno al mezclarse con la tierra.

Sorprendido por la rareza del caso, comencé a seguir la estela de barro que me llevó directamente detrás del establo, y a la imagen que guardaré siempre conmigo en el lugar de los recuerdos presentes.

Ahí estaban…lali, tere, susi, pili, rita, mili y chicha, con la torta mas grande que jamás halla visto en mi vida. Decorada con kilos y kilos de crema y una lluvia de chocolate en trozos, que hacían sentir niño a cualquiera y querer robarse alguno de ellos. Habría de tener más de cien huevos. Y como si no bastara semejante obra de la repostería, hicieron también una pancarta que maravillosamente desprolijo decía “feliz día pá… te queremos”.

Fin


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