Cuentos celestiales de navidad

Cuentos celestiales de navidad

Cuentos celestiales de navidad. Cuento de Navidad para jóvenes y adultos.

Zaragoza, la gran urbe española se preparaba para celebrar como todos los años las Fiestas Navideñas.

El Ayuntamiento había montado en la Plaza del Pilar, junto a la Basílica de Nuestra Señora la Virgen, Patrona de la Hispanidad, un belén con figuras de tamaño natural, con luces adecuadas, plantas, árboles y todos los elementos decorativos necesarios para transportarnos con el vehículo de nuestra mente, a Belén en aquel año lejano en que el Niño Jesús nacía para redimirnos. Cientos de ciudadanos guardaban fila ilusionados para recorrer ese itinerario evocador de la venida al mundo del Hijo de Dios.

En la misma plaza se habían instalado un sinfín de puestos que vendían: artículos alimenticios, artesanía, decoración navideña, etc. Todo era alegría y buenos deseos de felicidad, de paz y de amor. El mundo en esos días navideños se volvía un poco mejor, se olvidaban las viejas rencillas y afloraban los buenos sentimientos.

Sin embargo en el casco Histórico de la urbe, en las calles próximas a la iglesia de San Pablo, en una casa muy humilde malvivían Beatriz, una viuda joven de treinta y cinco años de edad, con sus hijos: Luis de nueve años, Manolito de siete y su madre Juana, también viuda de setenta años.

En ese hogar que se mantenía con la pequeña pensión de viudedad de Beatriz, la madre de los niños que estaba enferma del corazón y no podía trabajar, y la ayuda de una entidad benéfica, no había Navidad, ni árbol iluminado con muchas guirnaldas y bombillitas, ni un pequeño nacimiento, ni tan siquiera una cena especial, para un día tan señalado como era la Nochebuena.

—A Papá Noel le he pedido un caballito azul, una construcción, un balón de reglamento, unos patines y una bicicleta—decía Manolito ingenuo, sin comprender las penurias por la que estaba atravesando su pequeño núcleo familiar.

—Yo le he pedido un corazón nuevo y sano para mamá y que papá que está en el cielo, con el abuelito José, pueda ver a Dios y no nos olviden nunca, porque seguimos rezando todas las noches por ellos—respondía Luis, cuando sus amigos se contaban en el colegio, el montón de regalos que Santa Claus y los Reyes Magos les iban a traer en Navidad.

Y durante el mes de noviembre y diciembre, Luis acompañaba a unos vagabundos a la salida del colegio a recoger cartones y chatarra en los containers de su barrio.

Logró con gran esfuerzo reunir unos pocos euros, con los que pudo comprar la tarde de Nochebuena, un saquito de carbón para su brasero, a fin de que su familia no pasara frío en una noche tan hermosa y entrañable, en la que se iban a acostar un poco más tarde.

Luis también compró: unas sardinas, un sobre de sopa, unas patatas, media docena de huevos, pan y hasta una bebida de cola, para que esa cena, fuera más especial que la de las otras noches del año.

Muy contento fue a su casa y al ser interrogado por su madre y abuela, que querían saber si había robado ese dinero, o se lo había pedido a alguien prestado, él las tranquilizó diciendo:

—Os decía que iba a jugar un rato al fútbol con los amigos, pero en realidad iba con tres vagabundos: Roberto, Juancho y Paco a recoger cartones y chatarra, durante dos meses y esta tarde nos hemos repartido unos euros que he invertido en esta compra especial, para una noche tan mágica.

—¿Ves Luisito, como siempre se produce un pequeño milagro en Navidad?—le dijo su madre abrazándolo emocionada y dándole un sinfín de besos— Hoy vamos a cenar los cuatro como príncipes y hasta cantaremos villancicos mientras bebemos tu refresco de cola, que imaginaremos que es champán del bueno.

—Para turrón no me ha llegado. Estaba demasiado caro para mis escasos recursos—dijo Luisito

—. Pero no me importa, pues sé que hay personas como mis amigos, los vagabundos, que me ayudaron a rebuscar en los containers; que no tienen familia, ni cena de Navidad y que pasarán la noche en el cajero de un banco, con el frío que hace.

—¿Cuántos son los vagabundos esos?—preguntó la abuela, Juana, con curiosidad.

