En la siesta

Relato de costumbres

Historias cortas de navidad

Historias cortas sugeridas para niños a partir de diez años y adolescentes.

En la casa de mi abuela las navidades eran muy festivas. Éramos siempre muchos, unos cincuenta o sesenta parientes que, protegidos bajo la gran matriarca que era la abuela, festejábamos la navidad a toda comida y gritería. No se compraba comida hecha, todo salía de las expertas manos de mis tías y primas mayores. Algunos hombres incluso cocinaban, mi padre era uno de ellos.

Los panes dulces se hacían varios días antes por la prole completa de mi abuela, vale decir sus hijas. Había fecha y hora para ir a amasar con su madre. Todas iban, algunas hacían menos, pero mi madre por ejemplo, que había heredado la mano italiana de la abuela para amasar, caía rendida esa noche de tantos kilos de harina, de nueces, de almendras, de levadura, que había tenido que mezclar y luego, a puro puño, amasar. Y los panes salían todos igualitos. Los hacían en unas latas de leche en polvo que iban juntando año a año.

Mientras fui niña mi interés por la navidad era justamente, la comida y la alegría de poder correr con mis primas, escandalizar a los mayores y terminar en el gran árbol tapado de regalos. Cuando cumplí doce me dejaron entrar al comedor grande a armar el árbol. Sentí que algo había cambiado en mi vida: ya no era una niña. Con mi hermana mayor y mis primas, armamos. A mí sólo me dejaron alcanzar los globos y guirnaldas. Y las velas que eran minúsculas. No prendíamos luces, prendíamos unas velitas pequeñas, de colores, que se sujetaban en un pequeño platillo que venía para prenderlo al árbol. Unos minutos antes de las doce, las prendíamos y cuando se abría la puerta doble del comedor, aparecía el árbol todo encendido de velitas, lleno de globos de colores y tapado de paquetes de regalos.

También cuando cumplí los doce me dejaron dejar paquetes antes de las doce. Eso también avisaba que ya no sería niña, ya no creería más que esos regalos los traía un dulce niño llamado Jesús y que los dejaba al pie del árbol. En aquellos años nosotros jamás imaginamos que nos regalaba ese señor gordo de rojo, no, para nosotros, que veníamos de una familia cristiana, los regalos, los dejaba el niño dios que nacía esa noche, justo a las doce de la noche.

Participar del otro lado, vale decir, armar el árbol que era como mágico de tan bello, dejar los regalos casi a media noche y encender las velas, era tarea de las mayores. Yo sentí que iba dejando atrás mi infancia, mucho más que cuando entré a secundaria.

Para mí ser artífice de la navidad de los primos más pequeños, sin dudas, fue un gran paso hacia mi adolescencia.

Sin embargo en la siguiente navidad y ya con trece años, mi tía me hizo dar el paso definitivo. El día veinticuatro, a la siesta, me dijo, venís y nos vamos a ir al fondo, te voy a enseñar cómo sabe de bien el pan dulce de la abuela.

Era sabido que los veinticuatro, como en una religión, las primas mayores y las tías que querían, se sentaban mientras todos dormían la siesta, a contar cosas. Era una vieja tradición familiar. Mientras descansaban los que esa noche tomarían y comerían de más, ellas se sentaban en rueda bajo la magnolia, ese árbol gigante y oloroso que en verano, ofrecía la siesta más fresca que se pudiera conseguir.

Mi tía tenía reservado para ese encuentro unos panes que había apartado. Se cortaba en pequeños trozos, traían cerveza helada y tomaban todas, hasta nosotras, unos sorbos cada una. Luego ellas prendían un cigarrillo negro, largo, finísimo, que iban fumando de a poco, compartiéndolo. En el silencio oloroso y pecador, lleno de chicharas que anunciaban tardes sin sosiego de calor, una de ellas comenzaba a contar. Las cosas del año, o de algún día de la niñez. Cosas que sucedieron lejanamente en la familia, cosas que querían que nosotras atesoráramos. En esos momentos, mágicos, llenos de chicharras, panes dulces y cerveza helada, mientras miraba subir el espiral del cigarro importado, aprendí que las mujeres contándonos, renacemos. Por eso, somos narradoras. Porque lo más importante de todas mis navidades de infancia, no ocurrieron al pie del árbol, no, no, ningún regalo pudo ni podrá remplazar la forma ancestral en que mis tías y primas mayores, contaban.

Ahí debió nacer mi arte casero de narradora. En las siestas de las vísperas de aquellas lejanas navidades.

Fin

Historias cortas sugeridas para niños a partir de diez años y adolescentes.

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