Los prejuicios de la psicóloga. Cuentos cortos

Los prejuicios de la psicóloga es un cuento de la colección cuentos cortos de nuestro escritor de cuentos infantiles Carlos Cebrián González sugerido para padres.

Fernando Soler a sus cuarenta y seis años era un ejecutivo en paro. La crisis había cerrado la empresa en la que trabajaba como Director Financiero.

Él era un hombre con mucha experiencia laboral, Doctor en Economía, Finanzas y Empresa, con dos Masters, dominaba el inglés, francés y un poco de alemán. Pese a todo no encontraba un trabajo.

Fernando era viudo y padre de dos hijos: Ana de siete años y Carlos de cuatro. Cuando trabajaba y ganaba un buen sueldo, podía permitirse el tener en su casa a una interna que hacía las labores domésticas y cuidaba de sus hijos. Al quedarse sin empleo, tuvo que despedir a la criada y encargarse personalmente del cuidado de sus vástagos.

Él durante su desempleo redactó cientos de curriculums, asistió a cursos de formación del INAEM y realizó mil y una entrevistas personales. Todo fue en vano. En la ciudad, de la periferia de Madrid, en la que vivía con sus dos hijos, muchas empresas solían confiar la selección de personal al Gabinete Psicológico García, que dirigía Natalia García, Psicóloga y experta en Recursos Humanos.

Fernando que ejerció, cuando se le acabó su subsidio de desempleo, numerosos trabajos eventuales: camarero, portero de noche o de discoteca, repartidor de publicidad, etc. solía siempre pasar con excelente puntuación las pruebas psicotécnicas de las empresas que solicitaban: un contable, un economista, o un Director Financiero.

Por su experiencia, formación, idiomas, solía ser siempre el candidato más cualificado para obtener el puesto, pero cuando todos las pruebas habían sido superadas por Fernando, era la hora de enfrentarse a Natalia García; quien realizaba la entrevista personal y que una y otra vez eliminaba a Fernando, alegando que era demasiado mayor para el puesto y él llegó a odiarla por destruir una y otra vez sus esperanzas de volver a incorporarse a la vida laboral.

Natalia García era una mujer frustrada. A sus treinta y cinco años había sufrido un divorcio traumático, seguido de una nulidad matrimonial, de un esposo infiel, director general de una multinacional alemana, que la abandonó por su secretaria. Odiaba por ello, especialmente a los ejecutivos cuarentones como Fernando Soler, al que había rechazado, una y otra vez, dejándose llevar por los prejuicios.

Ella que era madre de Nines, su hija de siete años, no era consciente del daño que hacía a Fernando Soler, ese hombre maduro y poseedor de un gran bagaje formativo y laboral, que veía como pasaba el tiempo y no encontraba un puesto en el staff de una empresa, que le permitiría seguir proporcionándole a sus hijos el nivel de vida que tenían antes del cierre de su Compañía.

Fernando más de una vez estuvo tentado de acudir al Gabinete de Selección de Personal García, y pedirle a Natalia, su directora, explicaciones, por la gran animadversión que sentía hacia él; que era consciente de no haberla provocado, ya que era un hombre educado, cortés y con una simpatía y don de gentes, que le habían abierto las puertas del éxito en la empresa en la que había pasado la mayor parte de su vida laboral y que con su cierre había provocado su ruina y desesperación.

Pero ese intento de hablar con ella en privado se disipó. Fernando era consciente de que si lo hacía, ella se sentiría herida en su orgullo y en su egocentrismo y posiblemente seguiría impidiéndole su acceso a una vida laboral digna.

Y pasaron los días, los meses, sin que Fernando lograse convencer a Natalia García, que él era un ejecutivo desesperado, al borde de la bancarrota y la depresión. Por un instante pensó en esperarla en la calle a la salida de su despacho y rogarle, mendigarle, que confiara en él; que por ser mayor de cuarenta años tenía una capacidad intelectual muy alta y las virtudes que debe poseer quien aspire a ocupar un lugar destacado en un staff empresarial.

