La medida de los sueños

Cuentos para reflexionar sobre sueños

La medida de los sueños es uno de los sorprendentes cuentos para reflexionar sobre sueños escrito por Liana Castello, un cuento sugerido para adolescentes, jóvenes y adultos. 

Era un pueblo de mediano tamaño, no era pequeño, pero tampoco muy grande. Lo habitaban muchas personas de distintos tipos y creencias. Existía una bella costumbre, casi como un ritual: los vecinos se juntaban los domingos en la plaza del pueblo.

Conversaban, los niños jugaban, los jóvenes se enamoraban y los ancianos se perdían en sus recuerdos.
Hubo un domingo diferente al resto, uno que se convirtió en un antes y un después para el pueblo todo.

Comenzaron a hablar sobre los sueños de cada uno y lógicamente, había tantos sueños como vecinos. Sueños distintos, ni mejores, ni peores, ni más grandes, ni más pequeños, ni más ni menos importantes uno que el otro. Sin embargo, para algunos pocos los sueños sí tenían una medida.

-No podemos decir que los sueños son iguales-dijo un joven-Yo sueño con viajar a la luna, poca comparación tiene con quien sueña escribir el mejor poema de la historia.

-Nosotros soñamos con viajar en globos, no en globo aerostático, sino en globos de colores y todos juntos-dijeron unos pequeños.

-Eso es una ridiculez-comentó un anciano.

-¡No hay sueños ridículos, sólo hay sueños!-le contestó una señora.

-Yo sueño con ser muy alta cuando sea grande ¿eso está bien o mal? ¿Es un sueño pequeño o grande?-preguntó una niña.

-Y yo sueño con conocer el mar ¿qué tan grande o pequeño es mi sueño?-preguntó una joven.

-¡Por favor!-levantó la voz el joven-No podemos comparar la magnitud de sueños que realmente valen la pena, con otros que son verdaderamente nimiedades.

-¡Habrase visto!-dijo el anciano.

Un profesor escuchaba la acalorada discusión con una mezcla de tristeza y sorpresa por el tenor de la misma ¿medir los sueños? ¿Quién dice si un sueño es más grande o importante que otro? ¿Puede haber un sueño que valga más que otro?

Esa noche no pudo dormir, lo desvelaba lo que la gente pensaba acerca de los sueños y por sobre todo, no tener él mismo la respuesta a esa inquietud.

Como además de profesor era científico, decidió inventar un sistema que pudiese medir los sueños y comparar, en su caso, si todos tenían el mismo valor o si la gente tenía razón y existían sueños sin importancia.

No era fácil la tarea, pero se propuso llevarla a cabo. Tuvo que pedir ayuda a las autoridades del pueblo, quienes enteradas de lo que había sucedido, no tuvieron problemas en proveer los recursos que el profesor necesitase.

La medición tendría varios procesos y además habría que apelar a la voluntad de los vecinos para someterse a la prueba. Eso no fue problema, todos sin excepción aceptaron participar.

El primer paso fue someter a cada voluntario a un detector de mentiras, si el sueño resultaba no ser cierto, no pasaría a las siguientes instancias. Todos, sin excepción pasaron esa prueba porque sus sueños eran sinceros.

Luego debían escribirlos y un grafólogo los analizaría. Sabrían entonces más acerca de la persona, de su personalidad, de su psiquis y eso le daría mayor o menor valor al sueño (al menos eso pensaba el profesor). Los análisis no arrojaron resultados significativos.

También fueron entrevistados para ver quiénes eran personas de fe, intentando dilucidar si alguien que cree en algo superior puede soñar “mejor” o “en grande”. Las entrevistas no pudieron medir los sueños pero sí fue claro que quien tenía fe, quien tenía esperanza y creía, soñaba su sueño con un entusiasmo que quien no creía no era capaz de hacerlo.

El profesor no estaba conforme con los resultados obtenidos hasta ese momento, nada arrojaba luz sobre la grandeza o pequeñez de los sueños.

Debía intentar algo más.

Entonces sometió a cada voluntario a un examen de corazón, algo similar a un electrocardiograma pero adaptado, un aparato que medía la frecuencia cardíaca y las pulsaciones. Cada vecino fue pasando y acostado en la camilla y con los electrodos puestos debía contarle al profesor cuál era su sueño, con el mayor detalle posible.

Y así pasaron desde una niña cuyo sueño era lograr hacer un globo con goma de mascar que no explotase, hasta una mujer que soñaba con ser madre. Desde un anciano que soñaba volver a su tierra natal, hasta un joven que soñaba con volar en parapente.

Desde un niño que soñaba con tener un perrito, hasta un hombre maduro que soñaba con encontrar al amor de su vida.

En cada caso, con cada persona, en cada sueño relatado con entusiasmo, se comprobó que todos los corazones no sólo latían igual unos que otros, sino que latían diferentes cuando la persona hablaba de lo que soñaba o cuando hablaba de cualquier otra cosa.

La sofisticación de la máquina no hizo más que corroborar lo que jamás se tendría que haber puesto en duda.

El profesor se sintió tonto, casi ridículo ¿podría haber él pensado que un sueño podía ser más grande o importante que otro? Sentía esa fea sensación parecida a la desilusión de sí mismo por los resultados que arrojó el estudio o porque, en el fondo, siempre había pensado que todos los sueños tienen el mismo valor.

Muchos quedaron más conformes, porque hay quienes necesitan “pruebas” para creer. Sin embargo, a aquellos que creían con el corazón, no los modificó para nada.

El profesor aprendió algo importante, algo que ninguna máquina, ni experimento puede enseñar: jamás volvería a poner en duda aquello de lo cual su corazón estaba seguro.

Fin

Cuento sugerido para adolescentes, jóvenes y adultos

ILUSTRACION ANNA BURIGHEL

Todos los derechos reservados por Liana Castello

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La medida de los sueños es uno de los sorprendentes cuentos para reflexionar sobre sueños escrito por Liana Castello, un cuento sugerido para adolescentes, jóvenes y adultos. 

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