—Son tres, como los Reyes Magos, aunque en lugar de llamarse: Melchor, Gaspar y Baltasar, sus nombres son: Roberto, Juancho y Paco. Son mis amigos y me alzaban en sus brazos para que me metiera dentro de los containers para sacar los cartones, ya que por ser niño, era el más ágil.

—¿Y todos habéis recibido el mismo dinero por la venta de chatarra y cartones o tú has cobrado menos por ser un niño?—inquirió la madre, mirándole a los ojos a Luis.

—Bueno, a mí me dieron dos euros más que a los demás, porque sabían que yo tenía una madre y una abuela muy buenas y un hermanito pequeño. Ellos posiblemente se gastarán su dinero en vino, para pasar la Nochebuena ebrios y ahogarán sus penas en alcohol—dijo Luis muy triste.

—¿Y tú sabes, Luis, donde puedes encontrar ahora a tus amigos vagabundos?—preguntó la madre con una sonrisa brillando en su bello rostro.

—¡Claro que sí, estarán en la taberna de Ramón!—dijo Luis.

—Vete a buscarlos, hijo e invítalos a cenar. Hoy es Nochebuena y tenemos que compartir la mesa con un pobre, en este caso con tres. Ellos han demostrado ser buena gente, cuando te dieron el mismo dinero en el reparto, e incluso más, pensando en que tenías una familia—dijo Beatriz, mientras acariciaba a su hijo, que ya era un hombrecito responsable.

—¡Muy bien, hija!—dijo la abuela Juana eufórica ante el gesto de su hija y el sacrificio de su nieto—.Yo haré una tortilla con los seis huevos y las patatas. También freiremos las sardinas y como aperitivo un caldito que prepararé con el sobre de sopa y un hueso de ternera que me dieron ayer en la carnicería.

—¡Viva la Nochebuena…Viva!—dijo Luis mientras salía disparado hacia la taberna.

Las dos mujeres se quedaron preparando la cena y el pequeño se entretuvo jugando con unas canicas, ya que hacía mucho tiempo que no tenían juguetes, como los demás niños.

Habían pasado dos horas cuando llamaron a la puerta. Eran los tres vagabundos, acompañados por Luis, cargados de viandas: Uno llevaba un pollo asado con patatas, otro unos fiambres y una botella de vino. El tercero unas barras de turrón y una botella de sidra.

Las dos damas mejoraron el menú y a las diez estaban los siete comensales, disfrutando de una cena en familia y cantando villancicos….

De repente la estancia se convirtió en un cielo azul muy hermoso y lleno de luz. Sonaban cánticos celestiales y unos querubines tocaba himnos al Niño Dios con sus instrumentos musicales. Un hombre joven, muy apuesto envuelto en un aura luminosa se acercó hasta Beatriz, Luis, y Manolito, cargados de hermosos regalos. Los abrazó y Luis se sintió muy orgulloso de refugiarse de nuevo, tras una larga ausencia, en los brazos de su padre fallecido en un accidente laboral cuando él y su hermanito eran muy pequeños.

Un anciano de barba luenga, pelo cano y también envuelto en un aura luminosa se unió al grupo y los abrazó, besándoles muy eufórico, tras tantos años de ausencia. Era José, el abuelo muerto, el esposo de Juana, que lloraba emocionada besando a su difunto marido.
Vieron ante sí un Nacimiento auténtico, a San José y a la Virgen, al Niño Jesús en un pesebre, a la mula y al buey, a un ángel en el portal de Belén. Había pastorcillos, campesinos y tres Reyes Magos que venían, cargados de regalos, a adorar al Niño Dios y que parecían…¡Eran: Roberto, Juancho y Paco!

Cosa extraña, a Luis no le rugían las tripas, había perdido el apetito…¡Tampoco tenía frío! Su hermanito Manolito, jugaba con dos corderitos blancos y muy hermosos.

Al día siguiente, el 25 de diciembre día de Navidad, los medios de comunicación aragoneses publicaron una triste noticia, que conmocionó a España entera. Avisados por los vecinos los bomberos y la Policía habían localizado en una humilde vivienda del Casco Histórico de Zaragoza, los cadáveres de siete personas, que habían fallecido en Nochebuena por la mala combustión de un brasero.

Fin

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