Pero esos propósitos de hablar con ella se disipaban pronto y de nuevo Fernando, que era uno de los seis millones de parados españoles, aunque sin subsidio de desempleo, tenía que recurrir al trabajo eventual, por días, u horas y así a duras penas podía mantener a sus dos hijos; aunque temía que cualquier día los asistentes sociales de la Comunidad de Madrid se llevaran a esas criaturas a un centro de acogida, dadas las penurias económicas por las que estaba atravesando por culpa de esa mujer, hermosa pero cruel, que le estaba destrozando su futuro y el de sus hijos.

Fernando estuvo tentado de irse de España con los pequeños, para buscar un trabajo en Alemania, Inglaterra, e incluso en EE.UU. No obstante era consciente de que también en otros países, habría otras Natalias García internacionales, que pese a su formación y experiencia como ejecutivo, le considerarían viejo y le negarían el acceso a un puesto de élite y bien remunerado.

“Si no fuera por los niños yo haría una locura y me quitaría la vida. Así no puedo seguir. Y lo peor es que muchos altos cargos del Gobierno no tienen ni la cuarta parte de la formación que poseo, no saben ni hablar inglés y míralos que poder y patrimonio personal tienen”.

Y a veces en la soledad de su dormitorio conyugal, en el que faltaba, su difunta esposa que murió cuando nació su hijo Carlos, lloraba desesperado. Y añoraba los besos y las caricias de esa mujer buena que la muerte, cruel e insensible, como Natalia García, su verduga, se la robó prematuramente, cuando sus hijos y él más la necesitaban.

Fernando Soler desde que murió su esposa ya no era creyente. Estaba indignado con Dios, con la Virgen y con todos los santos por los que un día, ya lejano, sentía devoción.

“¿De qué me vale seguir haciendo cursos, si esa bruja me da la puntilla y cercena mis ilusiones y esperanzas?” Y a veces daba puñetazos a la mesa, o a la pared, y se hacía daño en los nudillos, pero no le importaba. Se cansaba de nadar contra corriente, vapuleado por el fatalismo, perseguido por la desgracia y la penuria.

Eso sí, se había convertido en un buen actor y ocultaba a los niños la parte fea y negra de la vida y de las injusticias. Y aunque él muchas noches se iba sin cenar a la cama, a sus hijos no les faltaba de nada.

A veces, estaba tan desesperado, que a duras penas lograba contener las lágrimas y aunque ya no tenía fuerzas para seguir luchando, disimulaba su desesperación y les contaba a Anita y a Carlos unos cuentos preciosos, que él se inventaba; en los que se reflejaba un mundo poblado por gentes buenas y honradas, de amor y justicia. Todo lo contrario que sucedía en el mundo real.

Fernando era amigo del kiosquero que le dejaba leer la prensa gratis y tomar nota para enviar sus curriculums a cualquier trabajo que se ofertara. Una mañana de octubre leyó un anuncio en el que se solicitaba un puesto de Director administrativo en una multinacional de Alimentación para su Delegación de Madrid.

Fernando ilusionado envió su curriculum, con pocas esperanzas, ya que tras tantas decepciones, tenía los pies en el suelo y sabía que su hándicap de la edad, jugaría una vez más en su contra y lo rechazarían en la entrevista personal.

Se alegró mucho, cuando una semana después de haber enviado su solicitud, recibió un burofax en el que le comunicaban que el próximo 23 de octubre, debía de personarse en las oficinas de la Delegación para someterse a una entrevista personal.

Con muchos nervios tras llevar a sus hijos al colegio, volvió a casa y se puso el único traje, en relativo buen estado, que le quedaba de su época de ejecutivo en activo.

Después entró en un supermercado cercano a su domicilio y se dirigió a la sección de perfumería. Una vez allí comenzó a fingir que miraba los frascos de colonia de varón, como si estuviera indeciso y no supiera por cual decidirse. Al fin cogió el frasco probador de un perfume caro y con disimulo se roció: el rostro, las manos, cuello y satisfecho se alejó hacia el autobús que le conduciría hasta el centro de Madrid, donde tomaría el metro para acudir puntual a su entrevista de trabajo.

