La luna y los enamorados


La luna y los enamorados. Eva Nazar, escritora argentina. Cuentos de princesas. Historias de amor.

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La historia se desarrollaba en los jardines de un palacio ubicado en el “Reino Azul”, por el año 1400. Allí vivía la princesa Málake con sus padres y hermanos.

Durante las tardes caminaba entre retoños multicolores como óleo de primavera. Por momentos su rostro juvenil se notaba entristecido, sus ojos se cerraban al acariciar los pétalos de alguna rosa que se abría a su paso.

El motivo de su angustia era un amor prohibido. El dueño de su corazón era Khalil, hijo de la criada de la familia, un muchacho que conocía desde su niñez.

Crecieron juntos, pero al llegar los años de la juventud, se enamoraron, se sintieron destinados, sin tener en cuenta que el linaje y los prejuicios sociales de la época harían de su amor una historia imposible. Sus encuentros debían ser a escondidas, sin dejar sospechas, de lo contrario los separarían seguro castigando a Málake y echando a Khalil del palacio.

Recostado sobre la pared adornada de arabescos dorados, Khalil contemplaba a lo lejos la silueta de su amada Málake y pensaba en voz baja:

-¡Que todo este mundo cruel desaparezca y quedemos solo mi celestial doncella y éste, su fiel servidor! Mi vida se apaga con la llegada de la noche y la luna se convierte en la guardiana de su celda… Señor mío! Todas mis oraciones te ofrendo para que nunca muera nuestro tan puro amor… Te imploro, con mi libertad cautiva, con mi poco poder, nunca quites de mi lado a la bella Málake… Sé bien que nada soy ante tan magnífica riqueza, que los ojos de su padre nunca me señalarán como el indicado. Que no soy merecedor de su amor por ser pobre y sirviente, pero tengo mucha riqueza en mi corazón que siente amor puro y sincero.

En el centro del jardín, Málake percibía la presencia de Khalil. Levantó su cabeza lentamente hasta que sus miradas se encontraron y la luz iluminó sus rostros. Comenzó a caminar hacia él hasta encontrarse y tomar sus manos por un momento. Se prometieron amor eterno, por más que cueste la vida.

Debían tener fe, algún día las condiciones cambiarían tanto para princesas y criados y podrían amarse libremente. Atentos por no ser descubiertos entre palabras dulces y caricias, volvieron a tomar distancia.

Desde una ventana con forma de llave ubicada en una de las torres del palacio, se asomó Nadia, la madre de la princesa. Al terminar de abrir una cortina, observó con nostalgia el cuadro de su hija y el criado, como aprobando el hecho… Como si volviera a vivir una historia repetida…

Una puerta del palacio se abrió y apareció su padre Mikele, robusto y con sonrisa placentera:

-¡Hija querida, mi única niña y favorita! ¡Mañana será un gran día! ¡Dichosa y bienaventurada debes sentirte!

- ¡Querido Padre! Qué más placentero para mi familia y mi ser que entregar mi vida al amor verdadero…

- Tu porvenir habita en mis pensamientos. ¿Quién piensa mejor sobre tu futuro que tu amado padre? Al salir el sol serás esposada con un noble de tierras lejanas. Vendrá a buscarte y llevará tu vida de manera digna. Te llenará de riquezas, vivirás con su familia en su morada y no te perderás en las promesas de cualquier joven de baja alcurnia, no merecedor de tu presencia, sin lugar en nuestra familia.

Málake, con ojos bien abiertos y llenos de lágrimas llevó las manos a su cara, desesperada. Con voz quebrada por el llanto hacía lo imposible por convencer a su padre de que eso no era lo mejor para su vida. Le destrozaría el corazón al entregarla a un desconocido y ella moriría si la alejaran de Khalil.

- Desventuradas las palabras que acabo de oír. Enfermo de tristeza porque en eso diferimos. ¡Mi corazón pertenece a otro caballero, te ruego mi querido padre, no enlutes mi vida!

El padre sin quererla escuchar, descubre cerca a Khalil. Lo señala llamándolo. Khalil se acerca con la cabeza baja, con respeto.

-¡Ven aquí Khalil! Te elijo para que decidas quién tiene razón: Mi hija o yo!

-Usted mi señor, toda la razón es de usted…

Málake incrédula, asombrada mira a Khalil. Retrocede unos pasos.

- ¡Pero hijo, no sabes de qué hablo!

- En esta morada usted es el dueño de la sabiduría, lo demás es joven y arrebatado. Su palabra es la que vale…

Mira con tristeza a Málake, ella lo mira a él, resignados, tristes, enamorados… -¡

Oh, pues ya, mi bella hija! Has sacado de mi pecho mi última palabra. ¡Así se hará!

El padre dio media vuelta y con actitud altiva volvió a entrar al palacio. Nadia, la madre, bajó su cabeza con gesto de congoja y cerró despacio la cortina de la ventana con forma de cerradura.

En el jardín, los dos amantes quedaron separados por un rosal. Sin palabras entendieron el pensamiento, uno del otro. Ella princesa, él criado. Llegó la noche, sólo se escuchaba el cantar de los grillos.

Una ventana entreabierta en la entrada del palacio reflejaba una ausencia. Mientras los rosales danzaban al compás de la brisa tibia de la primavera, la luna se hacía cómplice de dos enamorados huyendo al infinito.

Fin

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