El muro de los sueños

El muro de los sueños

El muro de los sueños. Dr. Lazurus Kilyx, escritor argentino. Ilustración de Fernanda Forgia. Cuento perteneciente a la Antología de EnCuentos por los Derechos del Niño

“Los niños tienen derecho a la libertad de conciencia”


En algún lugar muy muy lejano, existía un antiguo pueblo, donde todas sus calles eran angostas y empedradas. Con edificios de dos pisos de altura y añejas ventanas de madera pintadas de varios colore.

De ventana a ventana había sogas enlazadas donde la gente colgaba la ropa, dando una imagen dantesca de aquellas calles. En aquel lugar vivía un anciano, que nadie recordaba a ciencia cierta su nombre, pero lo habian apodado como el “loco del aire”, su particularidad era que vivía en un globo dirigible en medio de la plaza central del pueblo.

Dicho globo era de color naranja, poseía una canasta de madera de unos tres metros cuadrados. Hacia mucho tiempo que su vida transcurría allí arriba. La gente ignorante de su pensar, creía que este hombre estaba completamente loco, los niños escuchaban a sus padres hablar mal de aquel anciano, y se divertían tirandole piedras con sus gomeras.

Pero entre todos aquellos niños, había uno que se apartaba de ellos, se llamaba Valentín de 5 años de edad. Siempre fue un niño soñador y aventurero. El poseía muchísima curiosidad por aquel hombre, quería saber porque vivía allí arriba.

Un día de sus vacaciones, el niño decidió pasar el mayor tiempo posible en aquella plaza, para ver como vivía, lo primero que vio ese día, muy temprano, era como el panadero tiraba de una soga que pendía del globo con una campana, a los segundos, depositaba el pan en un canasto de mimbre que el anciano bajaba .

Después vino el cartero, el muchacho del puesto de diarios, el chico que repartía los mandados. A cada persona que venía el anciano le bajaba la canasta de mimbre donde todos depositaban los objetos.

Al otro día, bien temprano, el niño hizo sonar la campana cinco minutos antes que llegara el panadero, vio como bajaba la canasta de mimbre, se metió adentro y cerro la tapa, sentía como iba subiendo de a poco, a medida que llegaba arriba, escuchaba como el anciano rezongaba por el peso “Sólo he pedido un kilo de pan ¿qué me han mandado que pesa como el diablo mismo?” -se preguntaba a si mismo el anciano. Grande fue su sorpresa al abrir el canasto y ver la tierna mirada de Valentín, quedó perplejo, el viejo retrocedió unos pasos debido a su asombro “tu no eres mi kilo de pan” solo atinó a decir.

Ambos, se quedaron en silencio un buen rato, el niño no sabía que decir y el anciano se encontraba perplejo. Hacia muchísimo tiempo que no estaba en contacto con alguien.

– ¿Qué haces aquí niño? -Le preguntó el anciano.

Tímidamente el niño se animó a decirle:

– Tenía ganas de conocerlo Señor.

El anciano se lo quedó mirando frunciendo el seño.

– ¿Conocerme? Esto sí que es raro, nadie en este pueblo realmente nunca quiso conocerme.

– ¿Por qué vive en un globo? -Preguntó el niño. Otra vez, el anciano quedó sorprendido al escuchar la pregunta de Valentín. Pensó durante unos segundos lo miró y dijo.

– Bueno niño, me he cansado de la vida que llevaba abajo. En tierra firme, donde nunca tuve tiempo para mí. Donde nunca pude ser feliz. La gente no soporta la “libertad de conciencia”, no aceptan al que piensa distinto. Tienen pavor a lo distinto. Y siempre responden con agresión al que no piensa como el resto.

– ¿Y algún día viajara con su globo? -Preguntó el niño ya sin miedo, sino con mucha curiosidad.

– Si claro soltaré las amarras y me dirigiré volando hacia el muro de los sueños.

– ¿El muro de los sueños?-Preguntó Valentín.

– Si -Dijo el anciano -En aquel lugar, todos los sueños se cumplen. En ese lugar uno puede pensar y actuar distinto, sin ser prejuzgado por nadie. Uno es libre completamente.

Al niño le brillaron los ojitos y su cara era de pura admiración al escuchar al anciano. Cuando éste terminó de hablar, Valentín lo abrazó y le dijo que sus sueños se cumplirían. Se metió en el canasto y bajó a la plaza. Fue corriendo a su casa, este les contó a sus padres lo que el anciano había dicho.

Los padres se miraban uno al otro, tras haber escuchado todo. Estos mismos contaron a sus vecinos y así a los pocos días, todo el pueblo estaba al tanto de la historia del anciano. Una tarde, el anciano asomó su cabeza para ver la plaza, tras el murmullo de la gente y quedó sorprendido.

Todo el pueblo estaba presente, esta vez sin agravios hacia el. Cada habitante poseía una vela encendida en las manos. El anciano sonrió y se emocionó al ver en la primera fila a Valentín que lo saludaba con su manito.

Se acostó feliz por tanto cariño demostrado y durmió placidamente. A la mañana siguiente se despertó y volvió asomar su cabeza hacia abajo, pero no había nadie. Ningún movimiento, nadie. Era sumamente extraño, por la plaza siempre caminaban las personas, estaba completamente vació.

Al subir la mirada y ver el horizonte, se da cuenta que esta rodeado de miles de globos como el suyo. Todo el pueblo estaba en el aire, en globos de todos los colores, mirándolo a el. No podía creer lo que estaba pasando. En ese instante supo que había llegado el momento, soltó las amarras del globo y comenzó a moverse y los miles de globos le seguían hacia el muro de los sueños.

Y así el pueblo quedo completamente vació. Si hoy concurren al lugar. D

icen los que dicen. Que encontraran las calles vacías.

Y que en la plaza central encontraran globos parar subirse.

Todo aquel que fue al pueblo, nunca más volvió.

Dicen que es porque son plenamente felices detrás del muro de los sueños. Donde uno es libre plenamente de conciencia y de alma.

Fin

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