Cuando se encontraba esperando la llegada del convoy en una estación del Metro de Madrid, le molestó que hubiera tantas personas aguardando para subir en el mismo, pues temió que por las apreturas le arrugaran su traje, que había planchado la noche anterior con tanto esmero.

Se quedó helado al comprobar que en el andén se encontraba la Psicóloga Natalia García, que fingió no reconocerle y él en el fondo se alegró, ya que le tenía mucha inquina a esa mujer, que había puesto palos en las ruedas de su ilusión por alcanzar de nuevo un puesto importante en una empresa.

¿Y si ella fuera la seleccionadora del nuevo Director Administrativo de la empresa a la que ansiaba pertenecer?

“Sería una casualidad muy lamentable—pensó Fernando—pues de ser así ya podía despedirme de lograr ese puesto. Esta mujer me tiene enfilado y me siento impotente para demostrarle, que a pesar de mi edad, puedo desempeñar a la perfección ese puesto directivo que solicitan”.

Fernando estaba ensimismado en sus pensamientos negativos cuando oyó un grito:

—¡Al ladrón!…¿Me ha robado la cartera!—gritó un caballero de mediana edad.

Se armó un revuelo, hubo empujones, codazos, el carterista se abrió a golpes y patadas camino hacia la salida de la estación del Metro.

De repente vio que una mujer caía a la vía, empujada por el ladrón que huía para no ser atrapado.

Se escuchó un grito aterrador…luego muchos más… ya que se aproximaba el tren a la estación, que iba a acabar con la vida de la víctima inocente de aquel robo…

Fernando se percató que la mujer que había caído a la vía e iba a ser arrollada era Natalia García. Por un instante pensó que esa mala mujer se merecía un castigo de Dios por destrozar las vidas de tantas personas, al negarles la posibilidad de ganarse dignamente la vida.

Pero era un buen hombre y no podía hacer como los numerosos curiosos que presenciaban impasibles el hecho luctuoso que iba a producirse; si nadie acudía en su ayuda, ya que con el golpe, Natalia estaba conmocionada y no podía ponerse en pie.

Sin pensárselo dos veces, Fernando se arrojó a la vía, cuando el tren ya estaba encima y con una decisión sorprendente abrazó a la mujer, a su enemiga, y con un movimiento brusco la sacó de la vía, rodando ambos sobre sí mismos. Ante la sorpresa de los curiosos, los dos quedaron junto al andén del sentido contrario, unos segundos antes de que el tren pasase por encima de la vía en que Natalia se encontraba tendida.

Natalia que pensó que su vida iba a cercenarse por la guadaña de la muerte, fue alzada de la vía, junto con su salvador, por unos hombres jóvenes que les ayudaron a subir hasta el andén.

Ella se quedó asombrada al quedarse frente a frente a ese hombre, que consideraba viejo para trabajar; aunque no lo había sido para arriesgar su vida por ella, pagándole con bien por mal, demostrando que era una persona noble, un héroe.

Fernando vio que su mejor traje estaba deshecho y muy sucio. Comprendió que al no tener dinero para comprarse otro, ya se le habían acabado los últimos cartuchos que le quedaban para poder aspirar a un buen puesto de trabajo, en el ocaso de su vida laboral.

Natalia García reaccionó y sin pensárselo dos veces abrazó a su salvador y le dio dos besos en sus mejillas, húmedas por las lágrimas de desesperación, que como alud incontenible brotaban de los ojos de Fernando, al fin derrotado e incapaz de seguir desafiando a su mala suerte.

—Muchas gracias…No sé cómo podré pagarle por haberme salvado la vida—le dijo agradecida.

Pero…¿Se puede saber por qué está ahora, que ha terminado todo, tan triste?

—Me siento muy feliz por haber cumplido con mi deber de ciudadano, pero a la vez estoy hundido ya que con mi traje destrozado, ahora sí que no voy a poder presentarme a otras entrevistas personales. Era el mejor que me quedaba de mi etapa directiva.

—Por el traje no se preocupe ¿A dónde quiere que lo lleve, pues voy a coger un taxi?

—Iba a hacer una entrevista personal para un puesto de Director Administrativo en una multinacional de la Alimentación. Pero ahora, con el traje destrozado, ya no puedo ir a ninguna parte. Una vez más he sido víctima de mi mala suerte, aunque me siento, a pesar de todo, orgulloso de haberle salvado la vida.

—¿No iría a World Food International in Spain a hacer la prueba?—le preguntó Natalia con una sonrisa.

—Sí, y ¡Usted era la que tenía que volver a rechazarme, por viejo, sin reparar en mi formación y experiencia!—le dijo Fernando visiblemente irritado—. De todas formas, sabiendo que es usted la que selecciona, me vuelvo para mi casa y seguiré malviviendo para sacar adelante a mis hijos.

En esos momentos una pareja de policías nacionales se acercaron a Fernando y le felicitaron por su heroísmo, tomándole la filiación y datos personales. Natalia a su lado se daba cuenta de que ese el mejor hombre que había conocido en su vida. Ninguno de sus amigos, ni de los moscones que la cortejaban hubiera arriesgado su vida para salvar la suya. Pero ¿Por qué era su salvador, el hombre al que tanto daño había causado al rechazarlo siempre en todos los procesos de selección en los que habían coincidido?

Los periodistas llegaron, y entre entrevistas para la prensa, radio y televisión, se pasó media hora. Después, Fernando, se despidió de Natalia y rumiando su fracaso se dirigió una vez más abatido hacia su hogar.

Dos días después, un mensajero llegó a casa de Fernando y le entregó un sobre grande. Al abrirlo vio que dentro había otros dos sobres más, de tamaño americano. Abrió, con manos temblorosas, el que llevaba el membrete de World Food International in Spain y se encontró con la sorpresa de que había sido elegido como el nuevo Director Administrativo de la Compañía.

Estaba obnubilado, no podía creerse que Natalia García al fin le hubiera dado la oportunidad que, desde hacía tanto tiempo, ansiaba. Lloró de emoción, de felicidad y le dio las gracias a Dios, del que había renegado, resentido por el dolor de haber perdido a la mujer de su vida y de tanta mala suerte acumulada durante años.

Recordó que había otro sobre cerrado, sin membrete, aunque se imaginó de quien era. Decidido lo abrió y dentro encontró un cheque regalo de unos Grandes Almacenes, junto con una carta manuscrita de Natalia, en la que le agradecía el haberle salvado su vida; le pedía perdón por sus injusticias de tantos años, le felicitaba por el nuevo puesto obtenido, que sabía iba a desempeñar muy bien y además le decía, que con ese cheque se comprase: un traje nuevo, camisa, corbata y zapatos y a sus niños ropa nueva, pues ansiaba conocerlos.

Y por cierto esta es mi dirección… y mañana a las dos de la tarde os espero en mi casa para comer juntos y así nuestros hijos se conocerán. Estoy segura de que pronto se querrán como hermanos.
Al final del texto de la carta y antes de la firma de Natalia García, ésta había escrito una frase del eminente escritor francés Paul Brulat (1866-1940), que decía:

“Basta un instante para hacer un héroe y una vida entera para hacer un hombre de bien”…Y ella había añadido con letra temblorosa; “Mi amor”.

Seis meses más tarde y en la parroquia de San Ginés en pleno centro de Madrid, Fernando Soler y Natalia García contrajeron matrimonio. Al año siguiente la nueva familia que habían formado se vio aumentada con un nuevo vástago. Y me consta que fueron muy…muy felices. Dios y el destino habían unidos dos vidas, dos caminos, tan divergentes.

Fin

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